En tiempos de crisis los gobiernos suelen informar sobre la realidad a cuentagotas hasta que esta se vuelve demasiado evidente y densa como para ser sostenida por un relato. A nivel mundial fueron numerosos los políticos que respondieron a epidemias o pandemias con ineficacia, mentiras y censura.
La “Gripe española” -enfermedad que tuvo en jaque al mundo entre 1918 y 1920- es un claro ejemplo de lo expresado, aunque se pensó lo contrario, su nombre no tiene que ver con el lugar donde se originó. El gobierno español fue el único en no ocultar o negar el avance del mal, mientras otros países como EEUU, Italia, Alemania o Inglaterra hicierontodo lo contrario por estar en el marco de la Primera Guerra Mundial, algo que daría información a sus enemigos y afectaría el ánimo de sus propias poblaciones, ya muy agotadas. Decidieron callar en lugar de evitar muchas muertes y censurar a la prensa brutalmente. El resultado: 50 millones de seres humanos murieron en meses alrededor del mundo.
Sin ir muy lejos en cuanto a lo espacial -pero si desde lo temporal-, durante la primera presidencia de Julio Argentino Roca se negó el comienzo de un brote colérico en noviembre de 1886, la verdad abofeteó a todos poco más tarde y afectó de manera dantesca al interior del país. Diario Los Andes publicó el 16 de diciembre de dicho año: "Si es contrario a los intereses públicos lanzar noticias exageradas y de sensación, afirmando la existencia entre nosotros de una epidemia como la del cólera, reputada como el peor de los enemigos de la humanidad, peores resultados produce la ocultación del mal por parte de las autoridades (… ) la autoridad de Buenos Aires creyó acertado ocultar la existencia del cólera en la capital, y viendo el mal resultado producido, se decidió a declararlo oficialmente".
Dentro de esta línea de comportamiento, actualmente los números que arroja China sobre el Coronavirus son cuestionados. Se toma como antecedente la censura que aquél gobierno impuso a Li Wenliang el médico que en diciembre del año pasado descubrió el virus entre sus pacientes y lo dio a conocer.
Cuatro días bastaron para que recibiera una visita desde la Oficina de Seguridad Pública obligándolo a firmar cierto documento. Allí lo acusaban de “realizar comentarios falsos” que estaban “perturbado severamente el orden social”, algo que debía dejar de hacer de inmediato. Wenliang terminó convirtiéndose en una de las víctimas de la pandemia solamente con 33 años.
Claro está que el país asiático carece de libertad dado que impera el sistema socialista, por lo que este tipo de situaciones no deben extrañarnos. Lo alarmante es que en Argentina, donde suscribimos a la Democracia, se imponga un “ciberpatrullaje” a los ciudadanos tratando de controlar lo que opinan por las redes. No naturalicemos estas situaciones, debemos usar barbijos, no bozales.