7 de septiembre de 2014 - 00:00

¡Oh, qué bella guerra!

Una guerra sin sangre. Una guerra feliz. “Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar” tararean los militantes K, persuadidos de que gracias a los buitres no están en el final sino renaciendo.

A once años y monedas de haberse iniciado la era K, la historia argentina parece haber retornado raudamente hacia aquel momento. Pero a no desilusionarnos compañeros, porque hemos regresado tanto en lo malo como en lo bueno.

En lo malo, no hace mucha falta aclararlo, los números de la economía que le dejó Eduardo Duhalde a Néstor Kirchner, si los leemos en conjunto y con las excepciones inevitables, se van pareciendo cada vez más a los presentes. Con la gran diferencia de que en aquel entonces estábamos mejorando, y ahora empeorando.

Porque si la malaria prosigue iremos acercándonos a los existentes en el país antes de la debacle de fines de 2001. Aunque nada indica la posibilidad de un estallido o una implosión, pero sí una decadencia permanente de seguir con las políticas económicas actuales, únicas responsables del retroceso porque nada del mundo se nos cayó encima. Nos estamos cayendo solos. Y si no, veamos.

El déficit fiscal y el gasto público parecen un calco de finales de la era menemista. La deuda externa ha bajado en relación al PBI tanto como la deuda interna ha crecido. La pobreza estructural dura se quedó congelada en más del 25% de la población, a pesar de la infinidad de planes sociales que contienen clientelarmente pero no promocionan socialmente a nadie.

El desempleo es menor a los 90 pero está en crecimiento, mientras que la inflación es mucho mayor y también está en crecimiento. En 2001 había recesión, hoy tenemos la misma recesión pero con inflación. Hay tanta o más corrupción, incluso más consolidada institucionalmente. Tenemos varias empresas estatales recuperadas pero un Estado más ineficiente, o sea, somos más estatistas con menos Estado.

Existen más servicios públicos subsidiados pero hemos perdido el autoabastecimiento energético. Los índices educativos son mucho peores que todos los anteriores a la era K. Y como consecuencia de todas estas cosas, tenemos una inseguridad brutal que está a la vista y al sufrimiento de todos los habitantes de esta, nuestra lastimada República.

No obstante, si bien desde el punto de vista material no hay prácticamente un solo dato con el cual ponernos contentos, desde el punto de vista espiritual también hemos regresado a los inicios porque se han recuperado todas las ilusiones primeras, e incluso mejor, porque esta vez hemos encontrado el enemigo perfecto con el cual entusiasmarnos para librar la guerra nacional y popular.

No es necesario ser un erudito para descubrir que los fondos buitres son un enemigo muy superior en jerarquía al neoliberalismo de los ’90, los militares del Proceso y los curas con que la emprendimos en 2003. Los buitres no son un enemigo más, son la summa de todos los enemigos, la bolsa donde pueden entrar todos los contreras de adentro y de afuera.

Por eso también volvió la alegría, la revolución es posible. Los fondos buitres son la gran esperanza revolucionaria, que no mueran nunca por favor, que no se encuentre ninguna solución o que al menos se difiera hasta fines de 2015. Seguir en el limbo del default-no default nos garantiza marcharnos como vinimos, a pura lucha. Y para eso hay que armar la economía de guerra, esa que paso a paso está construyendo Kicillof por órdenes de Ella.

Un instrumento esencial es la Ley de Abastecimiento (como hizo Isabel Perón en 1975) para infiltrarnos en las entrañas del enemigo empresario y descubrir en cuál de los momentos de la comercialización de los productos se esconde el titiritero que mueve los hilos del aumento injustificado de los precios. Hay que detectar al enemigo que se ha perdido.

Junto a ello debemos comenzar a aplicar de una vez por todas la Ley Antiterrorista, también acá igual que cuando Isabel. Con la crucial diferencia de que en 1975 esa ley se impuso para detectar enemigos de izquierda, mientras que la de Cristina busca detectar enemigos de derecha.

Con ambas leyes hay que obligar al campo a sacar la soja de los galpones y a las automotrices a sacar los autos de los garajes. Es de suponer que luego habrá que obligar a los consumidores a comprarlos, pero esas son minucias. Lo importante es que la economía de guerra comience a andar y todos se disciplinen a sus disposiciones.

Mientras sanciona las leyes de guerra, Kicillof libra una lucha a muerte contra los neoliberales infiltrados en su gobierno (como el mendocino Fábrega del BCRA) argumentando que el aumento del gasto público es bueno y necesario, que es el sustento de la revolución. Y acá, aunque parezca mentira, el Kici dice la verdad porque sin el gasto público creciente los soldados de Cristina carecerían del sustento necesario para combatir, que les provee conseguir un cargo en el Estado.

Nada mejor, por estos días, que leer los columnistas de los medios oficialistas para descubrir la alegría, la felicidad, la mística, la ilusión, las ganas de combatir, el patriotismo que sus notas exhalan, en comparación con la depresión y la mala leche de sus colegas de los medios concentrados, que sólo hablan de la malaria económica, de Boudou y de la inseguridad, como buenos buitres comunicacionales. Aunque parecen estar logrando su pérfido objetivo porque el resto de los argentinos también habla de esas cosas más que de la bella guerra K.

Según Juan Carlos Junio, de Tiempo Argentino, luchar contra los buitres es hacerlo contra la triada del poder que son las corporaciones empresarias, los políticos pro establishment (todos menos los K) y los medios monopólicos. Para él los grandes formadores de precios son los fabricantes de la inflación. A lo que Juan Pablo Feinmann le agrega que la inflación la provocan las empresas internacionales y “el gran poder mediático que fomenta la paranoia”.

La inflación como fenómeno mediático, una perla teórica descubierta por el gran intelectual K. Lo único inexplicable de todos estos formidables análisis es por qué existiendo similares empresarios y medios en todos los países vecinos y en el mundo en general, la inflación de dos dígitos sólo existe en Argentina, Venezuela y un par de republiquetas africanas bananeras.

Sin embargo, de todos los militantes de la guerra buitrera, el más entusiasta de todos es León Bruschtein, el columnista de Página 12, que acaba de escribir una singular y poética columna llamada, no casualmente, “Bajo fuego” para introducirnos en el clima bélico que el kirchnerismo cree estar viviendo.

Una nota de colección: “Es una lucha a brazo partido, sin respiro, en la que cada contendiente pega donde puede y donde le duela más al otro. Hay un plano material de esa pelea donde están en juego miles de millones de dólares y la vida de millones de personas. Y en otro plano de la misma pelea, el de la política, se pone en juego la soberanía de un país o la hegemonía de estos fondos financieros abusivos. Una pelea que tiene escenarios nacionales y mundiales, de Nueva York a Buenos Aires y hasta la Asamblea de la ONU. El resultado de esta contienda afecta en primer lugar a la Argentina, pero tiene derivaciones muy concretas hacia todo el ordenamiento económico internacional. Un desafío estratégico, una pelea de carácter nacional y probablemente la más importante que encare la Argentina en mucho tiempo”.

Después de estas épicas palabras del periodista K, todo queda definitivamente claro: en esta guerra contra Griesa y los buitres la Argentina busca cambiar todo el orden económico internacional poniéndose a la vanguardia de la lucha contra el imperio.

Ya en su momento Menem se ofreció para lograr la paz en Oriente Medio, ¿por qué los kirchneristas habrían de ser menos?

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