Encontré en la sección A, pág. 5 del diario Los Andes del día 28 de junio del corriente año, el aviso de difusión de un programa denominado Escuela de Invierno que invita a llevar a los chicos al “Club de la UNCuyo”.
Encontré en la sección A, pág. 5 del diario Los Andes del día 28 de junio del corriente año, el aviso de difusión de un programa denominado Escuela de Invierno que invita a llevar a los chicos al “Club de la UNCuyo”.
Luego de más de 50 años de frecuentar diversas instalaciones deportivas de esa Universidad, por razones familiares, académicas y laborales, me sorprendí de no poder reconocer ninguna institución que respondiera a la denominación de “club” de la Universidad, nunca supe dónde se emplaza ni tampoco me enteré de que hubiera sido creado.
Esta sensación de ignorancia generó en mí angustia y decepción. Llamé entonces al número de contacto del mencionado aviso (449-4091) y me respondieron “Dirección de Deportes, buenos días...”; esto me produjo una confusión mayor aunque, a decir verdad, también trajo algo de tranquilidad y a la vez una notable disminución de la frecuencia cardíaca y respiratoria. Me dije: “Todavía sobrevivimos, existimos, somos”.
Sí, el párrafo anterior es una evidente ironía, lo asumo, pero elegí utilizarla para no caer en el uso de vulgaridades o palabras desacomodadas para hacerme entender.
¿Por qué se insiste en denominar “club” a un organismo universitario que fue creado con una misión, objetivos y funciones que difieren notoriamente de los alcances de aquellas nobles y socialmente necesarias instituciones?
Intentaré esbozar algunas respuestas que, según mi criterio, ayudan a comprender esta cuestión que requiere, además, un imprescindible debate.
1. Según un antiguo principio del acto de conocer, cuando una persona no puede nombrar, identificar o categorizar correctamente una cosa (en este caso un organismo universitario), es porque no sabe o no entiende lo que realmente es esa cosa.
Creo que hoy pasa esto con la Dirección de Deportes de la UNCuyo, que no es y nunca fue un club, a sabiendas que la conducción universitaria, el consejo superior, tiene la facultad de decidir que en efecto lo sea. Sinceramente no lo deseo.
2. Es posible también que en las últimas décadas, al no poder convocar y reunir a los estudiantes de manera sistemática y constante para la realización de prácticas físicas y deportivas, el organismo haya perdido entidad e identidad como institución formadora y educativa.
3. La actual Dirección de Deportes fue creada por Res. 863 del Rectorado el 5/12/1940 con la misión de “Fomentar la difusión y el desenvolvimiento de la cultura física entre los estudiantes de la Universidad y sus institutos...”.
Si bien sufrió varios cambios de denominación a lo largo de su historia, lo cual refuerza lo expresado en el punto Nº 1, nunca se modificó el sentido primario que justificaba su creación. ¿Habrá llegado ese momento?
4. Si bien desconozco el estado actual de la discusión, y conjeturando que se ha considerado necesario realizarla, puedo afirmar que pocas veces fueron consultados los profesionales de las actividades físicas en el momento de poner en tensión el sentido profundo de la existencia de un organismo que, utilizando la motricidad como herramienta, colabore para la educación integral y el mejoramiento de la calidad de vida de los estudiantes y d el personal universitario.
Esto ha generado que su misión, funciones y objetivos estuvieran sujetos de manera recurrente a los vaivenes de las políticas de la Universidad y a las concepciones que, acerca de la educación física, el deporte, el juego motor, la recreación, las actividades en la naturaleza, etc. sostuvieran cada uno de los elencos dirigenciales.
Asimismo, y por simple sentido común, debemos aceptar que, por error u omisión, no son ajenas a esta problemática las diferentes gestiones políticas de la misma Dirección de Deportes.
5. Considero que subyace a esta problemática una antigua y persistente concepción academicista de la Universidad, que descree o subestima las reales posibilidades educativas y formativas de las prácticas motrices, colocando en el centro el desarrollo intelectual, cognitivo, teórico de los estudiantes al favorecer y retroalimentar una educación de tipo “macrocefálica”.
Claro está: esto jamás va a aparecer en el discurso público de ningún docente y mucho menos de las autoridades. No queda bien. Yo simplemente invito a que se mire la realidad para que, con hechos concretos y observables, podamos analizarla.
Me pregunto, ¿qué porcentaje de los más de 30.000 alumnos y del personal universitario realiza prácticas físicas respondiendo a los programas que se ofrecen? ¿Se soluciona este problema presentándolo como un “club”?
Finalmente sostengo que es recomendable volver a los principios fundacionales del organismo, adaptándolos al contexto y las demandas de los tiempos que corren. No es una buena idea apartarlo del ámbito de la educación, de la formación, del conocimiento, de lo pedagógico.
Para eso fue creado por una Universidad Nacional, pública y gratuita y por eso existe desde hace más de 75 años en el marco de ese ámbito.
Llamarlo “club” nos aleja totalmente de ello. Quiero a los clubes, conozco muy bien lo que son, participé siempre de la vida de club y de todo su encanto. Es por esta razón, precisamente, que deseo que la Dirección de Deportes de la UNCuyo nunca se transforme en un club y siga perteneciendo orgullosamente a la academia.