11 de diciembre de 2016 - 00:00

¿De dónde habrá sacado todo eso?

En su columna del domingo pasado, Julio Bárbaro dedicó unas líneas críticas al autor de esta nota, quien desde Italia responde a nuestro columnista.

Cuando desde la lejana Italia, donde vivo, leí el artículo del Sr. Julio Bárbaro, publicado en Los Andes el domingo pasado, pensé que era un chiste; luego me enojé, y al final llegué a la conclusión de que era una de las cosas más absurdas y cómicas que he leído en mi vida. Ahí leí que yo defiendo “una nueva concepción de la filosofía la cual imagina al hombre creado al solo servicio de la góndola del mercado”, que pienso en el “hombre como consumidor” que “no debe tener sueños ni dioses”.

El hombre que yo teorizo, termina Bárbaro con patetismo, es un hombre “sólo desnudo con la tarjeta de crédito”, y “los bancos que sostienen a Zanatta nos van a decir en cuántas cuotas uno puede pagar su destino”. Admito: “¿Estará en pedo?”, me pregunté. “¿De dónde habrá sacado todo eso este tipo?” Es inútil contestar a los agravios a mi persona; hace mucho tiempo aprendí a no bajar al nivel de los provocadores; es lo que quieren.

Quien me conoce o ha tenido la paciencia de leerme, comparta más o menos mis ideas, sabe que ese perfil es surreal, esa filosofía no me pertenece, que tengo mis sueños y respeto los dioses de todos, que aludir a los bancos que “me sostienen” es una vulgaridad tan ridícula que merecería la intervención de un juez, un cura o un psiquiatra.

Es muy feo ocupar un espacio público para defenderse a sí mismo. Es que el Sr. Bárbaro me agrede desde que, hace un año, me permití mover unas críticas, respetuosas y argumentadas, al Papa. A partir de ese momento, se dedica a insultarme: escribió que soy nazi, “supuesto pensador”, fanático de los ricos etc. Lo hace en la televisión, en las radios, en los diarios, en las redes sociales, total yo estoy lejos y no puedo defenderme.

Hay cosas cómicas al respecto, muy cómicas: él, que conduce esta campaña de odio contra de mí, piensa actuar como buen cristiano contra un cínico brutal, yo, que nunca en mi vida pensé ofenderlo ni nada. ¿Será cristiano odiarme tanto? Más divertido todavía: mientras me acusa de servir a los bancos y a los ricos, ¡él cobra! ¡Cobra por los artículos dedicados a ofenderme! Ese señor sí que es un vivo: no debate ideas pero cobra atacando las mías. Genial.

Lástima que tanto genio caiga en el ridículo más grosero al ponerme en el mismo plano del presidente de los Estados Unidos y de un Nobel de Literatura. Debería agradecerle la importancia que me reconoce, pero las risas me lo impiden. Los personajes de su artículo somos tres: Trump, Vargas Llosa y Zanatta. Los amigos y la familia no dejan de cargarme.

Además me pone del lado de Trump, a quien detesto y sobre el cual escribí cosas muy claras.

En realidad, para que lo sepa el lector interesado, soy un simple historiador italiano que estudió la historia argentina. Soy hijo de trabajadores, hago una vida normal, no tengo propiedades aparte de mis gatos y de mi auto, cuando termine de pagar las cuotas... ¡quién hubiera dicho que tendría que explicarlo para defenderme! La verdad es que cargo la culpa de ser laico y antifascista: así me definiría al no tener identidad ideológica definida; soy un convencido sostenedor de la democracia representativa y de la economía de mercado, igual que millones de personas, porque estudiando la historia me convencí de que son la mejor vía para asegurar las libertades individuales y combatir la pobreza. Después, claro, hay democracia y democracia, mercado y mercado, pero esto sería un matiz excesivo para el Sr. Bárbaro.

Me interesa sacar de este episodio algunas enseñanzas. No creo que el Sr. Bárbaro sea tan estúpido como harían pensar tamañas groserías. La suya es una técnica conocida, típica de regímenes y de mentalidades totalitarias; “Una mentira repetida -decía Goebbels- se transformará en realidad”. A él no le importa sembrar odio en mi contra manipulando la verdad, menos aún le importa que un fanático pueda traducir tanto odio en violencia.

Su prioridad es caricaturizar mi pensamiento, banalizarlo para descalificarme, crear el enemigo a su medida para golpearlo, hacer que el lector desprevenido piense: “Mirá que bruto ese Zanatta”. Saldrán así descalificadas mis ideas, que él no comparte ni sabe debatir. Es la cosa más antigua del mundo; en inglés se llama character assasination, en Cuba, actos de repudio, en Italia llegamos primeros: se llamaba squadrismo fascista. No sé cómo se dirá en castellano.

Las personas que tenemos cierta visibilidad pública, y el Sr. Bárbaro la tiene mucho más que yo, deberíamos aprender a ser tolerantes y respetuosos, demostrar ante la opinión pública que se puede disentir sin perder la urbanidad, sin faltarle el respeto de nadie. Entiendo que el narcisismo de unos y la pasión de otros lleven a excesos, pero hay límites que no deberíamos superar nunca, por respeto a nosotros mismos y a quienes nos escuchan o leen. Lo que me cuesta perdonarle a Bárbaro no son los agravios sino esa falta de responsabilidad cívica que hace daño a todos.

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