Así fue como John Lennon compuso "Nowhere man", tal como lo relató en una entrevista publicada poco antes de que fuera asesinado, en 1980: "Después de trabajar cinco horas tratando de crear una canción, no tenía ningún resultado. Después me llegó 'Nowhere man', música y letra, todo me llegó mientras estaba ahí acostado".
Así fue como a Steve Jobs se le ocurrió la innovadora selección tipográfica cuando Apple diseñó la Mac: él había tomado un curso en el arte perdido de la caligrafía y le pareció algo "hermoso, histórico, artísticamente sutil de una manera que la ciencia no podría captar". Diez años después, eso le rindió frutos cuando Apple abrió el camino para el renacimiento de la tipografía.
Y he aquí cómo definía Oscar Wilde su profesión: "Un escritor es alguien que le ha enseñado a su mente a portarse mal".
Hemos embotellado la pasión. Hemos refinado el análisis político al grado de que podemos predecir con precisión casi todas las elecciones. Y hemos comprimido la suma de la educación para el estadounidense promedio de 17 años en las inanes cifras de los exámenes estandarizados. Lo que sigue eludiendo a los captores del conocimiento es la creatividad, aunque las universidades tratan de enseñarla, las empresas tratan de poseerla y pese a la "aplicación de creatividad" de Apple.
Pero quizá porque la creatividad sigue siendo inconmensurable se les sigue escatimando a los educadores, las nuevas empresas periodísticas, Hollywood y la compañía que aspira a ser el detallista más grande la Tierra, Amazon.com.
Una obra, un producto original, una idea nueva, rara vez son el resultado de un cálculo preciso en un extremo para producir algo genial en el otro. Se necesita desorden y magia, casualidad y locura. La creatividad llega en el tiempo libre, en el tiempo que nos desconectamos. No existe ninguna receta para producir otro Nowhere man más que, quizá, presentarse a trabajar y después echarse a descansar.
La campaña por las normas del tronco común en la escuela viene de las universidades y las empresas que se quejan de que las preparatorias están sacando demasiados graduados que no están preparados para el mundo moderno. Esa crítica legítima provocó un enorme remozamiento que afectó a todo el país. Ahora la reacción en contra viene, en parte, de quienes piensan que la música, el arte y otros valores no mensurables quedaron atrás; es decir, que el tronco común sofoca la creatividad. Los educadores enseñan para el examen, pero no para el desordenado cerebro de los chicos de las últimas filas.
Al relanzar esta semana su sitio Web FiveThirtyEight, Nate Silver arremetió contra los comentaristas de la vieja escuela. Señaló la predicción de Peggy Noonan, que se volvió célebre por criticar a quienes estaban "demasiado atareados mirando datos en el papel" para captar las "vibraciones" de la victoria de Mitt Romney en 2012. "Ya es hora de que hagamos que las noticias sean más nerds", señaló Silver en su manifiesto.
El periodismo de datos ciertamente ha contribuido mucho para eliminar las conjeturas en una profesión que sigue luchando por encontrar su lugar en la era digital. En vísperas de las elecciones es mucho mejor examinar el agregado de todas las encuestas científicas que escuchar las corazonadas de un opinólogo.
Pero los números, como reconoce el mismo Silver, no lo son todo en el juego de la información. La sátira, la menospreciada hermana del periodismo, pertenece al ámbito de lo creativo. Y en todo el planeta no hay un solo analista cuantitativo que pudiera escribir la "Modesta propuesta" de Jonathan Swift o un episodio decente de "The Daily Show".
Tampoco podrían producir una película original. Claro, lo han tratado. La mayoría de los estrenos de gran presupuesto de Hollywood son el resultado neto de un exhaustivo análisis de los elementos de una película de éxito. Un robot puede escribir un libreto -acerca de un robot que lucha contra otro- que sea tan efectivo en la taquilla como la fórmula de chistes de pedos de las películas de Adam Sandler. Antes de un estreno importante, se somete a pruebas y sondeos al público; luego los productores arreglan y ajustan.
A final de cuentas, eso es un producto que coincide con las preferencias del público. Por eso fue alentador ver que un reputado director holywoodense, Darren Aronofsly, el director responsable de "Noah", epopeya bíblica que está por estrenarse, mostrará cierta rebeldía hacia los hombres de las cifras. "Diez hombres en una sala que tratan de ponerse de acuerdo en su helado preferido van a elegir vainilla", afirmó en The New Yorker. "Yo soy de los que siguen los caminos rocosos".
Los editores de libros, acobardados a la sombra de Amazon.com, merecieron la patada en la cabeza cuando la compañía digital los obligó a arrastrar sus arcaicas prácticas comerciales al siglo XXI. Pero pueden reconfortarse en el hecho de que Amazon haya tropezado al tratar de producir sus propios materiales mediante el financiamiento de sus miembros y basándose en sus mediciones. El cuento más viejo en el mundo de la publicación, o del cine para el caso, es el del bicho raro que sin ningún apoyo externo alcanza el éxito. Todo el mundo lo había rechazado porque, bueno, no se parecía a nada conocido.
En Amazon, los que rigen son los analistas cuantitativos. Los sueños de opio, los castillos en el aire, el margen para el fracaso -los ingredientes vitales de la creatividad- son muy costosos y son las primeras cosas que desecha una compañía basada en datos. Como modelo de negocios, Amazon es un enorme éxito. Como productor regular de material que influya en la cultura, es un actor de segunda. ¿Por qué? Porque marginó al desorden.
