Ayer salió en nuestra edición de Los Andes una nota preciosa sobre Agustín Villegas y su fascinación por San Martín. El título es “Ni Superman ni Batman: el ídolo de Agustín es San Martín”. Más allá de la ternura que provoca leer sobre lo que piensa y le interesa a este chiquito de 6 años, la nota invita a pensar. ¿Por qué es noticia que un nene mendocino admire a San Martín? ¿No debería ser noticia lo contrario: que ningún niño mendocino admira a San Martín?
Los modelos, quiénes nos representan, a qué aspiramos, lo que nos gustaría ser, cuánto nos influye dónde vivimos, lo que nos define como habitantes de este territorio y no de otro... En síntesis: quiénes somos y quiénes nos proponemos ser; nuestra identidad cultural, sobre qué está asentada, son algunas de las cuestiones que surgen como posibles planteos a partir de esta noticia que no debería ser noticia.
Y no vale el argumento de: “a los chicos no les interesa”. Para refutarlo está Agustín, porque los niños están ávidos de que les cuenten -como todos- sobre estas cuestiones que nos definen (¿qué es el sujeto sino sus circunstancias?). Entonces: ¿por qué Agustín y su amor por el prócer fueron noticia? ¿No será que los que deberíamos contagiar a nuestros chicos de nuestra identidad única no estamos ocupados en hacerlo? ¿No será que los adultos huimos de ella para refugiarnos en esa otra global que se nos ofrece a donde vayamos o miremos? ¿Y el Estado, cómo interpela e interesa a sus ciudadanos respecto de la identidad común?
Agustín “se hizo fan” de San Martín a través de una pantalla: el “lugar” por donde las nuevas generaciones (y todos) miran pasar el mundo, encuentran sus intereses, se sienten interpelados y proyectan su deseo. Y esa pantalla que encontró este niño es una estatal, que supo cómo crear el código preciso para que él la “hiciera suya”.
Arte, memoria y educación es una tríada indisoluble para dar una respuesta colectiva sobre la identidad, la libertad y el deseo. De eso va la noticia de Agustín Villegas: de esa articulación exitosa entre estos tres pilares que llegó a buen puerto: el corazón del niño. ¿Cómo es que no funciona para la gran mayoría de nosotros?
Tenemos arte, en abundancia, tanta que no podemos conocerla en su totalidad. Tenemos historia, compleja, dolorosa y luminosa. Tenemos la educación que nos proveen en casa y las escuelas. Pero…: ¿tenemos identidad, tenemos libertad? Quizás nos está faltando más de eso que Agustín encontró en Paka Paka y su maestra: la articulación eficaz, pertinente, distribuida por el canal adecuado, entre lo que el arte puede despertar desde la experiencia perceptiva, lo que la memoria puede construir como relato colectivo fundacional desde el que ser quienes somos, y las capacidades que la educación puede despertarnos para captar todo lo anterior.
“Estaría bueno pensarse a sí mismo sabiendo que todo aquello que pensamos puede ser de otra manera -reflexiona el filósofo Darío Sztajnszrajber-. Yo creo que la libertad no es un lugar de llegada sino una acción permanente; uno está todo el tiempo liberándose.
Esa es la sociedad que yo imagino más libre”. Tal vez por eso la gesta sanmartiniana hoy también nos interpela y nos obliga la pregunta: ¿cuán libres somos? Arte, memoria y educación es una tríada que puede, como en el caso de Agustín, guiarnos hacia alguna certeza.