30 de diciembre de 2015 - 00:00

Antiguos rituales en torno al fallecimiento de un ser querido

Hace cincuenta o sesenta años, el desconsuelo por la muerte de un ser querido modificaba ciertas costumbres en los deudos, sobre todo durante el primer año. Durante ese tiempo no se escuchaba música, se hablaba en tono bajo, se evitaban las risas, no se participaba en fiestas, las mujeres vestían un riguroso negro -algunas hasta un velo- y los hombres llevaban un brazalete, corbata y una cinta en el ojal, todo de color negro.

Los parientes y vecinos mostraban una solidaridad inmediata con la familia del fallecido. Compañeros de trabajo y, en algunos casos, autoridades locales se hacían presente de inmediato o hacían llegar sus condolencias con mucho sentimiento y afecto, lo que ayudaba a paliar las penas de los deudos. La mayoría de las personas eran gente de fe, de modo que se intensificaba la oración en familia, con amigos y vecinos, la participación en las misas y las visitas al oratorio.

El velatorio se realizaba en la mejor sala o habitación de la casa, donde se armaba la capilla ardiente colocando el ataúd en alto, rodeado de candelabros y, a la cabecera, un gran crucifijo y flores. Esto duraba un día y medio (o dos) y el circular de visitas era permanente, especialmente en horas de la noche, cuando acompañaban durante horas a los familiares, quienes los atendían personalmente.

El sepelio se hacía en el cementerio correspondiente a la jurisdicción del fallecido, hacia donde se trasladaba el féretro en carroza tirada por caballos y guiada por un hombre correctamente uniformado. Las cocherías fúnebres ofrecían servicios en tres categorías con diferentes costos, siendo el más económico el de una modesta carroza tirada por dos caballos y un coche de duelo para trasladar a los familiares más íntimos. Le seguía en costo el servicio con una carroza de mayor envergadura, tirada por cuatro caballos y acompañada con dos coches de duelo. Por último, el servicio de lujo constaba de una carroza lujosa tirada por seis caballos negros percherones, tres coches de duelo y un portacoronas. Cuando así estaba previsto, el acompañamiento pasaba por la iglesia más cercana para que el párroco procediera a la bendición y luego se oficiara la misa de cuerpo presente.

También era costumbre que los comercios a lo largo del cortejo cerraran sus puertas, y propietarios, clientes y transeúntes ocasionales brindaran también un homenaje al vecino fallecido.

A las puertas del cementerio esperaban grupos de parientes y amigos con ramos de flores que se agregaban a las que ya portaba la carroza y comenzaba la extensa y triste ceremonia de despedida.

Los días posteriores se establecía en familia los días de visita al cementerio, con un sistema de rotación de modo que no faltara presencia familiar frente a la tumba.

Después de mediados del siglo pasado las generaciones fueron modificando sus costumbres porque hubo un cambio en la percepción de la muerte. Las cocherías ampliaron sus servicios fúnebres con salones velatorios que, aunque fríos y austeros, comenzaron a reemplazar las casas de familia como el lugar para despedir al ser querido. También se fueron reemplazando las carrozas tiradas por caballos por unidades nuevas instaladas sobre chasis de automotores, como también los coches de duelo por modernos automóviles. Las llamadas cocherías se transformaron en empresas fúnebres, que en Mendoza, históricamente, eran Loretti y Boito, Casa Flores, Timonieri y Calderón, y algunas otras más modestas que únicamente realizaban el servicio del sepelio con carrozas. Pero de inmediato descubrieron un magnífico negocio complementario: las salas velatorias. La iniciativa tuvo éxito y de inmediato cada empresa de la Capital y de los departamentos mendocinos organizaron el servicio alquilando casas y construyendo edificios con ese fin.

En la actualidad, la elección por la cremación del cuerpo llega a veinticinco por ciento según un relevamiento realizado por cementerios privados. Varios de los cambios observados es consecuencia de los elevados costos de los servicios fúnebres, que muchas familias no están en condiciones de asumir.

Los cementerios públicos siempre dependieron de cada municipalidad, contando con personal estable responsable y de larga experiencia. El Cementerio de la Capital es histórico y de gran tradición cultural. Allí se encuentran valiosos mausoleos destinados a hombres públicos, historiadores, empresarios y benefactores de la comunidad. Lo cierto es que algunos de ellos son monumentos dignos de ser conocidos.

En los departamentos siguen en servicio cementerios centenarios, donde también se encuentran valiosas construcciones y buenas administraciones pero que presentan inconvenientes para el visitante a causa del mal estado de los caminos o por falta de servicio de transporte público.

El Día de los Fieles Difuntos, más conocido como el “Día de los muertos”, en aquellos años concurrían multitudes a brindar homenaje a sus seres queridos. Los puestos de venta de flores se instalaban desde varias cuadras antes de la entrada de cada cementerio y la llegada de público era durante todo el día; muchos de los visitantes venían de largas distancias, lo que daba la oportunidad de instalar comercios improvisados para la venta de estampitas religiosas y reproducciones de santos en miniatura que tenían mucha aceptación, bebidas gaseosas y alcohólicas, comidas caseras y pastelería. Además de significar un buen negocio, esta conmemoración favorecía el encuentro entre familiares y amigos que aprovechaban para comer y beber juntos y recordar hechos y anécdotas de “vivos y muertos”.

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