28 de septiembre de 2013 - 10:50

Aprestos para bajar escalones del poder

Recién ahora el oficialismo parece estar dándose cuenta de que perdió las PASO y de que puede perder también en octubre. La incomprensión de esa realidad ha generado desbande.

Recién ahora, cuando faltan escasos 30 días para la elección legislativa y todas las encuestas vaticinan una derrota más amplia que en las primarias, los sectores más duros del cristinismo han comenzado a aceptar la posibilidad de un futuro a la intemperie del poder.
 
Tal vez creyeron que los beneficios de pertenecer a esa vanguardia serían para siempre, porque estaban conduciendo un movimiento reivindicativo de toda la sociedad, y el reconocimiento de las mayorías sería un sostén interminable.

Les cuesta admitir que han sido sus propios errores y una soberbia infinita los causantes de la distancia que va desde aquel 54 por ciento de los votos que obtuvo Cristina Fernández hace dos años a este flaco 30 por ciento que hoy anticipan los sondeos.

Tuvieron todo a favor, desde los vientos económicos y la coyuntura internacional, hasta la ausencia de una oposición que se planteara como verdadera alternativa de poder. Todo eso bajo el manto de una prolongada tolerancia social a las mentiras institucionalizadas, cuyo ejemplo más directo es el índice de inflación.

Entre los miembros del Gobierno la toma de conciencia es tardía y no son originales: se presentan como víctimas de los intereses que dicen combatir y comienzan a pasarse facturas internas que desnudan el agrietamiento de lo que hasta hace poco era un sólido bloque.
Los relevos

Poco antes de que se revelara la intención de la Presidenta de quitarle centralidad al polémico secretario de Comercio Guillermo Moreno, a quien la mayoría de los funcionarios le atribuye gran parte de la responsabilidad por la pérdida de votos, Cristina debió terciar en varios conflictos internos.

Uno de ellos es el que enfrenta al ministro de Planificación, Julio De Vido, con el de Interior y Transporte, Florencio Randazzo, por los ferrocarriles. Se han cruzado duras acusaciones de boicot y de corrupción, y ambos estarían en la lista de los próximos cambios en el gabinete.
Otro al que no se le augura continuidad en el cargo es al jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina.

Algunos de sus colegas sostienen que su falta de diálogo con distintos sectores de la sociedad ha contribuido a aislar al Gobierno. Justamente quienes quieren recuperar consensos y darle un giro más peronista a la administración en los dos años que le quedan, le estarían proponiendo a Cristina el nombre de Julián Domínguez, actual presidente de la Cámara de Diputados.

El círculo de apoyos a Domínguez para que vaya como jefe de los ministros se va haciendo cada vez más grande, a la luz de objetivos también mayores. Lo ven como un hombre que tendría todas las condiciones para ser en dos años el candidato presidencial del kirchnerismo.
 
"Fue intendente de Chacabuco, ha pasado por varios cargos ejecutivos en el gobierno nacional, es peronista, es moderado, ha sido fiel a Néstor y a Cristina, es católico, tiene una excelente relación con la Iglesia y con el Papa, y en el Congreso lo respetan y habla con todos", se entusiasma uno de sus amigos.

Hace tiempo que se apunta el nombre de Domínguez en esa dirección, pero según coinciden las fuentes, comenzó a ganar fuerza en Traslasierra, Córdoba, hace dos semanas, cuando asistió a la ceremonia de beatificación de José Gabriel Brochero, el "cura gaucho". Cuentan además que entre quienes lo impulsan estaría Julio De Vido.

Dos caminos

Los vientos de cambios que soplan en el Gobierno están alimentados por dos sectores internos bien diferenciados. Tanto, que sus propuestas son exactamente opuestas.

La línea dura, ligada a La Cámpora y Abal Medina, propicia para los dos años con los que se despedirá Cristina, una profundización del estilo confrontativo, con medidas que dejen huellas más profundas que perduren en el tiempo, hasta un hipotético regreso al poder.

Otra línea, que se reconoce auténticamente peronista, aspira a que en los próximos dos años el gobierno se muestre comprensivo de la realidad, modere sus excesos y se reconcilie con los sectores que apoyaron a la Presidenta y hoy se han alejado.

Creen que es posible revertir ese desaliento, si además se toma distancia de algunos aliados a los que llaman "piantavotos".

El problema, para esos dos sectores, es la Presidenta. De ella y de su concepción del poder dependerá el rumbo a tomar.
 
Saben que tiene la capacidad y habilidad para encarar todas las reformas que se consideren necesarias, pero que su orgullo es inmenso. Con posiciones más duras o más blandas, Cristina quiere ser ella la artífice de su lugar en la historia, y no un producto de las circunstancias.

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