21 de septiembre de 2014 - 00:00

¿Por qué somos violentos?

“¿Te gustó “Relatos salvajes”?”, es una pregunta que se repite en asados, juntadas de amigos y cumpleaños de 15. “Y, está buena”, suele ser la respuesta promedio. Aunque los hay fanáticos (gente que la ha ido a ver hasta tres veces) y también desamorados, que argumentan “sí,  pero no es tan buena”.

Eso fue lo que dijo Luis Brandoni, protagonista de media cinemateca argentina: “Es una buena película, atractiva. Tiene una buena factura, una linda idea. Pero antes del estreno, desde su presentación en Cannes, se hablaba de la película con unos elogios desmesurados. Se decía que se trataba de un antes y un después para el cine argentino y no es para nada así”.

De hecho, la sensación que me dejó la película argentina que está por convertirse en la más vista en los últimos 20 años en nuestro país (con más de 2.200.000 espectadores), es que divierte, es coherente, está bien actuada pero que desde la narración, fuerza siempre una misma situación... Damián Szifrón, su director, exacerba cada uno de los relatos, al punto que los saca del plano realista y los eleva a una categoría de grotesco, de caricatura. Es como si los “chistes” finales de cada capítulo, frenaran la trompada de la historia. Se nota la mano del guionista que tuerce el relato.

Pero para gustos, los colores. Quizá lo que buscó el realizador, es subrayar más que acompañar. Y también, que el humor afloje las posturas de una platea que durante gran parte de los “relatos” clava las uñas al apoyabrazos de la butaca.

Pero más allá de lo formal y de los recursos narrativos, “Relatos salvajes” abona una tesis fornida: si los seres humanos somos violentos es porque somos, en ese aspecto, animales. Es el costado nuestro que no evolucionó. El violento no supo ni sabe -por ignorante, enfermo o arrinconado por la sociedad- cómo pararse frente los conflictos.

La violencia es la manera animal de responder a esa presión. Sí, animalitos como los que aparecen al principio de la cinta. Y animal es en lo que se transforma cada uno de los protagonistas de esta historia. O, mejor dicho, animal es lo que fue siempre, sólo que se da cuenta ante un hecho desencadenante. (Al revés de la frase de Hulk: “No soy yo cuando me enojo”. El hombre sabe lo que es, que es animal, que no evolucionó, que no aprendió, que no se adaptó a la vida en comunidad, cuando se enoja).

Una sociedad violenta es una sociedad que no ha sabido superar sus conflictos. ¿Y qué pasa cuando el conflicto en sí que se nos presenta es, justamente, cómo superar la violencia? Si elegimos intentar superarla con más violencia es que no hemos aprendido nada de nuestra historia. (¿Recuerda esa famosa consigna: "Bombardear por la paz es como tener relaciones sexuales por la virginidad"?)

Darín, en una entrevista que me concedió antes del estreno de este film, sostuvo con su simpatía inalterable: “Yo soy proclive a perder el control, por eso trabajo sobre mí mismo. Nada me asusta más que mi propia violencia interna porque el germen de la violencia no sólo es físico; puede ser intelectual, emocional, psíquico. Tiene tantos nutrientes la violencia, que es difícil detectar cuándo comienza. Normalmente estamos más proclives a visualizarla cuando se manifiesta a cuando nace”.

Lo destacado de “Relatos salvajes” es que instala dos preguntas atractivas. La primera, la ya citada “¿te gustó la película?” (por lo general, se la pasa muy bien en la sala pero al salir, no estamos del todo seguro de que si lo que vimos es una genialidad o  un ejercicio cinematográfico menor). La segunda pregunta, es “apenas” más profunda: “¿por qué somos violentos?”. Eso que, entre sonrisas, disparó Darín: “Tiene tantos nutrientes la violencia, que es difícil ver cuándo comienza”.

En la película “Elephant”, de Gus van Sant, puede verse cómo los alumnos que causarían la matanza en una escuela de Oregon (ficción basada en la masacre de la preparatoria de Columbine, Estados Unidos), usualmente jugaban a shooters al estilo de “Counter Strike” o “Doom”…  Sí, pero esos chicos también vivían situaciones familiares de frialdad, tenían acceso a armas en medio de una sociedad demasiado permisiva al comercio de balas; vestían a la moda, escuchaban rock y/o estaban inmersos en un perverso sistema escolar signado por el eje axiológico popular/antipopular...

La misma confusión asoma cuando queremos analizar la violencia en el fútbol: son barrabravas rentados, impunes, con códigos internos más propios de la mafia que del barrio, institucionalizados por instituciones corruptas...

De allí la inteligente figura de “Elephant”: no hay un solo factor que explique cómo un adolescente puede llegar a ser capaz de cargarse con sus compañeritos, en un resoplo y sin miramientos. Tampoco hay uno que explique la escalada de la delincuencia, la cancha siempre a punto de estallar, la convivencia diaria imposible.

¡Qué fácil sería echarle la culpa de todo a los videojuegos! O a la tele. O a la pobreza. O al fútbol. ¡Qué fácil sería no tener nosotros nada que ver con todo esto!

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