26 de noviembre de 2019 - 00:00

Ante un nuevo desafío - Por Vicente S. Reale

"Votar es construir nuestra propia historia argentina y provincial. Es poner el hombro para que, como pueblo, no se nos considere sólo en las urnas sino como el gran protagonista y actor en la reconstrucción de la Patria." (Mons. Enrique Angelelli, obispo mártir de La Rioja, 25 de febrero de 1973).

Como prefacio a esta nota, deseo manifestar que, en la misma, comento y reproduzco -en parte- los últimos Comunicados de la Conferencia Episcopal Argentina referidos al año electoral que estamos transitando.

En una realidad que nos golpea y nos duele por su pobreza creciente, no queremos perder la esperanza de salir adelante, asumiendo el desafío de pasar de la cultura de la voracidad y el descarte, a la cultura del cuidado de toda vida y de nuestra Casa común, de la fraternidad y de la hospitalidad.

La nobleza de la vocación política pide a los dirigentes la responsabilidad de realizar lo humanamente posible para que el pueblo, que es soberano, sea artesano de su historia. Necesitamos políticos que nos ayuden a mirar más allá de la coyuntura, y que nos propongan “caminos auténticos de amistad social”.

Escuchamos el dramático pedido de trabajo que, junto a la educación, constituyen los ejes más importantes de la cuestión social. Estamos convencidos de que debe superarse para siempre la lógica de la dádiva, de la especulación financiera y del enriquecimiento a costa de los otros.

En el presente, como debió ocurrir siempre, es obligación de los candidatos y de los partidos políticos presentar propuestas concretas a los ciudadanos en sus plataformas electorales (el qué y el cómo) a la vez que instruyan a sus colaboradores para que las campañas sean austeras y transparentes en la obtención de fondos y en los gastos que demanden.

Ciertamente, estamos insertos en un período democrático no sólo nuevo sino también con grandes repercusiones y tensiones, de un lado y del otro por todo lo que hubo antes y por las expectativas que se generan hacia adelante. Los obispos hacen notar que, desde hace años, han optado “de manera irreversible” por la forma democrática de llevar a cabo nuestra vida política y social, y que se comprometen, cada día más, a “consolidar” esa democracia. Datos nada despreciables frente a las situaciones que estamos viviendo.

Piden a Dios -y creo que todos lo suscribimos- que la senda democrática se traduzca en vida digna, desarrollo integral, trabajo para todos, acceso a la salud y a una educación de calidad. Reconociendo la inmensa dignidad de cada persona, afirman que las mayores hipotecas (deudas) del país siguen siendo la pobreza, la exclusión y la desigualdad.

La Patria requiere de todos un renovado esfuerzo de diálogo sincero y búsqueda de consensos en orden a generar propuestas superadoras (de la denominada ‘grieta’). En ese sentido, es dado recordar que “la nueva cuestión social abarca tanto las situaciones de exclusión económica como las vidas humanas que no encuentran sentido y ya no pueden reconocer la belleza de la existencia”.

Es deseable que los políticos y funcionarios que han sido elegidos mayoritariamente como la primera minoría, se encuentren arropados de buena visión estratégica, disposición anímica hacia el bien común y competencia en su quehacer a fin de que el delito de la corrupción no se enraíce entre nosotros, gracias a un real fortalecimiento de nuestra democracia, a una firme opción ética en los distintos niveles de la vida social, a una real división de los poderes del Estado y a la participación cotidiana y generosa de cada argentino.

Como ciudadanos responsables, estamos llamados y desafiados a conformar un pueblo que, más allá de las discrepancias, sostenga “referencias estables” que delineen un proyecto común. Esto supone un renovado esfuerzo por “superar” las distintas formas de violencia y por “construir” la amistad social, animados por una perseverante tarea de “diálogo sincero” y de “búsqueda de consensos”.

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