Hay vientos importantes en La Argentina. Está la sudestada tan temida en Buenos Aires, está el chorrillero en San Luis que suele ser frío como novia enculada, está el pampero en la provincia de Buenos Aires derivaciones de los vientos Alicios que vienen del país de las maravillas.
En Mendoza tenemos el zonda viento violento y patotero que es húmedo y fresquito cuando sube la cordillera del lado chileno y de repente se transforma en seco y cálido al llegar a este lado.
Son vientos muy bravos, pero muy bravos que bien pueden arruinar mucho de lo que encuentran a su paso.
Pues apareció un nuevo viento el domingo, llamado por los ventólogos especialistas viento electoral. Abarcó todo el país, salvo en Cordoba y la Ciudad de Buenos Aires donde amainó un poco. En el resto del país arrasó, se metió en los cuartos oscuros y fue juntando boletas de tal forma que llegó a formarse una montaña de ellas en un rincón de la sala, más exactamente del lado de afuera, adonde estaban las urnas.
Fue una sorpresa para todos inclusive para los que habían sido favorecidos por las ráfagas votativas. Todos dijeron ¡Ohhhh! Cuando se enteraron de los resultados. Porque ellos esperaban un vientito, un Eolo más o menos controlado, pero la realidad hizo volar todos los papeles.
Cuando comenzaron a aparecer los datos en la televisión todos se miraban sin entender lo que estaba ocurriendo, más desconcertados que Messi jugando al Hockey. ¿Están seguro de lo que nos están informando? ¿No será la elección en otro país? ¿Será una joda de la Junta Electoral?
No se entendía. Y vinieron las reacciones. Por un lado saltaban como si tuvieran una cama elástica bajo sus pies. Daban salto que les hacía golpear la cabeza contra el techo, porque los números que se difundían no tenían que ver ni siquiera con los más esperanzados.
En el Frente para todos la euforia no encontraba caminos de contención, se desbordaba como el mismo viento que la había provocado. Brazos en altos, gritos, abrazos, revolcones por el suelo, tocaditas de poto, todo valía para festejar lo que había sido un palizón.
Un tifón decían algunos, un ciclón, decían otros, un huracán acotaban los más extremos. Lo cierto es que había sido un viento descomunal, porque barrió con todas las comunas.
Los de Todos por el cambio se miraban sin entender lo que estaba pasando, ellos esperaban una derrota por algunos puntitos, algunos míseros puntitos que le permitieran encarar las secundarias con algunas posibilidades, pero nunca un aluvión de tal naturaleza.
Las compañías encuestadoras también entraron en estado de desesperación. Porque no había ninguna que hubiese previsto tal estado de situación. Pero si hicimos todo bien, se decían y acercaban con una pierna el tarrito porque se dieron cuenta de que habían orinado lejos del tarro.
Los mercados sufrieron un súbito ataque de pánico y todo se fue al carajo, que las tasas, que el dólar, que el riesgo país. Terminamos con un país el sábado y el lunes nos encontramos con un país desorientado que no sabía hacia donde agarrar.
Si hasta las palabras del presidente, después del viento magno, aparecieron como desconcertadas y desconcertantes. Como si no se hubiese dado cuenta de que había soplado un viento y que el primero que había volado había sido él.