Nada más inevitable que negar con insistencia y recurrencia un hecho, sin mostrar evidencias, para que todos sospechen que algo de lo que se desmiente está sucediendo. Está en el manual básico de la comunicación, ése del que el kirchnerismo ha escrito con solvencia algunos tomos y del que ahora parecen habérsele extraviado algunas páginas.
Hace hoy justo un mes que la Presidenta se mostró públicamente por última vez en un acto oficial. En el medio, ola de calor, cortes de luz, disparada del dólar paralelo, devaluación del dólar oficial, descontrol de precios, fuga en masa de reservas, anuncios y contraanuncios, internas del Gobierno en vivo y en directo, escándalos con funcionarios, jibarización del jefe de Gabinete.
Pero nada interrumpió el silencio ni la invisibilidad presidencial. Así, la sucesión de episodios que preocuparon y preocupan a los argentinos empezó a alimentar rumores, preguntas, dudas, especulaciones.
Sólo después de 14 días de la última y silenciosa aparición presidencial un dirigente kirchnerista se animó a hablar de lo que hablaban todos, menos los funcionarios. Fue el 3 de enero, cuando un diputado provincial, el “Chino” Navarro, dijo: “La Presidenta se tomó unas vacaciones, aunque habla permanentemente con sus ministros”. Frase sencilla y no de la fuente más autorizada, pero que tuvo el mágico efecto de devolver voz a ministros y primeras figuras kirchneristas sobre el presente de Cristina.
Entonces, uno tras otro, encabezados por el empequeñecido Capitanich, todo el elenco gubernamental empezó a repetir el libreto.
Fiel a su naturaleza, el más verborrágico fue el jefe de los ministros (excepto de Kicillof), quien acuñó varias frases destinadas a su voluminosa antología: “La Presidenta está al tanto de todo”; “la Presidenta está todo el día y todos los días trabajando con nosotros, pero está en la República Argentina. El ejercicio del gobierno lo puede hacer en la Casa Rosada o en El Calafate porque está en la Argentina”, y “la Presidenta está presente todo el tiempo tomando decisiones”.
Le siguió una larga lista con dos destacados. “La Presidenta está perfectamente bien, gobernando, decidiendo y reuniéndose con los ministros y va a hablar y hacer actividades cuando entienda que es oportuno”, anunció el secretario general de la Presidencia y jefe de mantenimiento de la Casa Rosada, Oscar Parrilli. El responsable de la Defensa (del general Milani), Agustín Rossi, sostuvo: “La Presidenta lleva adelante la totalidad de las acciones y tiene diálogo diario con todos los ministros”.
Para cerrar apareció Daniel Scioli, el hombre de la fidelidad permanente, que aseguró: “La Presidenta está activa y conduciendo”.
Tanta homogeneidad y contundencia buscaron que no quedaran dudas, aunque no hubiera hechos que avalaran las palabras. Sin embargo, la mayoría de la opinión pública quedó muy poco convencida después de semejante efusividad.
Para peor, los que optaron por un acto de fe ahora, al hacer un balance de este mes, tienen un nuevo interrogante: si todo lo hecho por el Gobierno ha sido ideado, decidido y ordenado por Cristina, los funcionarios que lo revelaron y propalaron, ¿quisieron ayudar a la Presidenta?
De lo que unos ni otros tienen dudas, al fin y al cabo, es de que algo no anda bien.