Del otro lado están los que piensan que la corrupción se fue perfeccionando con cada gobierno porque ninguno atacó sus raíces, sino que la hizo más sofisticada, vale decir, menos periférica y más estructural. Para los que creen en la corrupción apendicular, el remedio son aspirinas o cuando mucho antibióticos, pero para los que la ven como estructural no dudan en que debe recurrirse a cirugía mayor. Por ende, el tipo de cura no será un dilema menor para el próximo gobierno.
Boudou, un hombre de dos corrupciones. Donde se verifica con claridad esa degradación involutiva de la política con respecto a la corrupción es en el fallo del juez Lijo sobre el affaire Boudou. Allí el magistrado centra su procesamiento en la acusación de “cohecho” hacia las investigados, pero califica al Vicepresidente como el “dueño” de la imprenta del escándalo. Sin que esa fuera su intención, el juez superpone en su fallo dos modalidades temporales de la corrupción política: la “coima” fue el eje de los años 90 para el enriquecimiento desde la función pública, en cambio en la década siguiente lo que se intentó fue “adueñarse” de las empresas y propiedades que entraban en el circuito de la corrupción. Un salto cualitativo de colosal envergadura que, insistimos, si no se lo detiene ahora no se lo detiene más.
Dicho salto ocurre cuando se pasa de la concepción del “robo para la corona” a la de “la caja para hacer política”. Durante el predominio de la primera el modus operandi usual era el de los empresarios que coimeaban a los políticos, los cuales robaban para la corona, vale decir para el sistema, y se quedaban con algunas propinas particulares. Ahora la tendencia giró ciento ochenta grados: en estos tiempos son los políticos los que coimean a los empresarios para que éstos sean sus testaferros. Antes la clase política corrupta se constituía a viva imagen y semejanza de los empresarios corruptores, mientras que ahora lo que se intenta es crear una clase empresaria a imagen y semejanza, al servicio de la clase política que de coimera pasa a querer ser la “dueña” económica del país aprovechando su poder ejercido desde el Estado.
De la tangentópolis al boudougate y al lazarogate. En Italia, cuando voló por los aires el sistema de la “tangente”, vale decir de los políticos coimeros, el modo perfeccionado con que la corrupción se mantuvo en el poder fue a través de lo que se suele llamar irónicamente “un país manejado por sus propios dueños”. Que eso fue Silvio Berlusconi.
Ante la implosión de la clase política gobernante, con la mayoría de sus miembros encarcelados o en el exilio, los empresarios directamente se hicieron cargo de la cosa pública y entonces corrupción y negocios fueron sinónimos. Un modo de darle legalidad a la ilegalidad confundiendo al Estado con una empresa, poniendo a los corruptores de los dos lados del mostrador, y haciendo de los políticos apenas empleados de los poderes económicos que asaltaron el poder político.
En la Argentina no se siguió, al menos hasta ahora, ese camino, sino que se pasó de los políticos coimeros a los que intentaron utilizar el poder político para hacerse del poder económico y crear una nueva élite empresarial enteramente subordinada a ellos. Acá los empresarios fueron los empleados de los políticos, al revés de Italia.
Una burguesía más testaferra que nacional. Tal modus operandi lo justificaba ideológicamente por “izquierda” el otro día en una entrevista el director de la Biblioteca Nacional y referente de “Carta Abierta”, el intelectual K Horacio González, cuando trataba de explicar que lo que quiso este gobierno, ante la falta de una burguesía auténticamente nacional, fue intervenir en la conformación de este sector económico faltante.
González lo analiza desde la ingenuidad ideológica, pero los políticos a los que él responde tomaron sus palabras al pie de la letra y “crearon” su propia burguesía, claro que no más nacional sino aún más débil que la existente para que pudieran jugar el papel de testaferros del poder político. Nunca antes se había avanzado tanto en ese camino.
El capitalismo especulativo internacional y el capitalismo usurero nacional. También sin quererlo, otro ideólogo del kirchnerismo, uno de los panelistas del programa ultraoficialista “6,7,8”, el lúcido joven Dante Augusto Palma, cuando intenta explicar la nueva estructura del capitalismo financiero que hoy domina el mundo describe las bases teóricas con las cuales se conformó la corrupción estructural en la Argentina, paradójicamente a partir de un gobierno que decía venir a combatir el capitalismo especulativo. Dice Palma:
“En este sentido, son ingenuos o cómplices los que consideran que el gran problema del proceso que comenzó en la dictadura y se afianzó mediante un gobierno democrático en los años ‘90 en la Argentina fue la corrupción, esto es, todo aquello que se hizo ‘por izquierda’. Se trata, más bien, de todo lo contrario: lo más nocivo es lo que se ha hecho ‘por derecha’, es decir, legalmente. Porque lo que le da potencia a ese poder irracional es que hoy en día no se enfrenta a la ley sino que coincide con ella... La ley no lo limita sino que lo potencia y lo extiende”.
Dante Palma minimiza el problema de la corrupción como hacen todos los que desde el oficialismo intentan defender a Boudou, pero inconscientemente nos explica el fondo del sistema de corrupción en la Argentina actual, un sistema que ya no busca basarse en la coima, sino en ordenar el poder político y el económico de un modo tal que se fusionen en una misma mano. En un “dueño”. Y en una nueva legalidad corrupta. Si así actúa el capitalismo financiero en el mundo, como dice Palma, también es cierto que así está funcionando el capitalismo usurario en la Argentina. Como dos caras de la misma moneda, ideológicamente antitéticos, pero de idéntico funcionamiento.
Unos se quedan con la plata mientras que otros los explican. No todos los que hacen política ni todos los empresarios son corruptos, aunque el sistema tienda hegemónicamente a serlo. Cuando se construye una estructura como la arriba explicada se requiere también una alta concentración de las decisiones. Por eso no es casual que esta modalidad de corrupción empezó a hacer agua a través de casos como los de Boudou o Lázaro Báez cuando se perdió la centralidad de la decisión política y los testaferros se imaginaron llegar a dueños. Por eso los descubrieron.
No obstante, lo cierto es que más allá de los pocos y muy poderosos que usufructúan este cambio cualitativo de la matriz corrupta, lo que estos pocos intentan es que el resto de los integrantes de la clase política los justifiquen desde el punto de vista ideológico. No casualmente el poder en esta década se apoyó en el llamado pensamiento “progresista”, que parecía el más cuestionador de la corrupción, por eso era el ideal para justificarla.
Sólo desde allí es posible explicar a tantos políticos e intelectuales oficialistas no sospechados de corrupción que sabiendo lo indefendible de Boudou, aun así lo apoyan porque tienen temor que con su caída se caiga el sistema. Por eso es tan difícil encontrar alguna postura razonable en cualquier sector del oficialismo acerca de qué se debería hacer frente a la probabilidad de que Boudou sea judicialmente culpable, porque no sabrían qué hacer si ello fuera cierto, y a la vez saben que hay inmensas posibilidades de que lo sea.
Cuestiones de olfato. Una de las pocas voces del kirchnerismo que dio una opinión sensata y honesta fue la del director del diario “Miradas al Sur”, Eduardo Anguita, que días antes de la llamada a indagatoria de Boudou, previo a su procesamiento, escribió estas interesantes palabras:
“Las especulaciones llegan hasta que tal vez el Vicepresidente sea llamado a indagatoria por Lijo. Eso es todo. Desde ya, para ciertos medios se trata de una noticia impresionante. Ahora bien, si se llegara a probar que el Vicepresidente en funciones trató de quedarse con la empresa que hace los billetes contratada por la Casa de la Moneda, que a su vez depende de la cartera de Economía, cuando Boudou era ministro, podría pensarse que algo huele mal en la Argentina”.
En efecto, algo huele mal en la Argentina, Anguita se empieza a dar cuenta y él nos abre una ilusión, la de esperar que los que simpatizando con el poder político actual pero que no tienen nada que ver con ningún tipo de corrupción, sepan hacerle caso a sus narices y su olfato en vez de cegarse por las ideologías que otros usufructúan para finalidades nada ideológicas.