2 de octubre de 2016 - 00:00

¿Para qué sirven las marchas?

La reacción era previsible. El asesinato de tres mujeres jóvenes en contextos domésticos en menos de dos días despertó la indignación de la sociedad mendocina. En pocas horas se organizó una marcha en el centro de la ciudad con la acostumbrada consigna: NiUnaMenos.

La legitimidad del clamor estaba fuera de cuestión. La pregunta, no obstante, es la finalidad o el objeto de la marcha.

¿Qué se pensaba conseguir? Nadie en su sano juicio puede oponerse a una causa tan justa como la eliminación de la violencia contra las mujeres. No obstante el reclamo es impreciso: apenas un vago y difuso pedido de mayor presencia y responsabilidad por parte de la Justicia y los organismos de seguridad. Se sabe, por otra parte, que el problema tiene causas profundas, de orden sociocultural, que exceden la capacidad de respuesta puntual del Estado.

Por otra parte, ¿a quién estaba dirigido el pedido? Es razonable dudar de la fuerza del reclamo de una marcha que admite la participación en ella de la Vicegobernadora, que es precisamente una de las autoridades interpeladas. La confusión entre demandante y demandado no ayuda precisamente a definir la demanda.

Analizado como un medio o instrumento, las respuestas son igualmente insatisfactorias. Nadie parece advertir que en la sociedad de la información la multitud callejera ha dejado de tener los efectos de antaño: entonces, una masa suficientemente grande era incontrolable, podía terminar en saqueo, destrucción, defenestración, linchamientos y ejecuciones sumarias, golpe de Estado, etc.

Podía someter a personas o acciones a la aprobación o condena por simple aclamación. Bien manipulada, podía ser un arma terrible.

Para eso debía tener un potencial de violencia que estas reuniones no solamente no tienen, sino que se proponen exactamente lo contrario. ¿Quién le teme a una masa pacífica y civilizada? Por esa razón los únicos que entendieron para qué sirve una marcha como la de NiUnaMenos fueron los violentos. A través de ellos el acontecimiento ganó fuerza y notoriedad.

Hoy las grandes multitudes no impactan directamente en la opinión pública sino a través de los medios de comunicación. Las manifestaciones son “editadas”, pueden hacerse desaparecer, reducirlas en número, cambiarles el motivo de convocatoria, convertirlas en nada. Sin violencia ni desmanes la posibilidad de ningunearlas es mucho mayor. El potencial cosmético sobre ellas es prácticamente ilimitado.

¿Qué poder puede sentirse coaccionado por esto? ¿Puede pensarse acaso en una escalada de acción ciudadana que lleve a actos cada vez más radicalizados, que pasen de la desobediencia civil o incluso a la acción directa? ¿Es el inicio de una serie de huelgas, piquetes, sabotajes, asaltos o copamientos?

Se podrá decir que es un país que vive al borde del caos, si no directamente en él. De todos modos es necesario aclarar que, en realidad, la alternativa al orden no es el caos sino una forma degradada o inferior de orden. Hay una jerarquía de órdenes: para recuperar un orden superior (por ejemplo, el respeto a la vida) es legítimo alterar o poner en crisis algún orden subalterno (por ejemplo, el del tránsito vehicular).

Quizá no haga falta radicalizarse tanto y sea posible concebir métodos realmente eficaces. ¿Es posible sostener una organización que opere con el capital político del consenso logrado en torno de estas cuestiones? ¿Se pueden diseñar estrategias de hegemonización de los medios y de la opinión? ¿Se tiene la capacidad de formar grupos de presión para obtener objetivos puntuales? ¿Se puede operar con un caudal de votos suficientes -suficientemente disciplinado- como para torcer una elección en un sentido o en otro?

O se opera dentro del sistema con las armas del sistema (acción política institucional: lucha electoral, opinión pública o lobbismo), o bien fuera del sistema con armas antisistema (presión directa sobre la ciudadanía con acciones de fuerza). La peor combinación es luchar fuera del sistema con las armas del sistema: las manifestaciones inocuas de NiUnaMenos.

Como un 14 de julio de 1789 sin la toma de la Bastilla, como un 24-25 de octubre de 1917 sin el asalto al Palacio de Invierno: ¿recordaríamos estas fechas como acontecimientos fundamentales?

Se podrá objetar que el NiUnaMenos es más que nada. Esto es evidente, pero en las condiciones actuales resulta menos que nunca. Es la fase más primitiva de la movilización: la acumulación de personas, la forma más elemental de una voluntad común operando en determinado sentido.

Entonces, ¿para qué sirvió? Apenas para vencer la inercia y no sentirse tan solos en la lucha. Una manifestación multitudinaria es útil, entre otras cosas, para formar espíritu de cuerpo, sentir cohesión, experimentar el “calor de la tribu”. Quienes fueron a la marcha pensaron que hacían algo por este asunto: podría ser una complacencia fatal para su lucha.

Se dice que la gente ha salido a la calle, lo cual es bastante diferente al hecho de ganarla. Potencialmente, inserta en una estrategia con objetivos precisos, se convierte en un recurso más de presión que reúne objetivos tanto internos del grupo como externos a él. No un inicio en sí mismo sino un medio de acción que debe ser combinado con otros de mayor recorrido y efecto directo.

De las épocas de militancia estudiantil aprendí a evitar en la medida de lo posible manifiestos y manifestaciones. La participación en ellos sólo se justifica si se está en la conducción del acto y tiene un objetivo práctico claramente definido. Manifiestos y manifestaciones son en sí mismos carne de manipulación: para eso han sido hechos. Generan un poder que debe orientarse hacia un fin práctico. Otra cosa es que el manipulador sea hábil o inepto, benefactor o perverso.

Antonio Gramsci, que reflexionó profundamente sobre la lucha política en el terreno cultural, escribió en el primero de sus Quaderni: “Las ramas secas son indispensables para quemar el raigón, no en sí y por sí. Sólo el raigón modifica el ambiente frío, calentándolo. Comandos, artillería e infantería. Estos siempre serán los reyes”.

¿Cuál es nuestro comando, cuáles nuestras artillería e infantería? Planeamiento, organización, recursos humanos y materiales. El peor servicio que se puede hacer a una causa legítima es pensar que sólo con las manifestaciones se consigue algo. Si no hay militancia continua, acción estratégica y compromiso de recursos, quedará en nada.

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