Si usted se quedó dormido hace treinta años, despertó la semana pasada y les echó un vistazo a los titulares de la prensa sobre Irán y Egipto, sería normal que dijera: "No me perdí de nada." Las fuerzas armadas y la Fraternidad Musulmana siguen liados a golpes a lo largo del Nilo y los pragmáticos e ideólogos iraníes siguen trabados en un duelo por el control de la Revolución Islámica.
¿De vuelta a dormir? No tan rápido. Puedo garantizarle que los próximos treinta años no serán más de lo mismo. Hay dos grandes fuerzas que se han abierto paso al centro de la política, tanto en Egipto como en Irán, y que van a abrir a la fuerza el viejo y agotado duopolio.
La primera de esas fuerzas recién llegadas es la Madre Naturaleza. No hay que meterse con ella. En 1979, cuando ocurrió la Revolución Islámica, la población de Irán era de 37 millones; hoy en día hay 75 millones de iraníes.
La de Egipto era de 40 millones y ahora hay 85 millones. Ya no puede pasarse por alto ni silenciarse la tensión causada por el mayor número de habitantes, el cambio climático y el abuso ambiental durante años en ambos países.
El 9 de julio, el ex ministro iraní de agricultura Issa Kalantari, asesor del nuevo presidente, Hasan Rouhani, habló de esta realidad en el periódico Ghanoon: "El problema principal que nos amenaza, que es más peligroso que Israel, Estados Unidos o los enfrentamientos políticos, es la cuestión de vivir en Irán", advirtió Kalantari.
"Y es que la meseta iraní se está volviendo inhabitable (...) El agua del subsuelo se ha reducido y se ha generalizado un equilibrio hídrico negativo. Y nadie está pensando en esto". Y continuó: "Estoy sumamente preocupado por las generaciones futuras. De no reformarse esta situación, dentro de 30 años, Irán será un pueblo fantasma, pues el área de los mantos acuíferos se habrá secado, el agua estará a nivel del suelo y se va a evaporar".
Kalantari agregó: "Todos los cuerpos de agua natural en Irán se están secando: los lagos Urumieh, Bakhtegan, Tashak, Parishan y otros". El ex ministro concluyó que "en Irán se están expandiendo los desiertos, y yo les advierto que Alborz del Sur y Zagros Oriental serán inhabitables y la población tendrá que emigrar.
Pero, ¿a dónde? Fácilmente podría decirles que de los 75 millones de habitantes de Irán, 45 millones estarán en circunstancias inciertas (...) Si empezamos hoy mismo a abordar este tema, necesitaremos de 12 a 15 años para equilibrar la situación".
En Egipto, la compactación del suelo y el aumento del nivel del mar ya han provocado que entre agua salada en el delta del Nilo. El exceso de pesca y de construcción es una amenaza para el ecosistema del mar Rojo.
Las prácticas agrícolas, desreguladas e insostenibles, además de las temperaturas extremas, contribuyen a la erosión y la desertificación. El Banco Mundial calcula que el deterioro ambiental le cuesta a Egipto el 5 por ciento del producto interno bruto al año.
Pero así como la Madre Naturaleza está exigiendo una mejor gestión desde arriba en los dos países, una clase media emergente, que asomó la cabeza por primera vez con motivo de la revolución verde en Irán en 2009 y después en la revolución de la plaza Tahrir de Egipto, está presentando sus exigencias desde abajo. Un gobierno que simplemente ofrece "orden" en cualquiera de los dos países simplemente no se mantiene.
El orden, la deriva y el deterioro son tolerables cuando la población es pequeña, el ambiente no está tan deteriorado, el clima es menos volátil y los ciudadanos no tienen tanto poder tecnológico y no están tan conectados.
Los dos países necesitan ahora "orden plus": un orden que permita el dinamismo y la resistencia, y que sólo puede basarse en el estado de derecho, la innovación, el pluralismo político y religioso y las libertades civiles. Requiere de instituciones políticas y económicas que sean incluyentes y "sustentables" en los dos sentidos de la palabra.
Ningún país puede permitirse ya el gastado argumento que usaba Hosni Mubarak al dirigirse a los mandatarios estadounidenses: "Después de mí vendrá el diluvio, así que más les vale aguantar mi forma de liderazgo, rancia y lenta pero estable, porque de otro modo, lo que vendría sería la Fraternidad Musulmana".
¡Eso era tan de los setenta! Como señala Karim Sadjadpour, experto iraní de la Fundación Carnegie: en el Oriente Medio, "ahora ya no se dice 'Después de mí, el diluvio', como diría Luis XV, sino 'Después de mí, la sequía'". En efecto, la revolución siria estalló en las huellas de la peor sequía en la historia moderna del país, a la cual el gobierno no supo responder.
La dirigencia islámica de Irán parece darse cuenta de que no puede seguir pidiéndole a su pueblo que aguante las devastadoras sanciones económicas solo para preservar la opción de contar con armas nucleares. La Madre Naturaleza y la clase media emergente de Irán requieren de una gestión mucho mejor, integrada con el resto del mundo. Es por eso que ahora Teherán está buscando un acuerdo nuclear con Washington.
Y es por eso que los dos líderes más interesantes de observar hoy en día son Rouhani de Irán y el hombre fuerte de las fuerzas armadas egipcias, el general Abdel Fattah El Sissi. Los dos llegaron al poder en medio del viejo orden; los dos fueron puestos en la cumbre del liderazgo por la voluntad de una clase media emergente y de los ciudadanos que ahora tienen el poder. Y ninguno de los dos podrá mantener el orden sin reformar el sistema que lo precedió para hacerlo más sustentable e incluyente. No tienen opción: demasiada población, muy poco petróleo, muy poco suelo cultivable.
Y ojo a lo siguiente: lo que tienen en común la Madre Naturaleza y los ciudadanos con poder recién adquirido es que pueden desatar una ola -un tsunami- que podría abrumar al sistema en cualquier momento sin que nadie se lo espere.
