29 de agosto de 2014 - 00:00

Acerca de la siesta y otros recuerdos de la Mendoza de los viejos buenos tiempos

Cuando la cultura del trabajo era bandera de cualquier Gobierno, empresa o institución, al hombre se lo consideraba por su honestidad, capacidad y puntualidad en cualquier tarea o función ya que su  trabajo estaba prolijamente dividido en dos períodos diarios.

Entonces al finalizar la jornada de la mañana volvía a su domicilio para compartir el almuerzo con la familia y puntualmente podía hacer una siesta de media hora y de inmediato retornar a su trabajo para cumplir la jornada de la tarde que cumplía descansado, con buen humor y dispuesto a rendir el máximo en sus obligaciones.


Por lo general la familia acompañaba en el hábito de la tradicional siesta mendocina que disfrutaba del deseado descanso por cuanto la mayoría eran madrugadores, que valoraban el bien que ello hacía a su organismo porque le insuflaba optimismo y ganas de vivir.
Si bien es cierto que la siesta no es ningún invento nuestro, fue un acierto haberla adoptado con tanto entusiasmo por que no se trata solamente de dormir por placer o cansancio sino el beneficio que da a la salud en general.

Tanto es así que es normal que los médicos aconsejen cortar las actividades del día durmiendo una siesta que, además de descansar recuperando energía, favorece el estado general de las personas activas con importantes responsabilidades, y que deben tomar diversas decisiones que les permite tener una mente clara y serena. Está comprobado que después de una siestita se hacen más y mejores cosas, contrariamente a lo que a veces se dice que se rinde menos en el trabajo.

Estudios realizados por profesionales internacionales informan que fueron partidarios de la siesta personalidades como Tomás Edison, Winston Churchill y John F. Kennedy, para nombrar algunos célebres. Lo poco conocido es la actividad que cumple la organización Mundial de la Siesta y la Asociación Portuguesa de Amigos de la Siesta que aconsejan también dormir la siesta diariamente a las personas que no duermen lo suficiente de noche.

En Europa desde hace años numerosas empresas han destinado salas especiales para una sesión de siesta colectiva que es aprovechada por el personal que tiene una pausa en sus responsables tareas diarias y con el descanso logran un resultado muy favorable para su mejor rendimiento.

Es tan importante el culto de la siesta que en España desde el 2000 funciona una red nacional de “salones de siesta” para todo público: desde banqueros hasta camareros que pueden hacer una siesta de media hora por cuatro euros,  que les permite cortar la intensa jornada diaria de trabajo porque la mayoría no tiene tiempo para regresar a sus hogares al medio día para almorzar y descansar.

La sucursal de la cadena ubicada en la calle Mallorca de Barcelona tiene salones diseñados para que la gente se relaje ya que sus paredes están pintadas de agradables tonos suaves y música moderna a bajo volumen. Comentan que es común ver clientes totalmente vestidos y arrodillados boca abajo en sillones de diseño ergonómico recibiendo masajes en la cabeza, cuello y espalda, hasta el momento que invade el sueño, entonces el masajista lo envuelve con una manta de lana y se retira. Después de la breve siesta la persona está reanimada y se siente llena de energía para encarar cualquier trabajo.

Como la siesta da para todo, cierro esta primera parte con algo anecdótico: dicen que los santiagueños tienen el mote de dormilones porque cuando ven un colchón se les hace agua la boca... Se cuenta que Juan, un conocido joven de Santiago del Estero, tenía por costumbre levantarse tarde y la lucha de su madre era en la mañana a partir de las diez cuando le hacía el primer llamado para que se levantara, cosa que reiteraba a las once y ya fastidiada le hacía el último a las doce para decirle que era hora de almorzar y además que se le ¡“hacía tarde para dormir la siesta”...!

Como segundo tema les contaré la popularidad que tenía el juego de la quiniela hace medio siglo, no solamente en el hombre sino en los integrantes de la familia, muy especialmente las amas de casa que reservaban unas monedas para apostar al número soñado o al favorito. Ese modesto juego daba lugar al encuentro diario de las señoras para comentar los pálpitos y charlas de la vida familiar. En esa época no habían máquinas de tragamonedas como hoy, pero los aciertos los festejaban con mates y tortitas. Jugar,  sin llegar al vicio, era como una obligación.

La quiniela clandestina, o más conocida como quiniela trucha, gozaba de gran atracción y confianza en los años 1930 a 1960, muy aceptada por una capa de la población de la clase media y especialmente de la más humilde encabezada por las dueñas de casa que esperaban la visita de los hombres y mujeres conocidos como “levantadores de quiniela”.

Estos recorrían diariamente los barrios, calles y centro de nuestra Ciudad Capital que habían dividido geográficamente para su trabajo, cosa que respetaban a raja tabla porque conocían la clientela y tenían muy en cuenta quiénes jugaban puntualmente todas las semanas un número fijo. Tal era la confianza que cuando no se encontraban con el cliente igual le tomaban el número preferido y, si salía premiado, lo pagaban y a veces le repetían la jugada.

La mayoría eran apuestas muy humildes que generalmente partían de veinte a cincuenta centavos pero que lo hacía diariamente y que los levantadores de quiniela registraban en una hoja de papel suelta, una libreta o un cuaderno con mucha prolijidad y después de cada jugada, al hacer de nuevo su recorrido, tenían muy presentes a las personas que habían obtenido premio y procedían a pagarlo correctamente para continuar con su tarea semanal. Los quinieleros jamás dejaban de cumplir con el pago de una operación de juego que habían convenido de palabra como único comprobante.

Nada de esto sorprendía porque vivíamos un período de la historia mendocina cuando la palabra se respetaba y tanto en la humilde “quiniela trucha” como en las operaciones de compra venta de uvas, vinos, inmuebles o alquileres, se cumplía rigurosamente.

Cuando los funcionarios de la Lotería de Mendoza notaron que las apuestas a la quiniela oficial disminuían y “la trucha” crecía, iniciaron campañas de control persiguiendo a los quinieleros con amenazas y también con detenciones policiales cosa que hizo que fueran desapareciendo o se dedicaran a vender la quiniela oficial.

Fue entonces cuando el Banco de Previsión Social dispuso nombrar agentes oficiales, lo que permitió la apertura de modestos locales de venta de lotería y quiniela que en la actualidad están bien organizados y significan un buen negocio lícito.

Como anécdota les cuento que los jugadores quinieleros que se consideraban cancheros jugaban a la terminación de la chapa de un auto que pasaba, al número de un domicilio cualquiera o el de un teléfono. El slogan popular era: “El que juega por necesidad, pierde por obligación”.

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