Como pequeño productor agropecuario, dedicado al rubro vitivinícola, no estoy exento de las consecuencias que se vienen anunciando en las numerosas notas aparecidas, sobre la triste realidad y profunda crisis por la que atraviesa esta actividad, con posibilidades ciertas de extenderse la próxima temporada.
Lo cierto es que si los ingresos son inferiores a los egresos, tarde o temprano cualquier iniciativa en esa situación fracasa, y el emprendedor se funde.
Lo grave es que esta reiterada crisis se venía anunciando hace tiempo ya, y no se tomaron las medidas necesarias para afrontarla.
Las bodegas están llenas de vino que no se puede vender en el mercado interno por falta de poder adquisitivo de la población y políticas de marketing equivocadas.
Ni exportar porque nuestros costos son demasiado altos respecto a la competencia internacional.
Ni que hablar de los costos de producción, que aumentan a la par de la inflación o más.
¿Y los precios de la uva ?, iguales o inferiores que hace dos años atrás... con pagos en seis meses o más.
Seguimos con medidas coyunturales, mientras la realidad de la actividad pasa por otro lado.
El productor siempre es el fusible que salta primero; somos algo así como “productores descartables”.
La industria se concentra cada vez más en menos actores que a su vez disponen de materia prima muy barata y financiada, ¿por qué deberían cambiar?
Lamentablemente, esta situación se repite en la mayoría de los rubros agropecuarios regionales.
En éstas condiciones y con estas reglas de juego el productor está en vías de extinción; sobran hoy muchas hectáreas plantadas .
En síntesis, si no cambiamos a conciencia la matriz productiva de la Provincia, con reglas claras a largo plazo, estamos de nuevo frente a una historia ya conocida y con muerte anunciada.
No prolonguemos esta agonía.