Y un día volvieron a empezar las clases, se reordenó la vida de los chicos, de sus padres, de las actividades que ocurren alrededor de ellos.
Y un día volvieron a empezar las clases, se reordenó la vida de los chicos, de sus padres, de las actividades que ocurren alrededor de ellos.
A las 7.45 llegarán a la escuela, cantarán el Himno y entrarán a su nueva aula, con su nueva maestra, y empezarán una serie de nuevas rutinas, muchas de las cuales se repetirán más o menos a lo largo del año.
La maestra explicará unas ciertas cosas, de un cierto modo, algunas más parecidas y otras menos que las del año pasado. Algunos entenderán mejor y otros no tanto, y así irá transcurriendo el año.
El problema es garantizar que eso pase, que esas rutinas, que en la realidad funcionan “más o menos así”, se cumplan como están pautadas. Los chicos deben llegar 7.45, eso debe ocurrir todos los días, lo mismo ocurre con los maestros que deben estar allí y con aquello que van a enseñar, planificado.
Nada de eso está pasando hoy en la Argentina. Los chicos no llegan en hora y esa es una pelea de todas las instituciones, el ausentismo de los alumnos es muy alto, según la última evaluación PISA, uno de los más altos del mundo. Los maestros faltan mucho según todos los estudios y en las aulas se pierde mucho tiempo en otras cosas, son muy desordenadas.
Nadie nos pide una revolución pedagógica, empecemos por ahí, por un orden, clases todos los días, chicos y maestros que asisten, un horario de comienzo, un cierto orden en las aulas que dedican la mayoría de su tiempo a enseñar, a dar clase.
¿Es tan difícil? No parece que lo sea, se trata de encontrar un encuadre que permita trabajar con un objetivo: que los chicos aprendan.
Si los chicos y maestros faltan, si las aulas son un gran desorden, si se pierde tiempo de enseñanza, los resultados finales no son buenos y esa es la situación que vivimos como país.
Aquella escuela pública de la nostalgia, la que muchos añoran, era una organización con rutinas, con modelos, con formas que se repetían y eran sabidas por el conjunto de los actores. ¿Eso queremos?
El problema es definir qué es lo que nos interesa, ¿cuáles son nuestras prioridades? Es el orden, como era en aquella escuela, un modo de hacer, de ordenar para desarrollar las prácticas, de acordar modos comunes.
Pero podríamos asumir que no nos interesa el “cómo”, sino el “qué”, y entonces, no nos importan los modos, las formas, horarios, orden del aula, asistencia, etc. Nuestra prioridad es lo que aprenden, el tipo de actividades, de evaluaciones, más allá de los formatos.
También alguien podría decir que lo importante es que estén, entonces adaptemos el “cómo” y el “qué”, a las necesidades cotidianas de los chicos. No interesa la manera de hacerlo, hasta están dispuestos a resignar lo que hacen, porque prefieren que los chicos no dejen la escuela, que estén allí y no en la calle.
Así, podríamos seguir con otras prioridades, la importancia de que los alumnos estén contentos, que se sientan protagonistas, que los padres participen, entre otras.
Eso es lo que una sociedad debe decidir, qué es lo importante, qué es lo que prioritariamente estaremos buscando. Esa decisión, esa prioridad definida, definirá las actividades, los materiales, el tipo de encuadre de trabajo.
Por ahí pasa uno de nuestros problemas principales, necesitamos definir prioridades, y entonces poder ordenar una institución de acuerdo a esos criterios. Si el orden es importante, los chicos y los maestros no pueden llegar tarde, o faltar tanto.
De la escuela que se centraba en un orden, cuadernos forrados de araña azul, hora de llegada, corrección de ortografía, posiciones en el aula, pasamos a una que se “peleaba” con esa idea y que ponderaba la flexibilidad, la libertad, el disfrute, trabajar en el piso, en ronda, forrar los cuadernos como cada uno quisiera, escribir sin prestar tanta atención a las formas.
Y aquí estamos, empezando un nuevo año sin poder decirles a los alumnos, a los padres, a nosotros mismos, nuestras prioridades. Y esa es la clave, si creemos en un orden, si creemos que ayuda a los chicos, especialmente a aquellos con más dificultades, llegó la hora de darnos una organización con esos criterios. Y si no, si nos parece que estandariza, esquematiza, que limita, debemos fijar otra prioridad.
Empecemos por ahí, caminamos sin definir sentidos, y esos son los resultados, una escuela que no enseña demasiado a juzgar por las evaluaciones, que es difícil de aguantar para los maestros si escuchamos sus comentarios, que los padres no valorizan.
Vayamos al desafío de fondo, definamos las prioridades, comuniquémoslas, y después podremos implementarlas en el planteo que hagamos. Que todos sepamos cuáles son: ¿qué se espera de nosotros?, ¿cómo se espera que lo hagamos?
Esa escuela de pautas comunes, de sentidos compartidos, es una escuela que nos permitirá convivir, jerarquizar los problemas, discutir un rumbo, acordar nuestra conducta.
Necesitamos algunos acuerdos, y después que cada uno trabaje con esas pautas, evaluarlas e irlas ajustando.
Terminemos con los slogans, los chicos necesitan pautas y conductas claras, que les digamos claramente qué esperamos de ellos, que puedan recorrer el camino con certezas, con ideas claras de lo que esperamos de ellos y lo que haremos para ayudarlos.
Esa claridad de objetivos definirá qué es una escuela mejor y entonces podremos buscarla juntos.