27 de julio de 2014 - 00:00

Apuntes del presente

Con su larga experiencia política que lo lleva a tener un conocimiento profundo del peronismo desde dentro, el autor hace una crónica descarnada sobre la política comunicacional del kirchnerismo y acerca del papel de ciertos intelectuales -otrora críticos

Me propuse recorrer las señales de televisión oficialistas, esas que nacieron a la par de un gobierno que perdía consenso mientras avanzaba en sectarismo. Fui parte del gobierno y de su relación con los medios de comunicación. La gestión de Duhalde había dejado un decreto que permitía otorgar sin concurso una radio a cada municipio. Me negué a hacerlo, defendí la experiencia que muestra que las radios oficialistas acumulaban empleados y carecían de audiencia.

Me invitaron a convertirme en embajador político, una manera de convocarme al silencio, un precio que demasiados asumieron para aparentar un oficialismo distraído. 

Hubo un día que Néstor pronunció su grito de guerra: "Qué te pasa Clarín". Habían elegido un enemigo para sintetizar la amenaza a todo disidente. El grupo Clarín arrastraba muchos defectos, pero Kirchner lo cuestionaba por su virtud de elegir la libertad de opinión. Como si nos faltaran odios del pasado, el kirchnerismo nos invitaba a encolumnarnos tras los nuevos.

Vino la epopeya de la Ley de Medios, una idea de imponer la palabra del Estado por sobre las demás. Compraron Canal 9, Crónica TV, C5N, todas las radios del grupo Hadad, y generaron varias señales oficialistas. Canal 7 se convirtió en un megáfono de la obsecuencia. Y Página 12, con pretensiones revolucionarias, se dedicó a investigar e inventar conspiraciones sin siquiera poder explicar quién era su dueño.

Y un absurdo y anticuado sistema de televisión gratuita donde sólo se transmitían los canales oficialistas y en donde, como en todos sus proyectos, gastaron fortunas. La doble condena de los pobres, obligarlos además a recibir tan sólo las instancias creativas de la obsecuencia. 

Uno sólo soporta unos minutos de la monserga que intenta convertir a la alcahuetería en verba revolucionaria. Apasionados asalariados tronando escarmientos para todo periodista que al estar fuera de la cadena de beneficios del Estado queda sospechado de vivir subsidiado por los fondos buitres. Como cuando nos decían que "o estábamos con la guerrilla o con la dictadura". Siempre un falso dilema donde se reservan un supuesto espacio del bien.

Con qué seguridad y fanatismo devalúan a cuanto ser libre opine según su buen saber y entender. Ellos ocupan el lugar del Bien y la Virtud, y la garantía de ser financiados por el poder de turno; los demás, somos materia de dudosas pertenencias.

Sólo ser alcahuete del Estado asegura dignidad, libertad de oficialismo y un pasado glorioso. Hace un tiempo, hasta lograban amontonar oportunistas y asustar disidentes.

Además de los medios, decidieron degradar la justicia; a la obsecuencia la nominaron "legítima" y salieron también a perseguir disidentes. 
No tenemos suerte. En Uruguay la conducción de la guerrilla de ayer ocupa el espacio de la sabiduría. Nosotros no tuvimos suerte, los sobrevivientes carecen de grandeza y sólo logran cultivar el resentimiento. Demasiados con dudoso pasado necesitan sobreactuar en el presente; entre ellos, los que vinieron con el kirchnerismo, descubrieron los derechos humanos demasiado tarde para que pudieran encontrar virtud o heroísmo en su denuncia. Eligieron entonces el camino de beneficiar a los deudos, como si el gesto les permitiera olvidar su propia historia.

Cuando el actual gobierno asumió, los derechos humanos eran parte de la democracia, hoy los han convertido en discutible espacio de un gobierno sectario y decadente. Cuando Néstor Kirchner descuelga el cuadro de Videla produce un gesto sin costo ni valor alguno, era como pegarle a Cassius Clay en el geriátrico.

Los medios oficialistas estallan en su demencia cuando nos imponen la Secretaría del relato partidario, cuando Ricardo Forster nos cuenta que va a convocar al oficialismo democrático, una idea triste del stalinismo tardío. La secta nos comunica que nuestro guía espiritual es Carta Abierta, quienes soñaron ser herederos de Jean-Paul Sartre para terminar como imitadores de Fidel Pintos. Uno recuerda aquella frase de Jacobo Timerman al oficialista que lo denunciaba, "nadie te pedía tanto".

Hay quienes se degradan porque los obliga la circunstancia y otros que lo hacen sólo por vocación. En un mañana no tan lejano, algunos se justificarán como los hoy menemistas devaluados; dirán que estaban obligados, que no les quedaba otra salida. No nos aclaran si para poder sobrevivir o sólo para no dejar de ganar.

Soy de los que creen que el peronismo ha muerto, que sólo sobrevive en la expresión de los que parasitan su memoria. Y que el "no peronismo" también nos debe opciones políticas que nos devuelvan la esperanza.

Le ponemos demasiada pasión al fútbol y somos capaces de generar jugadores y técnicos entre los mejores del mundo. Mientras no le pongamos pasión a la política no tendremos derecho a pedirle que nos devuelva el futuro. El dilema no es el peronismo o su negación; es la propuesta política seria y encarnada en personas que merezcan nuestra confianza. La violencia de los setenta y el peronismo son dos temas que estamos obligados a superar, a vivirlos como etapas del pasado pero no como divisiones insalvables.

Hasta ahora, en política como en tantos otros temas de la vida, nos dejamos seducir por la viveza y terminamos siempre en una nueva frustración. Es tiempo de apostar a la inteligencia y poner en ella la pasión. Ya sabemos de sobra dónde nos equivocamos. Estamos en el tiempo de elegir el camino del acierto. Hasta ahora nos dejamos asustar por la agresividad de las demencias, es el tiempo de ponerle pasión a la cordura. El futuro de nuestros hijos lo demanda y lo merece.

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