Si mal no recuerdo, se llamaba Tecnirama la revista. No puedo confirmar el título, precisamente porque estas publicaciones de los años 50 o 60 no aparecen en Google. (Anotación inútil 1: No todo está en el buscador. Lo que nunca se escaneó o comentó, por supuesto que no. Lo que se dice y no se escribe, no figura tampoco. Y lo que está más allá de la página 10 de Google, sí, pero nadie sabe que está.)
(Anotación inútil 2: Qué sensación de vacío generan los temas que no se encuentran en Google. De alguna manera, este indexador tiene una función simbólica indisimulable: nos hace creer que existen maneras de ordenar los caos. Nos deja tranquilos, alquilándonos la idea de que todo el saber cabe en un solo lugar.
¿Recuerdan cuando nuestros abuelos, los que tenían un buen pasar, ahorraban para pagar en cuotas enciclopedias británicas o similares? Bueno, ese lugar de remanso psíquico, ese espacio en el cerebro, ocupa Google hoy: si alguna vez necesito saber algo, sé que está allí. Puedo seguir viendo Tinelli o Susana, mientras tanto).
Les decía, las revistas se llamaban Tecnirama y en mi infancia se presentaban como una invitación a atravesar portales a otra dimensión (en los ‘80, frente a artículos de los ‘50, imaginando el 2001).
Ofrecían en hojas amarillentas, con olor a viejo y en colores chillones, el mismísimo futuro. El milenio que asomaba era, según estas revistas -y tantas otras-, un universo de autos voladores, de tipos que se van de vacaciones al espacio, de robots que hacen la cama.
Era como si le hubiesen dado el guión de la vida futura a los Supersónicos. (Anotación inútil 3: el retrofuturo hoy está de moda, porque lo está todo lo vintage.
Este tipo de ilustraciones retrofuturistas guardan para sí una buena porción de internet, con gente que gusta compartir imágenes de un mañana que, al fin de cuentas, nunca fue.
Uno de los sitios recomendables para ver este tipo de material es Retronaut.com… Todo esto para decir que sí, que las Tecnirama no, pero que el retrofuturismo sí aparece en Google. Qué tranquilidad).
En aquellas hojas no se leía que en el dos mil diecitantos, en días de satélites y conexiones vía coaxil, la manera más extendida de comunicación global sería Twitter, un servicio que no te deja poner más de 140 caracteres; una suerte de sofisticación de los bipper (esas maquinitas que tenían adosadas a sus cinturas enfermeros y remiseros en los ‘90).
Y así, gozamos hoy de timelines rebosante de frases tan profundas como “Pintó merienda. ¿Selva negra o Tiramisú? #Indeciso” Todo muy lejos de los hologramas o de la teletransportación.
Sí se leía en aquellas páginas ajadas que iba a existir una especie de telellamada pero no que en mi provincia, al menos, sería inviable por los altos costos y la deficiencia de las redes 3G.
Ni qué decir que íbamos a tener que destinarle, con suerte, un sueldo entero a la compra de un smartphone que nos permitiese mirarle la carompa al que le hiciésemos sonar otro telefonito aún más caro que el nuestro.
¿Facebook? No hubo Asimov o Lily Sullos capaz de predecir que existiría lo que para muchos es un monumento a la vanidad, y para otros, una manera de apilar una colección de “amigos” siempre “comunicados” (ustedes no me ven, pero estoy haciendo el gesto de las comillas agitando dos dedos de cada mano).
Nada de autos que vuelan, escapadas al espacio, ni robots que hagan la cama. Twitter y Facebook. Y gracias.
Tampoco me quejo. En las Tecnirama no supieron explicarnos que la tecnología es eso que los humanos hacen a su medida, con los recursos que tienen y siempre pensando en la plusvalía que le sacarán. Que siempre va a ser más práctico, y menos oneroso hacer la cama uno que comprarse un Arturito…
Al notar cuánto los abuelos padecen frente a un cajero automático (práctica sádica obligarlos a cobrar su jubilación de esta manera) y ver a los niños manejar una tablet como si hubieran tenido una durante los 9 meses de gestación, queda claro que la tecnología es un ejercicio.
Una manera de exigirnos a nosotros mismos cruzar los límites. Una invitación a aprender más y a resolver nuestros problemas de la vida en comunidad. Algo que debemos internalizar y que el Estado debe facilitar.
Los países que quieren asegurarse algún futuro imponen en sus currículas de enseñanza primaria la programación informática, por ejemplo.
Y se aseguran que el tramado de las redes de internet estén a la altura de las mejores del mundo (hoy no preocuparse por esto es equiparable a la idea de que en el siglo XIX los estadistas le hubiesen dado la espalda al ferrocarril. Impensado -aunque más impensado es que en los 90 sí se la dieron-). (Anotación ¿inútil? 3: Es innegable que la entrega de computadoras a los alumnos es un paso enorme, restaría -ni más ni menos- jerarquizar y capacitar aún más a los docentes para darles a ellos las mejores herramientas, con el objetivo de mediar conocimientos cada vez más ricos. Pero bueno, en Finlandia todo el mundo quiere ser maestro de primaria... porque -entre otros atractivos- están entre los que más alto sueldo ganan. Aquí, el sueño es ser legislador de Guaymallén).
¿Quién entiende a la tecnología? Yo no sé si la entiendo. Para mí significa una sola cosa: esperanza. Porque aunque hoy sabemos que la tecnología no nos trajo androides, ni viajes al espacio para todos, que, en definitiva, no fabrica imposibles ni futuros idílicos… es lo más cercano que tenemos a eso. Y es igualmente maravilloso. O más.