1 de marzo de 2018 - 00:00

Un espectáculo de altísima calidad - Por Daniel Arias Fuenzalida

Poco antes de que comenzara la fiesta, los Biciswing habían llenado la atmósfera de sonidos amenos, pero también bailables: arreglos con swing, como una versión movida de la marcha vendimial. Ideal para ambientarse en una noche que prometía todo. Y con estricta puntualidad se encendieron las luces del gran escenario, donde la Orquesta Filarmónica de Mendoza ofició de la plataforma musical que daría continuidad y forma al rito anual. Como es costumbre, en su participación de este año también quedaría manifiesta su precisión y su gran versatilidad, comandada por la expresiva  (y también multifacética) batuta de Gustavo Fontana.

Porque los espectáculos donde una orquesta se adapta a repertorios populares, se sabe, enamoran al público. Y de hecho, desde el micrófono oficial habían estimado minutos antes que la convocatoria había llegado a las diez mil personas.

Y fue pletórica la apertura, con los acordes llenos y contundentes de la obertura de “Orfeo en los infiernos” de Jacques Offenbach, que nos paseó por sus diferentes climas: desde la fanfarria a la ensoñación bucólica, con el galop final (el celebérrimo can can) que nos habla desde siempre de una felicidad mediada por el vino. El violín solista fue Pablo Saraví (quien no es mendocino, como se informó desde la conducción, sino que nació en Paraná e inició su carrera aquí). El brindis, con un video estruendoso de copas chocando, había comenzado, con aplauso caluroso.

Pero los clásicos apenas comenzaban, porque Fontana se bajó del escenario para darle el puesto a Arturo Diemecke, director de la Filarmónica de Buenos Aires, quien con la orquesta y Saraví interpretaron los movimientos más conocidos de la “Primavera” y el “Verano” de Vivaldi, con un dispositivo visual atento al concepto de una naturaleza en movimiento y floreciente al resguardo de luces cálidas.

Ini Ceverino llegó con Franco Navarro, Raúl Reynoso y Sergio Martínez, en guitarras, y Ricardo Vaccari en la percusión. Todos interpretaron, bajo los delicados arreglos de Polo Martí, una selección de cuecas, gatos y tonadas, ese “diamante” de nuestra tierra que hay que pulir cada día y no dejar dormido. En este momento, con rasgueos de guitarra y una voz aguda y muy tersa, interpretó emocionada “En mi pensamiento” (recopilada por Félix Dardo Palorma), “Para Palorma”, de Jorge Marziali (a su memoria, y a la de Liliana Bodoc, estuvo dedicada la  Fiesta) y el “Gatito de los temblores”, de Raúl Mercado y Víctor Hugo Cortez.

Al cierre de esta edición, Elena Roger y Escalandrum ya habían subido al escenario: sonó, con vehementes sonidos, su enfoque jazzero de otra primavera famosa: la “Primavera porteña” de Astor Piazzolla. Quedaba mucho todavía, y la noche ya multitudinaria, junto con la misma música y la propia vid, había florecido también.

LAS MAS LEIDAS