12 de octubre de 2019 - 00:00

Aguante - Por Jorge Sosa

Aguantar es sostener el peso de algo o alguien. En este caso el “algo” puede ser un bolso, una bolsa, una piedra, un hijo. Son innumerables las cosas que uno tiene que aguantar.

En el caso de “alguien”, se refiere al peso que sobre nosotros vuelcan alguna personas sin piedad. Los que tienen alguna notoriedad física aguantan permanentemente las cargadas que los despiadados vuelcan sobre ellos.

Pobres de los narigones, gordos, pelados, petisos, que son bombardeados continuamente por pullas que los incluyen. Ellos deben de tener un aguante desmesurado para bancarse todo.

Uno aguanta en la cola de un banco para cobrar un minúsculo sueldo y puede estar horas para encontrarse con algunas caras de animales en los billetes. Uno aguanta situaciones familiares que lo molestan. El desacuerdo entre parejas suele traer aparejado el aguante de ambos lados, porque sino tienen que manotear el teléfono para llamarlo al abogado.

Aguanta uno en el consultorio médico su malestar sin resolver mientras pasan los pacientes hacia adentro y uno siempre piensa que le toca a uno, pero no, siempre hay alguien adelante.

Aguantamos un dolor, por consecuencia, por ejemplo un dolor de muelas, que siempre suelen ocurrir los fines de semana, cuando los facultativos no están disponibles para menguar el dolor.

También aguantamos a los que nos deben hasta tanto tengan la bondad de poner los tejos que nos deben.

Hay tipos que son muy molestos y pertenecen al círculo de nuestro afecto, a ellos también tenemos que aguantarlos con sus salidas fuera de toda simpatía y con su generosidad de chistes que no alegran, sino que molestan.

Son muchas las circunstancias en que se da el aguante entre nosotros.

Por ejemplo: aguantamos la situación del país. Esto viene ocurriendo desde hace largos años por lo que los argentinos bien podríamos ser catalogados de aguantadores.

Parecería que estamos dentro de un túnel y andamos a través de él, esperando que en algún momento se vea la luz del otro lado.

La seconomía nos golpea todos los días y somos sometidos a una catarata de aumentos que van mermando nuestras posibilidades de subsistencia de una manera catastrófica.

El estado en que se encuentra nuestro país es algo que cuesta entender porque tenemos todas las posibilidades de salir del atolladero apenas le pongan un poco de ingenio, de responsabilidad y de solidaridad aquellas personas encargadas de nuestros desbarajustes.

Me encontré con un amigo en la calle y él, muy suelto de cuerpo, se largó con una pregunta que me sorprendió dentro de la normalidad que significa estar sorprendido siempre. Me preguntó: “¿Qué hacemos con este país, amigo?”. Y a mí me salió simplemente una palabra de respuesta: “Aguantar”.

No nos queda otra, aguantar hasta que las cosas cambien. Sabemos bien que es difícil que las cosas cambien en la Argentina, pero es una posibilidad que no podemos desechar.

Aguantar, fruncir los cachetes hasta que la luz de ese túnel que mencioné se haga cercana y alcanzable.

Aguantar con toda la fe porque, en definitiva, eso es sinónimo de esperanza y es sabido que la esperanza es lo último que se perdió.

LAS MAS LEIDAS