Se cumplen 60 años del derrocamiento de Juan Domingo Perón. El 16 de setiembre de 1955, el general (R) Eduardo Lonardi, a la 0.00, acompañado por un grupo de oficiales y civiles, ingresó a la Escuela de Artillería en la localidad de La Calera, Córdoba, intimando al jefe de la unidad a rendirse y unirse a la revolución. De esta manera, se puso en marcha el proceso revolucionario que terminó con la segunda presidencia de Perón.
En realidad, la insurrección septembrina se había iniciado exactamente tres meses antes, cuando el bombardeo indiscriminado en Plaza de Mayo, cuya intención era matar a Perón, produjo cerca de 200 víctimas inocentes y numerosos daños a edificios públicos.
A la noche de ese día, grupos de civiles, amparados por la policía, procedieron a incendiar y profanar los templos e iglesias de la ciudad de Buenos Aires, incluida la catedral metropolitana. Este hecho, muchas veces soslayado y olvidado, caldeó aún más los ánimos, y la antinomia peronismo vs antiperonismo se hizo mucho más evidente. El enfrentamiento entre Perón y la Iglesia había llegado a su punto más álgido y ya no había marcha atrás, convirtiéndose en una de las causas de su caída.
Sin embargo, Perón intentó calmar los ánimos y procedió a hacer un llamado a la conciliación. Para ello cedió espacios en los medios oficiales a dirigentes de la oposición para que expresaran sus ideas, destacándose la figura de Arturo Frondizi. Esto sucedió el 27 de julio, y era la primera vez en más de 8 años que un opositor hablaba por radio. Frondizi, al igual que otros políticos, consideraba que la única salida para terminar con la situación planteada era lisa y llanamente la renuncia de Perón.
Este paréntesis finalizó el 31 de agosto, cuando el presidente pronunció un enérgico discurso ante una multitud reunida en Plaza de Mayo. Expresó que "… con nuestra tolerancia exagerada nos hemos ganado el derecho de reprimirlos violentamente… la consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más violenta, y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos… "
Era el presidente de la Nación, quien decía esto; la opinión pública asistía, en una mezcla de estupor y miedo, a una verdadera declaración de guerra. El proceso del derrocamiento de Perón se puso en marcha dieciséis días después.
¿Por qué Córdoba? La estrategia de los revolucionarios les había hecho ver que intentos anteriores para derrocar a Perón habían fracasado a raíz de que los mismos se produjeron en unidades militares de la Capital y la provincia de Buenos Aires, con lo cual los servicios de inteligencia los detectaban rápidamente. Dos generales, Pedro E. Aramburu y Eduardo Lonardi, fueron los que llevaron a cabo preparativos. Sin embargo, ninguno conocía los planes del otro. Finalmente, fue el último quien decidió continuar con el proceso.
Por ello, consideraban que el factor sorpresa sería decisivo ya que, al hacerse fuertes en una guarnición del Interior, desorientaría al gobierno y especulaban con la adhesión de otras unidades militares que les permitiría ganar tiempo y así presionar para forzar la salida de Perón.
Sin embargo, el alzamiento de Córdoba no fue obra exclusiva de los militares. Los partidos políticos, representados por radicales, socialistas, demócratas progresistas pero también estudiantes universitarios, jóvenes católicos, etc., formaron los famosos "comandos civiles" que apoyaron el alzamiento y derrocamiento de Perón.
En el Ejército, aparte de Lonardi, actuaron generales como Ossorio Arana y el coronel Juan F. Guevara, que tuvo como misión ser el enlace entre el mando revolucionario y los mandos militares del Litoral y Cuyo. Estos al movilizarse hacia Córdoba, decidieron dar su apoyo a los revolucionarios.
En la Marina, tradicionalmente antiperonista, las figuras más importantes en los sucesos de setiembre de 1955 fueron los capitanes de navío Arturo Rial y Jorge Perrén. El director de la Escuela Naval de Río Santiago, contraalmirante Isaac Rojas, asumió el mando naval de la Revolución y lanzó un ultimátum al gobierno cañoneando las destilerías de Dock Sud y La Plata. Esta acción tenía por motivo exigir la renuncia de Perón.
Para ganar tiempo, el presidente ordenó a su ministro de Guerra la formación de una Junta Militar, compuesta por 17 generales, para negociar con el comando revolucionario de Córdoba. Perón, creyendo que con su renuncia ante esta Junta descomprimiría la situación, la hizo efectiva el 20 de setiembre y el cuerpo colegiado decidió aceptarla y así lo transmitió a Lonardi.
De esta manera, terminaba la presidencia de Juan Domingo Perón. Próximo a cumplir 60 años, iniciaba un exilio que abarcaría 18 años, hasta su regreso al país, en forma definitiva, el 20 de junio de 1973.
Eduardo Lonardi, reconocido como jefe de la revolución, arribó a Buenos Aires el 23 de setiembre para jurar como Presidente Provisional de la Nación. En su discurso, pronunciado ante una multitud reunida en la Plaza de Mayo, expresó que "no hay vencedores ni vencidos".
Sin embargo, al igual que en 1852, con motivo de la caída de Rosas y con los mismos términos esgrimidos por su vencedor en Caseros, la historia demostró que hubo vencedores y vencidos.
Lonardi no pudo llevar a cabo, en su efímero gobierno, la frase que está asociada a su memoria. Para Félix Luna, los antiperonistas se vengaron de todo lo que habían aguantado bajo el régimen peronista: las cadenas nacionales, la afiliación compulsiva, la propaganda abrumadora, los lutos obligatorios, etc.
Por último, Floria y García Belsunce, expresan que: "… la caída del régimen peronista sorprendió a la mitad de los argentinos, resignados e impotentes; la otra mitad recibió el hecho con una patente sensación de alivio". Los autores citados tomaron dos fechas clave, el 17 de octubre de 1945, símbolo de una Argentina popular y el 23 de setiembre de 1955 que representa la Argentina no peronista y antiperonista.
Definen a ésta como "el empate social", en el cual, el país quedó dividido en dos sectores, que buscarán, en el devenir de los años, la síntesis histórica y la visión indispensable para superar "la grieta" que, paradójicamente, todavía está vigente.