1 de agosto de 2017 - 00:00

100 años de una escuela

"Narrar aquello que se ha visto y oído le está a todos permitido" es casi un aforismo, que en una de sus versiones escritas, registra prácticamente quinientos años de antigüedad.

En el caso presente lo visto y oído, vivido por nosotros, está lejos de llegar al centenario, alcanzando sólo a una treintena de años de ese notable establecimiento educacional de Mendoza, Escuela Industrial de la Nación, ENET N° 1 Ing. Pablo Nogués, hasta su denominación actual, ya bajo jurisdicción provincial.

Justamente, en estos días asistimos a narraciones sobre etapas del colegio, que sus protagonistas expresaron en periódicos locales, convocando incluso a reuniones de promociones y sumatorias de recuerdos.

Recordar por nuestra parte, sin sujetarnos a lo documental que por profesión ejercitamos habitualmente en nuestra labor, registra principalmente la emoción de lo familiar en torno de lo institucional.

Cuando aquel Técnico Industrial, Joaquín Roberto Bárcena, egresado de la señera Escuela Industrial de la Nación Ing. Otto Krause, sita en Buenos Aires, se incorporó como docente a la EIN mendocina en 1945 y asimismo se integró como vecino de Villa Hipódromo, con su esposa y un hijo de 10 meses, posiblemente no dimensionó que esa labor docente sería su pasión, alcanzando la dirección del establecimiento, siendo ya Ingeniero en construcciones mecánicas de la Facultad Regional Mendoza de la UTN.

Claro está que en nuestro caso particular, luego de dar los primeros pasos de esos meses de edad en el domicilio de calle Pellegrini, dimos muchos otros, de entonces y a través de nuestra vida, en el edificio EIN de la calle Irigoyen y, luego de la piedra fundacional que institucionalmente le correspondió colocar a aquel ingeniero y director, nuestro padre, junto con los benefactores del predio, autoridades, cooperadora, miembros docentes, alumnos y familiares, dar muchos más pasos en el actual y moderno edificio del barrio Bombal.

Por aquellos primeros años nuestros, de la segunda mitad de los ´40 pasados, siempre era motivo de alegría que nos llevaran a la industrial, como le decían, corretear por sus patios y talleres de calle Irigoyen que, cuestión de escalas mediante, nos parecían inmensos y apasionantes las labores que allí se hacían, aunque por entonces nos deslumbraran más las de carpintería, hojalatería y construcciones.

Por supuesto que las conmemoraciones, festividades y, especialmente, la fiesta de fin de año, eran una ocasión especial, que se compartía con las familias de docentes y alumnos.

De a poco asimismo comenzamos a dimensionar el ámbito, a reconocer la construcción central de su edificio de mampostería, relicto de una relevante casa de otras épocas, sede de la administración y algunas aulas, que con el tiempo y el recurrente aumento de estudiantes fue rodeándose de otras estructuras consistentes, aunque más elementales, para nuevas aulas, contando asimismo con su patio a cielo abierto para las actividades prácticas de construcciones civiles, como sus edificaciones de galpones para las prácticas de taller con herramientas y maquinarias apropiadas para las especialidades de mecánica, electricidad y automotores.

En los almuerzos y cenas diarias, con mi padre, madre y hermanas Mabel y Miriam -Mabel, también sería ingeniera mecánica y docente en la escuela-, participamos en las conversaciones del devenir de las cosas y acciones de la industrial/Nogués, por lo que casi podemos decir que se comía y bebía, en buena parte vivía, con ella.

Ya adolescente y siguiendo estudios en el Liceo Agrícola y Enológico de la UNCuyo, tuvimos disposición para cursar una especialidad del turno nocturno de la escuela, egresando como Operador radiotelegrafista.

En este polifacético establecimiento de enseñanza técnica, que dio y da egresados en especialidades relevantes para el desarrollo y la productividad, ejercieron y seguramente ejercen docentes y administrativos, profesores, maestros de taller, preceptores y otros cargos de la enseñanza y organización escolar media, que merecerían recordarse y nombrarse uno/a a uno/a, por su responsabilidad y contribución en la formación de los jóvenes, como asimismo y entre otras, merecerían un recuerdo y distinción especial, las cooperadoras y asociaciones de padres.

Recordamos igualmente la relación que hubo en su momento entre la EIN y sus miembros con la conformación de la Facultad Regional Mendoza de la UTN, con la que se abrió un campo propicio para la culminación universitaria de especialidades referentes del establecimiento técnico, con cursado nocturno, que niños aún nos permitió comprender el esfuerzo por la vocación y superación personal y profesional, para asistir y estudiar luego de la ardua jornada de trabajo, como hizo nuestro padre, docente de la EIN, director de la Nogués y sobresaliente egresado de la primera promoción de esa Facultad.

Cien años no es nada y es mucho. Mucho en nuestra escala de tiempos del país, donde estamos festejando bicentenarios nacionales que aprendimos a apreciar especialmente.

Vaya pues nuestro homenaje para la querida escuela industrial, la Nogués, junto con todos los que la hicieron y hacen posible.

Por si no la hubiere ya y no estuviera planeado, sugiero considerar sumar a los actos, colocar una placa recordatoria en el sitio, hoy moderna edificación de altura, que ocupó el establecimiento -y también la ENET N° 2 Álvarez Condarco- en la calle Irigoyen 52 de Godoy Cruz.

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.

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