Las palabras del título son las que dice Mahoma en una de las caricaturas que ilustraron la tapa de Charlie Hebdo y que generaron reacciones inaceptables desde hace ya algún tiempo.
Las palabras del título son las que dice Mahoma en una de las caricaturas que ilustraron la tapa de Charlie Hebdo y que generaron reacciones inaceptables desde hace ya algún tiempo.
Se puede encontrar fácilmente en internet, su explicación vendría por el lado de que algunas minorías fundamentalistas extreman la interpretación del Corán para justificar actos que no se corresponden con los tiempos actuales y que llevaría al asesinato del mismísimo Profeta. Je suis le Profet, abruti! implicaría que decapitar a alguien sería lo mismo que ir en contra de ese cuerpo de normas que pretenden re-ligar la existencia terrena con lo divino, es simple. Y es bello.
Las imágenes se repiten en un loop incesante que nos despierta del sueño agradable, esa Paz silenciosa que esconde lo más oscuro de las almas ausentes de sentido por la vida como valor máximo de cada acto. Los estados autoritarios nos muestran que no es ella, otra cosa ocupa su lugar; cosa que ha sido creada o inventada por la especie humana imponiendo a sangre y ley esa propia interpretación.
Ya sea el Estado, la religión, Dios (en todas sus interpretaciones), sigue siendo algo, o alguien, que se encuentra por sobre la vida, la dignidad y la libertad. Je suis Charlie es el tristemente célebre recuerdo que cada día debemos agradecer, y en consecuencia luchar para que las garantías republicanas que nos hemos dado no desaparezcan y que las podamos sostener contra cada arremetida de aquellos que descreen de la diversidad y la tolerancia.
El clima geopolítico de estos primeros pasos dados muestra signos de madurez entre los líderes, los mismos que deben dar una respuesta a la violencia, siempre injustificada, de grupos que increíblemente comienzan a unir sus fuerzas para sembrar el temor y la desidia entre los habitantes de las democracias del mundo. Por supuesto que el lector me podrá objetar esto, algunas excepciones han demostrado que la codicia de poder no tiene límites.
Tampoco. Sólo para destacar el llamado a un supuesto referéndum para re-establecer la pena de muerte en Francia. Lo cual es anecdótico, hasta generacionalmente negativo, ya que fue precisamente en contra del terrorismo de los años ’80 que se suprimió este vejamen y con la sola intención de frenar las escaladas de violencia que se sufrieron en esa década. La anécdota refiere a que es de esperar el más fuerte rechazo, si tal votación se llegase a realizar, y que debemos confiar en el poder democrático en favor de la protección de las personas.
Un detalle preocupante es que, en una primera aproximación que deberá esclarecer la investigación en curso, la Red Buttes-Chaumond, creada para reclutar yihadistas, se encontraría como nexo entre miembros del Estado Islámico (Amedy Coulibaly, muerto en la toma de rehenes del mercado parisino, y Hayat Boumeddiene, por el momento prófuga) y Al-Qaeda (los hermanos Cherif y Said Kouachi muertos luego de atrincherarse en una imprenta del departamento de Aisne).
La coordinación entre organizaciones delictivas no es un descubrimiento del fundamentalismo moderno, pero sí puede significar que las acciones emprendidas en materia de inteligencia no sean las correctas y que las políticas heredadas en materia de inmigración deban ser revisadas a fin de hacer foco donde se debe. Y se reasignen los recursos donde sean útiles y no sólo en pos de una idea de seguridad irreal.
Necesitamos lograr una respuesta republicana y democrática a este ataque aberrante.
Lamentablemente, una vez más debemos sufrir la falta de previsión, junto con una visión demagógica de los conflictos sociales de un país multicultural e inclusivo. Tuve la oportunidad de ver ese cambio, en las calles primero, como residente, y luego en la respuesta de las urnas al discurso reaccionario que le quitó a Nicolas Sarkozy la posibilidad de un segundo mandato.
Ahora el objetivo debería fundarse en responder con un trabajo profundo de la Justicia para determinar quiénes están detrás de los autores materiales de la masacre, profundizar los caminos andados en el sostenimiento de las garantías constitucionales y el respeto de los estándares internacionales en materia de derechos humanos; y sostener ese gran coraje del pueblo francés para salir a las calles a demostrar que aun en el dolor se puede aceptar y amar en la diversidad.
Conjugar cada elemento adverso con los principios fundamentales de un Estado no es tarea fácil y, normalmente, tiene un gran costo político que los partidos políticos reaccionarios y populistas hacen pagar ni bien se puede.
No es posible dejar que nos ganen esa batalla, no podemos permitir que se ponga en riesgo cada pequeño paso que hemos dado para fortalecer la libertad de nuestros habitantes, no queremos un Estado autoritario o con ribetes de autoritarismo encaramado en sus instituciones jurídicas y, fundamentalmente, no podemos abrirle la puerta a aquellos que, enfundados en la misma ideología arcaica del miedo y los enemigos, tanto daño han causado a toda la humanidad.
Acompañemos a Francia en estos momentos de dolor para que esta crisis sea superada con decisiones férreas hacia el mantenimiento y exaltación de los valores republicanos. Confiando en sus ciudadanos y en todos aquellos que deseen, o hayan deseado, serlo en razón de su siempre amado espíritu cosmopolita.