29 de marzo de 2015 - 00:00

ADN lingüístico: los idiomas europeos migraron desde el este

La introducción de la agricultura a menudo ha sido descrita como el evento central en la prehistoria europea. El nuevo estudio, publicado en la revista Nature, sugiere que en lugar de una sola migración masiva de agricultores, como se pensó durante mucho tiempo, hubo dos: primero un influjo de Anatolia -región de la actual Turquía- y después una segunda ola que se mudó a Europa Central desde las estepas de la Rusia moderna, cuatro milenios después y que habría llevado con ella los idiomas indoeuropeos que se convirtieron en el inglés y muchos otros idiomas europeos modernos.

“Primero están los cazadores y recolectores de frutos primordiales, luego llegan los agricultores, entonces los agricultores se mezclan con los cazadores y recolectores; después llega una nueva población del este, que es la principal migración”, dice Iosif Lazaridis, genetista de Harvard, coautor del documento de investigación.

La evidencia de esta segunda migración masiva salió a la luz mientras Lazaridis y sus colegas trabajaban para reconstruir los orígenes de los europeos modernos, usando ADN recuperado de huesos de 69 antiguos habitantes del continente. Los especímenes, cuya edad osciló entre 3.000 y 8.000 años, fueron comparados entre ellos y con poblaciones europeas modernas.

Como se esperaba, los investigadores encontraron rastros de los antiguos cazadores y recolectores y de los primeros agricultores neolíticos. Pero hubo una variante inesperada: un movimiento poblacional masivo originario de las planicies y pasturas de Eurasia, donde actualmente se ubican Rusia y Ucrania, a partir de hace aproximadamente 4.500 años.

Olas de migración

Dominado por pequeños grupos de cazadores y recolectores, el continente fue reestructurado por primera vez hace aproximadamente 8.000 años en lo que los arqueólogos llaman la Revolución Neolítica. Agricultores de Anatolia se mudaron al norte, trayendo a Europa nueva tecnología y estilos de vida y fijando el escenario para nuestra existencia moderna asentada.

Una pista crucial para la detección de la segunda ola de movimiento acaecida varios miles de años después fue la similitud entre el ADN recuperado de huesos de 5.000 años, encontrados al norte del mar Negro y pertenecientes al grupo que los arqueólogos llaman los yamna, y los restos de cuatro individuos que vivieron y murieron cerca de Lipsia, en Alemania central, hace aproximadamente 4.500 años. Los cuerpos alemanes pertenecen a la cultura de la Cerámica Cordada, nombrada así en honor a un distintivo estilo de decoración cerámica común en gran parte del norte de Europa en ese tiempo.

A los yamna y a la gente de la Cerámica Cordada los separaron cinco siglos y 1.600 kilómetros de distancia, pero compartían al menos 75 por ciento de sus ancestros (y quizás hasta el 100 por ciento). “Puede verse una relación genética directa entre estas dos poblaciones”, dice David Anthony, un arqueólogo del Colegio Hartwick, en Oneonta, Nueva York, que también es coautor del estudio. “Son primos cercanos, al menos”, señala.

El ADN de los huesos de la gente de la Cerámica Cordada se parece muy poco al de los agricultores que vivían en Alemania mil años antes, más evidencia de un drástico, incluso invasivo, influjo del este. “Es casi un evento de reemplazo total”, dice Lazaridis.

Huesos pocos siglos más viejos encontrados en la misma región de Alemania tuvieron una firma genética totalmente diferente. De hecho, la evidencia sugiere que los ganaderos de las estepas sólo tardaron algunas generaciones en dominar la genética y paisaje físico del norte de Europa. “Desde un punto de vista arqueológico conservador, no hubiera pronosticado que la gente de las estepas hubiera migrado de la boca del Danubio a Dinamarca en uno o dos siglos”, considera Anthony. “Es una gran sorpresa”, subraya.

Raíces de los idiomas de Europa

La evidencia genética de una migración masiva de las estepas está reavivando un viejo debate entre los lingüistas y los arqueólogos sobre los orígenes de los idiomas indoeuropeos. Éstos incluyen más de 400 lenguas, desde modernas como el inglés, griego, albano y polaco hasta idiomas antiguos como el latín, hitita y sánscrito.

Durante décadas, los lingüistas han debatido sobre dónde se habló por primera vez el protoindoeuropeo, la madre de todos los idiomas indoeuropeos. Los partidarios de la “hipótesis anatolense” sostienen que los primeros hablantes indoeuropeos fueron agricultores que vivían en la actual Turquía hace 10.000 años o más, quienes se llevaron con ellos el lenguaje cuando llegaron a Europa aproximadamente en 6.000 aC.

Una historia en competencia, la así llamada “hipótesis de la estepa”, pone el idioma protoindoeuropeo en las planicies abiertas y pastizales del norte de las mares Negro y Caspio, donde la llegada de la rueda “revolucionó las economías de las estepas”, dice Anthony. Los proponentes de esta idea señalan que muchos idiomas indoeuropeos comparten palabras para cosas como hacha, palo de arnés y rueda, que fueron inventados mucho después de que iniciara la Revolución Neolítica en Europa.

Pero sin nada concluyente para corroborar cualesquiera de estas teorías, el debate ha estado estancado durante décadas. Los resultados del estudio podrían inclinar la balanza, según piensan los investigadores, al proveer la migración necesaria para que la hipótesis de la estepa tenga fundamento.

Resta trabajo por hacer. Los datos genéticos y lingüísticos apoyan la idea de que los indoeuropeos entraron a Europa a través de las estepas hace aproximadamente 4.500 años, pero “sigue sin quedarme claro de dónde vienen las ramas más antiguas” del lenguaje, dice Carles Lalueza Fox, un genetista de la Universidad de Barcelona. Los indoeuropeos podrían haberse originado en otra parte, siendo la ruta de las estepas apenas una de varias formas en que una lengua madre se abrió paso hacia el sur de Europa, Irán e India, destaca Lalueza Fox.

Los autores del estudio conceden este punto, pero no la discusión. “No sabemos si la estepa es la fuente máxima” del idioma indoeuropeo, explica Lazaridis. “Si pudiéramos obtener información de esas regiones, contestaría muchas preguntas”, agrega.

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