El advenimiento del orden constitucional en Argentina porta un rostro difuso, casi neutro, en el cambalache histórico que nos caracteriza. Su punto de partida se halla en las luchas de la Generación del 37 y comenzó a concretarse con la caída de Rosas el 3 de febrero de 1852, cuando tras años de espera, la dicotomía presente en Facundo finalmente cristalizó en Caseros.
Todo dependía de aquella batalla. El puñado de provincias, que por entonces éramos, observó expectante. Entre barro e inclemencias, junto a Urquiza, marchó un país abierto al mundo y al progreso. Mientras, "el restaurador" aguardaba en la comodidad del atraso.
Aunque el entrerriano comandaba una facción, pertenecía en realidad a ambas. Fue una especie de "hombre bisagra" -como lo define César García Belsunce- que manifestó civilización esgrimiendo códigos de barbarie. Así, a diferencia de otros caudillos, se preocupó por educar y mejorar las condiciones de vida de su pueblo. Mientras, guiado por su mitad bárbara, chocó pronto con hombres como Sarmiento, Mitre y Alsina, reimplementando políticas rosistas. Sólo Alberdi lo siguió, distanciándose de sus paralelos generacionales.
La Constitución de 1853 fue sin duda su mayor legado, haciéndolo merecedor de muchas páginas en la historia nacional, aunque su presencia sea ínfima en nuestro colectivo imaginario. Urquiza -señaló alguna vez Beatriz Bosch- encabezó una verdadera revolución porque modificó nuestro orden institucional y las revoluciones implican siempre algún cambio estructural.
Para muchos esto no significó demasiado y prefieren asignarle el puesto de traidor a las banderas federales colocando a un partido por encima de una Nación, la nuestra. Así la idea de ultimar a Urquiza existió con mucha anterioridad a la fecha en que se concretó. Quien mejor lo expresó fue José Hernández -autor del Martín Fierro- en su Vida del Chacho de 1863: "La sangre de Peñaloza clama venganza, y la venganza será cumplida, sangrienta, como el hecho que la provoca, reparadora como lo exige la moral, la justicia y la humanidad ultrajada con ese cruento asesinato. La historia de los crímenes no está completa. El general Urquiza vive aún, y el general Urquiza tiene también que pagar su tributo de sangre a la ferocidad unitaria; tiene también que caer bajo el puñal de los asesinos unitarios como todos los próceres del partido federal. Tiemble ya el general Urquiza; que el puñal de los asesinos se prepara para descargarlo sobre su cuello. Allí, en San José, en medio de los halagos de su familia, su sangre ha de enrojecer los salones tan frecuentados por el partido unitario".
Este lamentable pedido es considerado por algunos historiadores como una inocente "profecía", un pálpito candoroso y no como lo que en realidad fue: una incitación al crimen. Increíblemente dejan de lado incluso que, tras el asesinato de Urquiza, ¡José Hernández se unió a las filas de su verdugo! Hecho que llevó al presidente Sarmiento a pedir su cabeza.
Defraudar a una facción cuesta caro en un país como el nuestro con incapacidad para percibir prioridades. Justo José de Urquiza yace como símbolo de esa falencia tan argentina. Lo hace en un mausoleo que Entre Ríos levantó para consagrarlo. Allí, la frialdad del mármol custodia sus restos y los secretos que supo guardar.