martes 20 de octubre de 2020

Argentina tiene en todo su territorio un potencial. Necesitamos más empresas, más empleos, más inversiones y más calificación en las personas y en los procesos.
Aniversario

Posmetrópolis: el futuro de la organización territorial

La relación entre el espacio público y el espacio privado, que es uno de los grandes ejes de la urbanidad, ha sido afectada. Sin dudas, las ciudades se transformarán.

Argentina tiene en todo su territorio un potencial. Necesitamos más empresas, más empleos, más inversiones y más calificación en las personas y en los procesos.

La pandemia está impactando en la organización del espacio, y la ocasión es propicia para que el país revise su modelo centralizado e insostenible. En circunstancias no catastróficas, la movilidad migratoria de las personas está explicada por las expectativas de trabajo y/o ingresos, o por la calidad de los servicios públicos a la que aspira. Nuestras metrópolis no son una patología, sino la consecuencia de la industrialización. Son la versión territorial de la economía de escala. A lo largo del siglo XX, en todo Occidente, las grandes áreas metropolitanas han concentrado recursos, han facilitado inversiones e impulsado la innovación y han incidido en nuestro modo de ver el mundo. En definitiva, han generado una cultura.

Las metrópolis seguirán existiendo y necesitan urgentemente perfeccionar sus mecanismos de gobierno, sus estrategias de coordinación y, sobre todo, minimizar sus deseconomías de escala, buscando un estándar socioambiental más alto y más extendido. Pero el futuro de la organización territorial es la red de ciudades, la constitución de un entorno posmetropolitano muy diferente a la desequilibrada geografía que hoy presenta Argentina. La fragilidad de los contextos metropolitanos a las amenazas biológicas sólo podrá gestionarse adecuadamente con un mejor uso de la información, pero también con la posibilidad de un control territorial adecuado.

Sin dudas las ciudades se transformarán. La relación entre el espacio público y el espacio privado, que es uno de los grandes ejes de la urbanidad, ha sido afectada. Es probable que sectores de ingresos altos y/o más educados, junto con trabajadores de las industrias del conocimiento, migren; que las viviendas futuras se conciban con espacios destinados al trabajo. El paradigma de movilidad cotidiana se alterará y el modelo comercial mutará aceleradamente; naturalmente, se ciernen peligros y se abren posibilidades.

La universalización de la comunicación digital es la condición de posibilidad de un nuevo modelo territorial reticular y policéntrico, pero la tarea requiere de una visión. Nuestros desequilibrios territoriales no son casuales, no hay un fatalismo que nos haya traído hasta aquí. Tampoco salir de esta situación será una casualidad, sino un trabajo duro. ¿Podemos los argentinos en dos décadas configurar una nueva territorialidad?

No es ridículo pensar que, como consecuencia de la pandemia, por presión de las sociedades y por la sensación de “límite” que se ha instalado, el comercio internacional de alimentos y otros productos de origen natural requerirá de estándares de calidad más altos, el cumplimiento de requisitos ambientales más estrictos, pautas de trazabilidad exigentes, la sustitución creciente de materiales no renovables, la búsqueda de la neutralidad de carbono, etc. Argentina puede enfrentar ese desafío: disponemos de suelo y agua, de empresas que saben hacerlo, de cadenas logísticas que funcionan, de saber técnico extendido, de agencias públicas y también privadas que diseminan el conocimiento y las mejores prácticas.

Una alternativa para escapar a las polémicas puede ser ensayar un modelo diferente de promoción territorial, que en vez de eximir de impuestos a las empresas estimulando el “clientelismo empresarial” vaya al fondo de nuestras debilidades y genere “zonas económicas especiales” en las que se consolide un modelo fiscal estable durante 20 años, un marco de relaciones laborales más adaptado a las tecnologías actuales y a los modos de organización empresarial emergentes, la apertura a los flujos comerciales, un programa quinquenal de inversión pública y una agenda ambiental alineada con los más altos estándares globales.

No intentar un modelo alternativo de gestión territorial nos va a enfrentar a la necesidad de generar cientos de miles de puestos de trabajo en actividades menos competitivas. La inviabilidad del gigantismo urbano en tiempos de depresión económica es un riesgo cierto. Argentina tiene en todo su territorio un potencial. Necesitamos más empresas, más empleos, más inversiones y más calificación en las personas y en los procesos. La idea de elegir algunas zonas y empezar puede ayudar a romper la inercia.

El aprendizaje que podemos extraer de nuestras anteriores experiencias promocionales es que el reequilibrio territorial depende de múltiples factores, pero, sobre todo, de la capacidad del tejido económico de producir bienes y servicios de calidad. Ese resultado no se puede conseguir sin empresas, sin reglas de juego razonables y sin una sociedad estimulada por la movilidad social potencial que la actividad económica genera.

Fuente. Este artículo fue publicado en el libro “Pospandemia: 53 políticas para el mundo que viene”, del CEPE de la Univ Torcuato Di Tella. Disponible en utdt.edu/cepe