La Argentina pudo salir de su última gran crisis ayudada por un contexto internacional favorable. Tras la larga y penosa recesión que transcurrió entre mediados de 1998 y mediados de 2002, el PBI creció a “tasas chinas” no solo por las fenomenales cosechas del campo sino también porque el repunte de los precios internacionales de las materias primas le dio al país un aire extraordinario.
En esos primeros años de post-crisis, además de los commodities alimenticios, repuntaron el petróleo y los combustibles, de los que la Argentina todavía se autoabastecía e incluso llegó a registrar un “saldo comercial energético” a favor de 6.000 millones de dólares.
La frutilla del postre fue la continuidad, vigente hasta hoy, de tasas de interés internacionales bajas, que permitieron que la oferta de reestructuración de la deuda en default, a priori durísima para los acreedores (luego no tanto, por efecto del “cupón” del PBI, pero ésa es otra historia) tuviera una aceptación inicial suficiente para considerarla exitosa. La combinación de tasas bajas y commodities caros fue tan inusual como extraordinaria e impulsó el crecimiento de todas las economías emergentes.
Ese panorama se mantuvo hasta la crisis de 2008/2009, cuando se desplomaron los precios de casi todo, el comercio mundial colapsó, hubo una estampida hacia el dólar y el oro como refugios y la economía mundial estuvo a un tris de entrar en depresión. Fue un soponcio serio, pero breve. Para mediados de 2009, el PBI mundial se había estabilizado y empezó a repuntar, aunque a un ritmo menor que la etapa de pre-crisis. Europa quedó entrampada, pero EEUU, China, las economías asiáticas y latinoamericanas, e incluso África, volvieron a crecer.
El panorama económico mundial, sin embargo, cambió radicalmente en la segunda mitad de 2014 con el colapso del precio del petróleo y de las materias primas en general y la subsecuente apreciación del dólar. Ese es el contexto de cara a 2015, al que nuestro país entró arrastrando una recesión de cinco trimestres y una inflación que amagó con desbordar el 40 % y se mantiene aún por encima de 30 % anual. La Argentina y Venezuela son hoy los únicos países del mundo con estanflación: estancamiento económico con inflación (en la nación caribeña la situación es más dramática, pero ésa también es otra historia).
La caída del precio del petróleo a la mitad que hace un año es un golpe importante para las economías rusa e iraní, representa un tiro de gracia para la Venezuela de Nicolás Maduro, obligará a los países árabes a duplicar sus esfuerzos para mantener un mismo nivel de ingresos y pone en entredicho el desarrollo de proyectos como Vaca Muerta, la promisoria formación de hidrocarburos “no convencionales”, en la Argentina, y Presal, las fabulosas reservas offshore de Brasil en el Atlántico.
En sentido contrario, la baja del petróleo podría contribuir a que Europa salga de la recesión y China convierta lo que se insinuaba como un aterrizaje brusco (de crecer más de 10 a cerca de 7 % anual) en uno mucho más suave, a tasas de entre 8 y 9 por ciento.
El impacto sobre la Argentina está por verse. Como la caída de los precios energéticos, rubro en el que hace ya varios años el país es deficitario, es mucho más importante que la de los alimenticios, puede significar una mejora relativa de la balanza comercial, pues todavía este año la cosecha será importante.
En cambio, el repunte del dólar dejó la política económica kicillo-krisnerista al desnudo, pues además de la recesión su única arma anti-inflacionaria es sofrenar el dólar, lo que combinado con las devaluaciones de los países vecinos vuelve a la economía en general, y a las producciones regionales en particular, cada vez menos competitivas, profundizando una tendencia iniciada entre 2010 y 2011.
En esos años, calculó el economista y consultor Marcelo Elizondo, las exportaciones argentinas equivalían a 0,47 % del total mundial.
Desde entonces, la proporción cayó año tras año: en 2014 representó apenas 0,37 %, y probablemente siga cayendo en 2015.
Al desconcierto económico, el Gobierno suma el desubique político. La apuesta K a suplir con China y Rusia los cada vez más tenues lazos económicos con EEUU y Europa y las conflictivas relaciones comerciales con los vecinos del Mercosur no pudo ser en peor momento. Rusia atraviesa una fenomenal crisis, y el precio que China le cobrará a la Argentina por proveer un fugaz taparrabos financiero al krisnerismo será altísimo, como se refleja en el acuerdo bilateral que ya tuvo media sanción del Senado.
La última Cumbre del G-20 en Australia, a la que la Presidenta, aquejada por entonces de sigmoiditis, envió al dúo dinámico Kicillof-Timerman en un vuelo chárter al módico costo de 600.000 dólares, exhibió el conflicto de identidad oficial. La Cumbre mostró tres núcleos diferenciados: los países del viejo G-7 (Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Italia, Francia, Canadá y Japón), los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y un tercer grupo que algunos analistas llaman “Mitca” (México, Indonesia, Turquía, Corea del Sur y Australia), al que también se está incorporando Arabia Saudita, de países intermedios o medianos, categoría en la que la Presidenta no se quiere reconocer, pues cree que, en términos de política internacional, su “lugar en el mundo” es el Brics.
Así, entre el cambio del panorama económico mundial y un conflicto de identidad política internacional, el Gobierno pasará 2015 gestionando su impunidad judicial e intentando evitar una crisis macroeconómica grave, pero sin talento ni ganas para atacar la estanflación y combatir sus consecuencias sociales, como el desempleo y el aumento de la pobreza, que se limita a esconder en las estadísticas del Indec.
Dependerá de la sociedad y, en particular, de la dirigencia política, generar alternativas mejores para 2016. Porque los gobiernos no salen de un repollo.