Los Andes
había hecho en su edición del día siguiente, donde se elogiaba el desempeño del cuadro mendocino: “Andes Talleres exteriorizó un estado de ánimo ponderable y ello fue utilísimo para recuperar pronto posiciones y avanzar amenazante y diestro”.
Se recuerda que Boca Juniors resultó campeón esa temporada de 1962, después de ocho años de espera (anterior 1954) y que en Mendoza se presentó con la mayoría de sus titulares, aunque con las obligadas ausencias de Antonio Roma, Silvio Marzolini, Antonio Ubaldo Rattín y Alberto Mario González, que habían sido convocados a la Selección Argentina que se preparaba para el Mundial de Chile de ese año bajo la DT de Juan Carlos Lorenzo.
La delegación Xeneize presidida por su presidente Alberto Jacinto Armando, realizó el viaje en tren a Mendoza y se alojó en el Hotel Ariosto, ubicado detrás del Correo Central, propiedad entonces de Pablo Pedro Ariosto, que se consideraba “un boquense puro”.
Se trataba de un calificado plantel que integraban Néstor Martín Errea, Antonino Spilinga, Edson Dos Santos, Héctor Raúl Heredia, José María Silvero, Carmelo Simeone, Víctor Benítez, Walter Da Silva, Orlando Pecanha Do Carvalho, Julio Novarini, Osvaldo Nardiello, Maurinho (Mauro Raphael), Julio Loayza, Norberto Menéndez, Paulo Angelo Valentim, Ernesto Grillo, Eugenio Callá, Almir Albuquerque, Raúl Rodolfo Pérez y el profesor José D’Amico como DT.
En esa época se produjo el regreso a Boca Juniors, donde había jugado en 1955 al lado de Juan José Pizzuti después de haber actuado varias temporadas de manera muy exitosa en Racing Club, que lo había dejado en libertad de acción y se iniciaban gestiones por el puntero Omar Oreste Corbatta y por el uruguayo Alcides Vicente Cacho Silveira al mismo tiempo que se despedían Loayza, Nardiello y Almir, transferidos al fútbol italiano después de los amistosos en Mendoza. Con posterioridad Boca Juniors enfrentó en un segundo amistoso a la Selección de Mendoza, con la que igualó dos a dos.
El personaje
A los 72 años de edad (01-01-41) Elio Oscar Salinas, que reside en Godoy Cruz y es técnico operativo y de capacitación en máquinas impresoras, está casado con Dora Páez y es padre de Marcos Adrián, que es contador y Laura Cristina, que es profesora de inglés.
Tiene además cuatro nietos: Matías, Nicolás, que a los 13 años es el más futbolero de todos, porque juega de volante en el club del Banco Mendoza de Chacras de Coria; Lucía y Lautaro. Elio recuerda su Villa Hipódromo natal, donde aprendió a correr detrás de la pelota en aquellos campitos donde en esos tiempos también se habían formado y crecido referentes como Daniel Riolobos y José Giarrizo, entre muchos otros pibes de su edad. Con el paso del tiempo eligió Andes Talleres para iniciar su romance con el fútbol.
Dirigido por don Sixto Amézqueta y Julio Quiroga, aquellos viejos y queridos maestros del semillero Azulgrana, cuando descubrieron sus condiciones técnicas y gran velocidad lo pusieron de puntero izquierdo en los campeonatos de Sexta, Quinta y Cuarta, donde desarrolló todo el ciclo de inferiores.
“Me tocó debutar en la Primera en 1958, promovido por don Américo Belén, que esa temporada había asumido como entrenador. Recuerdo que Pablo Domínguez había sido separado del plantel y como Santiago Zelada, que era el otro wing izquierdo, se tiraba atrás para armar juego con el Tricota Martínez, tuve la oportunidad de entrar como titular.
Me defendía bastante bien porque pesaba 65 kilos, era ligerito, podía entrar al área en diagonal o buscar el desborde y sacar el centro a la carrera para algún compañero que entraba por el centro. Del que más me acuerdo es de Juan Rodríguez, un extraordinario número nueve que en esa época se cansó de hacer goles.
Debuté un domingo a la mañana en un partido que le ganamos 2 a 1 a Gutiérrez en la cancha vieja. Recuerdo de memoria la formación de ese día:
el Cebolla Marchena en el arco; Troncoso y Elías Romero en la zaga central; Jorge Manino, el doctor. Carmelo Torrens y Pedroza en el mediocampo y el Torero Domínguez, Armando Tonini, Juan Rodríguez, el Pacha Bernardino Marina y yo en la ofensiva.
Completaban el plantel Martín Neglia, el Chueco Villegas, el doctor José Eibar, el Tricota Martínez, Santiago Zelada y el Zurdo Pablo Domínguez, entre otros más. Ese año terminamos terceros con 33 puntos, después de una gran campaña, a tres de Maipú (36), que fue el campeón y a dos de Gimnasia y Esgrima (35), que terminó segundo”, cuenta Salinas con una expresión de infinita nostalgia.
En la charla con Más Deportes acompañado por su amigo Gabriel Castillo, también comenta: “Jugué en Andes Talleres entre 1958-1963, lapso en que viví alegrías y tristezas y me relacioné y compartí con excelentes compañeros. Al debut en Primera en el ‘58 y al tercer puesto de ese año puedo agregar el cuarto lugar en 1960 en otra gran campaña.
Pero también la amargura más dura y difícil de toda mi carrera cuando el club perdió la categoría en 1961. Fue muy triste, una pena enorme de la que me costó mucho recuperarme. Me acuerdo que ese domingo que perdimos contra Atlético Argentino lloraba como un niño en los camarines. Entre los DT también recuerdo al Chupa Goldsack y a don José Ufano, que en una época trabajó con Alberto Sesti como ayudante de campo. Para mí, el Cebolla Marchena fue el arquero más completo de esos tiempos en el fútbol mendocino:
“Mía” gritaba cuando salía del arco y atenazaba con seguridad la pelota en los centros o tiros de esquina que llegaban al área. A Juan Rodríguez, que había llegado de Tunuyán, le decíamos Patoruzú, por la velocidad y potencia que tenía para definir, muchas veces arrancando desde la mitad de la cancha como Manfredini o Avallay. No me olvido del Mariposa Ortiz, que vino de los Azules, por su increíble elegancia cuando saltaba a cabecear y quedaba suspendido en el aire. Además ponía nerviosos a los arqueros contrarios porque les escondía el algodón que ponían para marcar la mitad de la línea demarcatoria del área.
Tuve la suerte de marcar goles importantes: a Ramírez, de Gimnasia y Esgrima, se la toqué sobre la cabeza después de haber eludido a toda velocidad al Panza Videla, que era un notable marcador central; a Independiente Rivadavia, luego de un tiro del Torero Domínguez, que pateó al arco y le salió un centro; dos a Maipú, en otra tarde inolvidable y varios más. El Gringo Ítalo Marchiori me aconsejaba cuando yo salía a la carrera celebrando algún gol:
“Nene, los goles no se festejan corriendo porque te cansás y después no vas a poder picar como vos sabés”. Puedo nombrar además a Tito Corvalán, Rebolloso, Efraín Medina, Fugazotto, Rubén Cordón el Bruja Ruiz, el Canty Gómez y Antonio Cagliero, entre otros compañeros más. Nunca tuve lesiones serias salvo una vez que el Colacho González, defensor de Luján, me levantó en el aire y me tiró contra la tela.
A los 17 años fui convocado por José Ufano al Seleccionado Juvenil de Mendoza junto al Colorado Maulén, Roberto Molina, Ricardo Álvarez, Salvador Noguera, Sigampa, Trobbiani y Carlos Oro y al final de mi trayectoria, entre 1964-1967, actué en Sportivo La Consulta de San Carlos, época en que fui convocado a la Selección de ese departamento a la par del Flaco Macri, Gallo, Chichín Muzaber, el Gurí Suárez y el Flaco Yudi. En 1966 le ganamos a Tunuyán en la faz previa del Campeonato Argentino pero nos eliminó Mendoza. En 1967 me casé y al año siguiente me retiré definitivamente para dedicarme a mi familia y a mi trabajo como operario de máquinas impresoras”.