Dejar la tierra en que se nació y se creció: la tan entrañable querencia. Aquello de que la infancia es la patria. ¿Buscarse, o hallar, una segunda patria? En seis palabras: La emigración, por su costado sentimental. Las canciones populares siempre se ocuparon de ello y la pintaron como una nostalgia anunciada, anticipada.
Es un viejo argumento, quejumbroso y desiderativo: Me voy con dolor, mas volveré con alegría... Pruebas. México lindo y querido, si muero lejos de ti / un día volveré... a soñar... en mi viejo San Juan (Puerto Rico). Cuando salí de Cuba... Adiós, mi España querida... Más llamativo y conmovedor: los emigrantes italianos salían de Nápoles, cantando, en los barcos, Santa Lucía lejana (y aquí, una pregunta lateral pero pertinente: ¿por qué los ecuatorianos no hemos hecho, todavía, la canción de los que se fueron? ¿O será que con la muy sencilla Palomita Cuculí ya tenemos lo suficiente?). Bueno, salgamos de lo sentimental y vayamos, ahora mismo, a la parte social y general del asunto que nos ocupa.
Ya hemos dicho -en algún otro lugar- que hay dos clases de países: los emigradores y los inmigradores. En los primeros, más gente se va que gente viene. En los segundos, al revés. Como todo en la vida, las cosas pueden cambiar con los tiempos (la clásica España emigradora o “peregrina” se convirtió -desarrollo relativo mediante- en un sorprendente país de acogida). Los países receptores suelen ser los ricos; o los que viven, por lo menos, un temporal auge económico (con su paralelo atractivo psicológico... El famoso sueño americano.
Pero también hubo, y hay, sueños más modestos. La desventurada Venezuela de estos días fue, por décadas, un imán para cierto número de europeos, mesorientales y latinoamericanos. Y hay, igualmente, quienes sienten el exótico llamado de la lejana y sola Australia). Y, entre unos y otros, se encuentran los términos medios: Cuba, por ejemplo, -antes de su desastrosa revolución- siempre llamó y despidió.
En Chile ocurrió algo parecido. Y bueno, señalemos aquí que la Argentina, en su mejor época, perteneció a los segundos y que, con méritos, lució atractiva y deseada.
Al grano y al tango. Adiós Pampa mía tiene sus particularidades. Su música se atribuye a Francisco Canaro y Mariano Mores; al alimón, como dicen los españoles (pero, el segundo ha declarado que fue él, en realidad, quien la escribió. En la época, -anotó- era común registrar autorías más o menos conjuntas o más o menos informales).
La letra se la había pedido, primeramente, a Homero Manzi; el famoso poeta popular de Malena y de Sur. Pero terminó haciéndola el escritor y autor teatral Ivo Pelay. La orquesta típica de Canaro estrenó el tango en 1945 (Mores tocaba el piano; Alberto Arenas -un barítono- lo cantó).
Tras el éxito inmediato del tema, se hizo una película con el mismo nombre. Mores describió su obra como un tango campero. Es decir que, al contrario de tantos otros, este tango no era urbano ni arrabalero.
Asunto: un hombre del campo, nacido en una tapera, una casita precaria o deteriorada, se despide de su tierra. El dicho éxito porteño amplió sus dimensiones hasta hacerse mundial (la música rioplatense aún atraía mucho a las multitudes extranjeras).
Adiós Pampa mía se incluye en todas las antologías tangueras; entre las cien piezas más conocidas y gustadas del género. Nota al margen: el glorioso tiempo de Gardel había pasado y El Morocho del Abasto -el pobre inmigrante del enorme éxito- se estaba convirtiendo en un mito…
Lo importante del caso es que Adiós Pampa mía aparece, prácticamente, con el Peronismo. Nace, pues, en medio de los sucesos de un notorio cambio de época. Entonces, ¿la canción expresaba un sentimiento que estaba en el aire de las circunstancias? ¿Expresaba algo que - de una, otra o varias maneras- tenía que expresarse necesariamente? ¿Decía algo que había que decir de una manera patética? Parece que sí…
La Argentina del campo -pampera, interior, gaucha- se estaba acabando. Se iba terminando con la creciente urbanización, con la emigración a las ciudades, con el flujo provinciano hacia Buenos Aires (una gran metrópoli -la Reina del Plata, la París latinoamericana, la Babilonia del Sur- que, a la sazón fascinaba a los nacionales y a los extranjeros).
Un resultado principal: los campesinos recién llegados se convertían en los cabecitas negras y empezaban a ocupar los barrios periféricos. Primera despedida pues: definitivo adiós al campo gaucho, a la vida agreste, elemental y seminómada; desaparición del grupo formador del país, olvido de los orígenes centenarios. El símbolo de todo: la Pampa. Por lo tanto, claro, Pampa mía, adiós…
Por otro lado, el peronismo representó el fin de un proyecto nacional: el proyecto de Alberdi, de Mitre, de Sarmiento, de Roca. La obra tan notable de la Generación de los Ochenta. Eso que, bien guiado y manejado, pudo concluir en unos verdaderos Estados Unidos de Sudamérica. Pero no... Ahora la Argentina ya estaba dejando de lado su pionera y civilizada Constitución liberal: un formidable acierto, la inicial y firme base de su democracia (resultado de la victoria de Urquiza, en Caseros). Ya se había cometido la tontería intelectual y política de importar los retrocedentes conflictos europeos (los socialismos utópicos, los fascismos, el anarquismo, los nacionalismos... Todo eso que, según dijo Armando Ribas, sólo pudo ser barrido en gran parte, allá lejos, con los tanques Sherman y el Plan Marshall).
Ya se había fundado el “Partido Militar”; el más bien torpe militarismo del siglo XX. La Argentina no logró establecer una gran industria con base propia: capital, tecnología y gestión. El país ya no fomentaba la inmigración; ya no creía en aquello tan generoso de “La América para la humanidad” (Alberdi); ya no quería recibir a los pobres y desgraciados de Europa (y estos, a su vez, empezaban a mirar hacia horizontes mucho más auspiciosos y prometedores.
La atracción inmigratoria argentina se estaba reduciendo a la gente de los países vecinos; más humilde y sencilla que los europeos).
Para peor: con el estancamiento, las crisis y las confrontaciones políticas, empezaban a irse los técnicos, los profesionales, los catedráticos y un sector de la clase media, que había perdido de vista las antiguas y buenas expectativas locales (se fueron... hasta completar, actualmente, unos dos millones de argentinos que viven fuera del país.
Es decir, casi exactamente, la misma cantidad de italianos que arribaron en la gran inmigración: entre 1880 y 1930). La muy buena educación de Sarmiento empezaba a desmejorar e iba perdiendo el influjo y el respeto ganados en América Latina. La gran red ferrocarrilera ya no crecía y se estaba envejeciendo a ojos vista…
En definitiva, se mostraba del todo el asombroso deterioro del país (eso de pasar del salvajismo a la decadencia sin etapas intermedias. ¿Exageración?). Bueno, argentinos, nos vamos hacia el desencanto, la frustración, el conflicto, el desorden, la demagogia... / Así estaban las cosas. Y todo aquello había que decirlo con notas y letra de tango; con un tango que señalara, claramente, un antes y un después. Segunda despedida, entonces... Y, en este punto, llegó Marianito Mores y se puso al piano...