31 de diciembre de 2016 - 00:00

Anuario

¿Macri será el comienzo de lo nuevo o el final de lo que necesitamos superar?, se pregunta el autor en este análisis de lo sucedido en la Argentina durante el año que termina hoy.

La monotonía de la realidad convoca a la más aburrida de las expresiones, la de los lugares comunes. Uno opina con la amarga sensación de repetirse; se puede hacer cargo de sus limitaciones creativas siempre que no olvide asumir las limitaciones de la dirigencia en ejercicio.

Hay algo que no puede ser tomado solamente como un detalle: la dirigencia política y sindical, en la absoluta mayoría de los casos, se enriqueció en tal modo que le fue imposible percibir las necesidades del resto de los ciudadanos. Queda por agregar a esta corrupción el disfrute de los regalos del Estado, esos que permiten vivir sin gastar el propio dinero y acomodar parientes y amigos.

Ese Estado infinito cobija una multitud de beneficiarios que aprofitan bajo su amparo; lo que ellos ganan, ahorran y gastan está muy lejos -demasiado- del resto de los ciudadanos. Y la corrupción es en esencia el porcentaje que las grandes empresas dedican al poder de turno para que les permitan parasitar a la ciudadanía. Solo así se explica la inocultable decadencia de la sociedad.

La política con voluntad de dignidad llegó hasta Alfonsín y a algunos de los que lo rodeaban, no a todos; el pragmatismo dañó tanto a los radicales que los terminó limitando a ser aliados del Pro y con escaso peso ideológico.

La política, el poder en todas sus versiones, generó más ricos que el agro y la industria juntos. El debate de ideas recién está reapareciendo; la decadencia que se inició con Menem y era continuación de la dictadura, ese pragmatismo que permitió a Scioli ser candidato a presidente, esa mezcla de farándula y negocios con restos revolucionarios pareciera que inició su despedida definitiva. Aclaro que todavía no podría definir si Macri es el comienzo de lo nuevo o el final de aquello que necesitamos superar. Él y el tiempo nos lo dirán.

A veces coincido con Lilita Carrió, otras no puedo menos que enojarme al verla más cercana a expresar una figura mística que alguien que nos ayude a pensar. Macri dice necesitar inversiones y Lilita, que es su socia, denuncia al presidente de la Corte Suprema y al jefe de la oposición. Las instituciones necesitan ser más sólidas que las opiniones de los dirigentes de moda. El triste y oscuro personaje que es Zaffaroni opina sobre la necesidad de intervenir a la Justicia de Jujuy.

Hay que agradecerle su opinión, es importante recordar de qué nos salvamos. Milagro Sala expresa al kirchnerismo a la perfección, una marginalidad necesitada a la que el Estado le entrega un poder que le quita al mismo gobernador peronista. Una manera de apostar a un caos que ellos soñaban revolucionario y no era más que un nuevo camino a la corrupción. El Estado debe reincorporar a la sociedad a los caídos y no limitarse a darles dinero para que consoliden su lugar al margen de las instituciones ni convertirlos en clientela electoral.

Luis Alberto Romero escribió una importante nota en Clarín en la que cuestiona la forma en que la justicia se convirtió en venganza contra los acusados de violar los derechos humanos. Es un tema que debemos enfrentar: los personajes que utilizaron los derechos humanos como fuente de venganza y de prebendas no pueden imponernos anteojeras; individuos indignos que convirtieron en miseria una noble causa, ocupando un lugar en ese espacio que ayer fuera dueño de un prestigio indiscutible.

Y en ese tema sí que la pretendida “Justicia Legítima” nunca tuvo la grandeza de imponer la verdad por sobre las pretensiones de venganza. Demasiados valientes tardíos, que en la dictadura caminaban libres por las calles y ahora parecen rebeldes cuando ya pasó el riesgo y se puede disfrutar de los beneficios. A nadie defendieron en los momentos en que hacerlo implicaba el riesgo de la vida. No me trató nada bien la dictadura, pero no por eso voy a convertir el resentimiento en venganza. Nadie tiene derecho a hacerlo.

Macri cambió sus dos primeros funcionarios, quedó la sensación de que era más importante la obediencia que la eficiencia. Recuerdo mis diálogos con Néstor Kirchner sobre los ministros, era antes de asumir y me explicaba que iba a prescindir de todos los que tenían nombre propio. Como dijo el poeta, “casas más casas menos igualito a mi Santiago”... y le estaba cantando a Nueva York. Mario Quintana explica que los equipos no necesitan de estrellas, una apasionada defensa de la mediocridad. El talento no puede jamás ser sustituido por el grupo o la multitud.

Ganancias permitió lograr una mayoría absoluta a la par de convertir a los cristinistas en una minoría cuyo único poder residual fue retirarse ofendidos. De ser mayoría absoluta a llamar la atención en la retirada. El diálogo se impuso a la demencia, al autoritarismo, al dogma sin sentido o con el único sentido de ocultar la corrupción que finalmente -y por suerte- queda al desnudo.

Voté a Macri, como muchos que optamos por la democracia en contra de una supuesta ideología que era tan falsa como destructiva. Ahora nos cuesta entender el rumbo elegido por el Gobierno. No salimos de la crisis, no es fácil de resolver. Los economistas y los encuestadores nos tiran sus resultados; pareciera que la política no se anima a revisar el modelo de sociedad sobre el que estamos instalados.

Desde los cortes de calle -que ya llegan al sin límite- hasta las leyes importantes, todo pasa por un necesario acuerdo de la dirigencia. Ese acuerdo en el que tanto insistió el último Perón. Y Macri no cree en el acuerdo y por ese solitario camino la simple toma de una comisaría nos convoca a los peores recuerdos.

Que no insistan con la importancia definitiva de las próximas elecciones, un gobierno con un proyecto sólido las puede perder y ganar la historia, lo mismo que un gobierno sin rumbo puede ganarlas sin que eso defina otra cosa que la debilidad de la oposición.

El rumbo es una necesidad colectiva, el triunfo electoral una simple angustia partidaria. Encaremos lo importante, lo demás nos vendrá por añadidura.

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