La crisis de esta semana, basada en la desconfianza que generaron algunos operadores, al poner en duda la capacidad de Argentina de hacer frente a sus vencimientos en 2019 deja muchas conclusiones acerca de la necesidad de hacer cosas que se postergaron, pero también que se le comunique a la población con total claridad la profundidad del problema.
La demanda de dólares se produjo por dos razones. Por un lado, la ausencia de vendedores, ya que en la incertidumbre nadie quiere vender un activo que parece escaso y cuyo precio no parece tener techo. Ante esta situación, aparece la segunda causa: el exceso de circulante que es muy superior al que la economía podría proporcionar. Es decir, se han fabricado más pesos que bienes.
Es indudable que hay una situación internacional desfavorable porque el crecimiento de la economía de EEUU hace crecer al dólar en el mundo y produce la devaluación del resto de las monedas, proceso que se agudiza en los mercados emergentes. Entre estos, le pega más fuerte a los mercados más débiles, que tiene mercados de capitales muy pobres, y en el podio aparecen Argentina y Turquía.
El tema principal es entender las razones de la debilidad argentina y cuál es la visión de los inversores. Argentina es un gastador serial, y cuando decimos gastador no decimos inversor, sino que se gasta en cosas que no agregan valor y se financian con presión tributaria o con endeudamiento.
Producto de este desmanejo tenemos un gasto público inmenso, que tiene un gasto social que representa 60 por ciento del presupuesto nacional.
Así todo, tenemos un 30% de la población en situación de pobreza estructural, la cual es producto de más de 40 años de reventar la plata en cosas innecesarias y no haber invertido en infraestructura básica.
No es posible, con el volumen de gasto destinado a combatir la pobreza que los pobres se hayan multiplicado, y esto es porque en los últimos años los únicos beneficiados por esas asignaciones fueron los integrantes de la burocracia de la pobreza.
Era tal el negocio que hasta se privatizó, y hoy hay asignaciones sociales que no la cobran los pobres, sino una burocracia privada formada por líderes de organizaciones sociales y piqueteras que reciben la plata y reparten según su criterio clientelar. Los pobres siempre esclavos de los funcionarios o de los líderes que les dicen que los van a salvar.
El punto final
La semana dejó definiciones del tipo “los argentinos me tienen harto”, y todos decidieron retirar sus inversiones, mientras los mismos ahorristas comunes compraban dólares por su home banking, pero dejando los depósitos en el banco con el que operan.
La desconfianza llegó a su punto final el miércoles cuando el presidente Macri fue inducido por su equipo político a anunciar una ampliación del acuerdo del FMI que no estaba acordada ni aprobada, sino sólo conversada.
Estas faltas de tino de una parte de los funcionarios en los que Presidente confía lo llevaron a un desgaste innecesario, sobre todo cuando en la tarde se conoció el comunicado oficial del FMI indicando que estudiarían el tema de anticipar los fondos. Pero más tarde se supo que pondría como condición acelerar la salida del déficit.
Esto es un mensaje similar al del mercado, pero más sutil aunque mucho más duro. Porque el mensaje del organismo es que podría disposición esa plata si hay ajuste en serio, este año y el próximo. Si bien no lo dicen, ni un déficit de 1,3 por ciento sería aceptable, y ésta es la razón de la bronca de un mercado donde el dólar parecía no tener techo como expresión de haberle perdido la confianza al equipo económico del gobierno.
Esto obliga a acelerar el tratamiento del Presupuesto 2019, donde los gobernadores peronistas están dispuestos a poner las mayores trabas porque no están dispuestos a hacer ningún ajuste ya que tienen una gran cantidad de “clientes” políticos que atender y a los que no quieren descuidar en vistas al próximo año electoral. Y es un problema, porque los inversores y el FMI quieren saber si la dirigencia es seria y, claramente, no lo es.
Ya no alcanzaría ni con la plata del Fondo, porque sólo cubre hasta 2019 y Argentina tiene bonos que vencen hasta 2030, por lo que los inversores quieren saber el nivel de compromiso de la clase política para construir un país serio y confiable en el largo plazo.
Por eso, el Presupuesto 2019 pasa a ser un elemento fundamental para tratar de recuperar de a poco la confianza de los inversores, pero será sobre la base de un acuerdo político que permita fijar metas mucho más duras que las previstas originalmente.
El termómetro del dólar
El precio de la moneda norteamericana se fijará, definitivamente, por oferta y demanda y ésa ha sido una exigencia del FMI, ya que no quieren financiar fugas de capitales. Dada la turbulencia de los mercados, es posible que sigamos viendo escenas de corridas, que son aprovechadas por los especuladores profesionales.
En principio, se necesita saber el texto del nuevo acuerdo con el FMI y las nuevas metas que el gobierno deberá cumplir. Segundo, hay que traducirlas en metas presupuestarias. Además, el gobierno sólo deberá usar los dólares para cancelar obligaciones y debe dejar al dólar solo.
En las cotizaciones, que suelen asustar a algunos hay que definir dos tipos de escenarios:
1. Un escenario de pánico, donde el precio puede ser cualquiera, pero no es sostenible en el tiempo porque no existen tanto pesos como para que se mantenga en el tiempo, aunque es posible encontrar alguna cotización loca, típica del pánico.
2. Otro escenario, más racional, indica que un valor de equilibrio, si se cambiara todo el stock de pesos del mercado por dólares, alcanzaría a un precio de $ 38 ó $ 40, pero desaparecerían los pesos, y eso no puede durar porque los salarios, los impuestos y servicios no se pueden pagar con dólares.
No obstante, el segundo semestre suele ser de menor ingreso de divisas, aunque los actuales valores del tipo de cambio animen de a poco a mayores exportaciones, menores impuestos y mayores ingresos por turismo. Hacia fin de año, con la nueva cosecha de granos, el mercado se estabilizará.
Por ahora hay que tener paciencia y no tomar decisiones alocadas. Mientras, la clase política debe asumir un desafío histórico como es el de producir una profunda baja del gasto público. Pero no se puede bajar el gasto sin desarmar estructuras burocráticas, porque sería dejar vivo el germen para un renacer del gasto en cuanto la situación tienda a mejorar.
No hay más tiempo de excusas. Hay que ser serios e ir al hueso si queremos salvar al país. No se puede seguir despilfarrando y en esto también debe haber un acuerdo político de largo plazo, porque el Estado requiere cambios no sólo cuantitativos, sino cualitativos para ser más eficiente y más productivo.
No hay que olvidar que está pendiente una profunda reforma impositiva para bajar las cargas que impiden el funcionamiento de la economía. Sí, hay que bajar gastos porque es necesario, en forma urgente, comenzar a bajar impuestos mejorando las prestaciones del estado. Eso es ir al hueso.