31 de enero de 2014 - 23:43

Por la vía del absurdo, el Gobierno pide confianza

En lugar de negar la realidad ocupándose de culpar a sectores privados, la Presidenta debería apuntar a sus verdaderos enemigos: la inflación y la falta de planes.

Si no fuera porque la crisis que vive hoy la economía argentina puede desembocar en situaciones muy perjudiciales para todos, y de modo especial para los sectores más débiles de la sociedad, los argumentos y actitudes del Gobierno para encarar los problemas deberían ser tomados como piezas notables del humor absurdo.

Por definición, absurdo es algo contrario o contrapuesto a la razón, que no tiene sentido, y el humor absurdo trataría de lo irracional y de lo humorístico que hay en ello.

Vamos a las evidencias que -hecha la aclaración- no son para reírse: el gobierno kirchnerista no sólo ha alimentado para consumo de sus militantes la idea de estar produciendo una revolución con signos ideológicos de izquierda, sino que además cree que ya la hizo.

De allí que ahora descubre y se enoja porque después de casi once años en el poder, todavía quedan empresarios capitalistas que son "inescrupulosos" y tienen conductas "antipatrióticas" por aferrarse a sus intereses particulares y defender sus márgenes de ganancia.

Un pensamiento absurdo, porque la realidad indica lo contrario. Los grandes bancos y todo el sector financiero, por ejemplo, al que la presidenta Cristina Fernández acusó de estar ahora atentando contra la democracia por la disparada del dólar, ha tenido once años de acumular inmensas utilidades sin objeciones oficiales ni regulaciones que las limitaran. Capitalismo puro, en medio de un discurso disfrazado de socialista.

Contradicciones

Otro tanto sucede con los productores agropecuarios que retienen parte de sus cosechas de soja, a la espera de condiciones más convenientes. Lo racional indica que para esperar conductas diferentes hay que cambiar las reglas, y eso no ha ocurrido, si es que de verdad la Presidenta y su fallecido esposo alguna vez se propusieron seriamente cambiarlas.

La devaluación del peso que ha producido el Gobierno para atenuar el inevitable deterioro de las cuentas públicas y de su fracasado modelo económico ha acelerado peligrosamente la inflación.

Los gremios, hasta aquellos alineados con el discurso oficial, ya están pintándose la cara para dar la pelea por mantener el poder adquisitivo y el clima de conflictividad va en aumento. Economistas, sociólogos, analistas políticos, empresarios y trabajadores, anticipan que éste será un año de riesgo para la paz social.

Frente a este panorama, en vez de asumir la realidad y sincerar los errores propios cometidos, Cristina alienta en sus funcionarios la cínica actitud de señalar culpables.

Ellos son los bancos, los sojeros, los empresarios especuladores, la oposición política, los que piensan diferente y en especial la prensa crítica, que para el catecismo oficial comete el pecado de contar la gravedad de la situación.
 
Lo absurdo del caso es que sin la perdonable alienación del Quijote, ella improvisa y lucha contra los molinos cuando el verdadero enemigo es la inflación y la falta de planes, o sea, el viento que los mueve.

Quienes creyeron que después de los problemas de salud y de los largos días de descanso y reflexión que se tomó, la Presidenta iba a mostrarse con otros modales y dispuesta a una apertura dialoguista, se equivocaron de plano.
 
En las alturas del poder donde hay sobredosis de soberbia, escasea la humildad y la responsabilidad siempre está en el otro. En la línea del absurdo, no es difícil imaginar lo que va a decir Cristina en 2015 al terminar su mandato, luego de 12 años de un kirchnerismo que concentró poder como pocos: "No pudimos transformar el país porque no nos dejaron".

¿Y la política?

La crisis de la economía es la dueña de la actualidad, pero hay otros hechos de la vida institucional que no pueden ignorarse. Ante una sociedad en la que crece el descreimiento, los sectores políticos de la oposición no encuentran respuestas serias y convincentes. No es un problema nuevo en la política argentina, pero la falta de liderazgos alternativos sigue vigente y ese vacío también se agiganta.

El adormecimiento de la política que producen las zozobras de la economía permitió en la última semana que la sociedad dejara pasar sin mayor trascendencia las declaraciones del jefe del Ejército, teniente general César Milani, ratificando el alineamiento de la fuerza con el "proyecto popular del kirchnerismo".

En los 30 años que el país lleva desde la recuperación de la democracia, ningún jefe militar en actividad había tenido definiciones políticas partidarias semejantes a las de Milani. Es otro signo de que el deseado profesionalismo de las Fuerzas Armadas que reclama la salud de las instituciones, también se disuelve en un devaluado relato oficial que no diferencia lo real de lo absurdo.

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