4 de enero de 2015 - 00:00

Año Nuevo

Los argentinos venimos esquivando la suerte que uruguayos, chilenos y brasileños han tenido en los últimos tiempos y venimos sufriendo una década que dejará profundas heridas en el cuerpo social y en las mismas instituciones. Y alguna culpa tenemos dado q

Cuando me siento a escribir intento siempre aprender del papa Francisco y no dejarme llevar por el enojo y ponerle una cuota de optimismo a mi mirada. Quiero asumir con humildad que me cuesta -y mucho- no dejarme llevar por mis broncas, necesito olvidar las cadenas oficiales y no leer la parte del diario donde cuentan las atrocidades de Gil Carbó.

Nos tocó bailar con la más dura, no tuvimos la suerte de tener un presidente como los varios que les tocaron a los uruguayos o a los chilenos o a los brasileños. Claro que algo de culpa tenemos, nunca nos interesó demasiado la política y las consecuencias de nuestra desidia están a la vista.

Se nos fue un año duro, sin esperanzas, en el que el oficialismo sufría al ver tambalear sus sueños de eternidad y las mayorías opositoras no encontraban el candidato para salir del pantano y sentían terror a que esto durara para siempre. Donde el progresismo de UNEN exageraba sus intenciones de esperar para elegir un candidato y en ese tiempo se le fueron escapando las posibilidades.

Donde a Macri le aumentaron los votantes y con Massa se convirtieron ambos en la opción de salida del pantano actual. Lo de Scioli es harina de otro costal, el kirchnerismo no lo quiere porque sabe que no los representa, y Scioli mantiene su caudal electoral esencialmente por no representarlos.

Scioli es el primer límite a la omnipotencia presidencial, es elegido por los votantes y ella quiere que sea su dedo el que le dé vida al sucesor como en la imagen de La Creación, de la Capilla Sixtina. Son varios los que esperan ser ungidos por la voluntad autoritaria presidencial, ese es el mal de las sectas, olvidan el peso de la realidad. Ya aparecen leales que eligen sin esperar las palabras del oráculo de Olivos.

Si varios más dicen "Scioli", la Presidenta va a sentir el primer gesto de libertad de los que quieren sobrevivir a su mandato. 
Gobernadores e intendentes comienzan a tomar conciencia de los finales del ciclo, un gobierno que sale tercero en Capital, Córdoba y Santa Fe no puede alegremente guiarse por la opinión de los feudales que tan obedientes siguen siendo. Les pasó lo mismo en los finales de Menem porque son sobrevivientes de varios gobiernos.

Pareciera que Scioli es la contracara del poder actual, lo menos sectario y agresivo del oficialismo; un personaje que usaron mucho y respetaron poco; un candidato seguro a recordarles a los que mandan que la traición a Duhalde puede ser una manera de sacarse el pasado de encima.

Los pesimistas y los fanáticos de la Presidenta imaginan un kirchnerismo duro y vigente, olvidan que los obsecuentes al poder son mayoría hoy como lo eran en tiempos de Menem, que cuando emigren los oficialistas de siempre a la lealtad al nuevo gobierno, el kirchnerismo quedará reducido a un sector inferior al diez por ciento, holgado espacio para los supuestos militantes de una causa que difícilmente sobreviva al duro golpe de pasar al llano. Y a la Presidenta no la imagino como una digna jefa para una fuerza en la que los delitos invadan la realidad y desnuden la pretendida raíz ideológica del modelo.

Estamos ante un partido de poder en manos de una jefatura autoritaria, donde es difícil separar los caprichos de las escasas ideas en juego. Perón retornó para formular la propuesta de la Unidad Nacional, la guerrilla se creía revolucionaria enfrentando al reformismo. El final del aislamiento cubano es también la despedida del sueño de exportar revoluciones. El reformismo impone su capacidad de mejoría a las sociedades mientras que el fanatismo revolucionario termina por dejar en claro que se llevó miles de vidas sin lograr ninguna mejoría, ni siquiera la cubana.

El kirchnerismo recurrió a viejos militantes trasnochados para defender su pragmatismo, sus sueños de poder desnudo. El sectarismo y los resentimientos florecieron para justificar los excesos en el uso prebendario del poder. El cuento de la revolución afirmado sobre las tragamonedas y la obra pública. Y hoy los vemos intentando devaluar a los jueces como único argumento para negar el delito. 
El kirchnerismo dejará huellas y heridas en el cuerpo social y en las mismas instituciones pero también la enseñanza de que todos debemos involucrarnos con la política.

Muchos repiten que fulano o mengano no va a poder gobernar, olvidan que el Estado hoy tiene una dimensión y genera una necesidad a la que muy pocos están en condiciones de esquivar. El recuerdo de De la Rúa y Chacho no sirve de ejemplo, una cosa es que no nos dejen y otra muy distinta es que no sepamos hacerlo. Macri, Massa y Scioli son tres candidatos capaces de conducir con solvencia el país. Y queda UNEN por el progresismo y De la Sota por el peronismo para enriquecer la política. El mito acerca del peronismo que “no los deja hacer” está viejo y gastado, peronismo era el de ayer, hoy es oportunismo puro y a eso lo maneja el que entiende el poder.

Apuesto a un año en el que nos saquemos el kirchnerismo de encima, en el que refundemos la democracia, en el que iniciemos un camino que le devuelva a la política el proyecto, la coherencia y la ética.

En el que el sueño de trascender se imponga a la picardía del poder. La triste imagen de Menem votando obligado muestra que la viveza tiene un destino penoso. Que esa imagen se imponga como el año y la dirigencia que se va, y sepamos juntos gestar un digno futuro. Lo merecemos.

Por Julio Bárbaro Periodista. Ensayista. Ex diputado nacional. Especial para  Los Andes

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