El peronismo republicano que quiso renovarse a la luz del nuevo espíritu democrático de la Argentina de los 80 fue el intento de defender las banderas de esa tradición política criticando sus propios excesos autoritarios cometidos del 46 al 55 y diferenciándose de los que querían continuar el peronismo previo a marzo de 1976 sin autocrítica alguna por su responsabilidad en la violencia política que inundó al país desde mucho antes del golpe genocida. Ese nuevo peronismo pretendía reconciliar sus mejores ideas con la tradición del liberalismo político.
El kirchnerismo, a pesar de adoptar un progresismo maniqueo de manual, vino a negar rotundamente ese modo republicano de entender el peronismo, incluso aún más que al propio menemismo, con el cual, salvo en lo ideológico, se parecía en casi todo. Así, más que las banderas de justicia, movilidad e integración sociales del primer peronismo, lo que rescató como positivo fue su autoritarismo, en particular el culto a la personalidad y el odio a la prensa independiente. Y con respecto al peronismo de los 70 hizo algo aún peor, se declaró heredero de una de las facciones violentas de aquellos años. Y en vez de acercar las ideas peronistas a sus adversarios, transformó a éstos en enemigos para tener a quien echarle la culpa de sus propios errores. La intolerancia pasó a ser virtud.
Así, menemismo y kirchnerismo, con su amplia hegemonía temporal (más de 20 años entre ambos), sepultaron la incipiente republicanización del peronismo hasta transformar esa renovación en casi un oxímoron (traducido como “complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto”).
Y lo ocurrido en estos dos años en que el PJ volvió a perder en las urnas, confirma la imposibilidad de poder salir del peronismo faccioso y beligerante, ya que, tenga mayor o menor poder político, el kirchnerismo sigue siendo quien hegemoniza al peronismo con su versión intolerante de la historia, tanto como para hacer pensar a muchas personas razonables que el peronismo nunca fue mucho más que eso. Y que lo seguirá siendo.
Así como el peronismo de los 80 intentó comprender la novedad del radicalismo alfonsinista aunque más no fuera para superarlo y vencerlo, el peronismo K sólo ve en el macrismo una restauración de pasados macabros, y esa ha sido la principal oposición al nuevo gobierno, impidiendo construir cualquier conato de racionalidad. Volviendo incluso irracionales a los supuestos racionales. Así, resultó patético ver al “renovador” Felipe
Solá y a varios massistas más gritar eufóricos y felices que el día de los desmanes en el Congreso fue “un día peronista”. Venga de donde venga, no se puede festejar como un triunfo la violencia en el debate político.
Es que mientras los peronistas que apuestan a la sensatez están muertos de susto por tantos años de sumisión, el kirchnerismo desde el primer día del macrismo viene intentando seguir predominando ideológicamente, y por ahora parece estar lográndolo. Veamos.
El primer intento fue el de la menemización del macrismo. Se pensaba que los nuevos inquilinos de La Rosada iban a privatizar o reprivatizar todo, que iban a anular todos los planes sociales y que venderían el Estado al mejor postor.
Como nada de eso ocurrió, la nueva directiva fue la de la gorilización del macrismo. Vale decir, al comenzar los primeros juicios por corrupción, en vez de defenderse de los cargos, los acusados comenzaron a decir que volvían al gobierno los gorilas del 55. Incluso se reemplazó Puerta de Hierro por los exóticos parajes hoteleros de Santa Cruz, donde una émula de Perón se preparaba a devenir la nueva resistente, dictando desde allí las instrucciones para la lucha contra la nueva dictadura de los nuevos Rojas y Aramburu.
Pero luego ocurrió el trágico caso de Santiago Maldonado y entonces surgió la videlización del macrismo. Ya ni siquiera eran la Libertadora, sino que ahora pasaban a ser la dictadura genocida. Toda una estrategia claramente armada por ideólogos del kirchnerismo decidió que el nuevo gobierno comenzaba a “producir” ex profeso desaparecidos, o sea ocultar y matar gente por razones políticas, y usaron para eso la desgracia del pobre muchacho ahogado. Transformaron el tema en el principal motivo de la campaña electoral. Pero como era de prever, al tiempo la realidad demostró el engaño.
Entonces, sin decirlo, se olvidaron de Maldonado y pasaron a la siguiente etapa, la delarruización del macrismo, que tuvo su máxima expresión esta semana en el Congreso y alrededores. El objetivo es recrear las condiciones de ingobernabilidad de diciembre de 2001 aprovechando los errores del gobierno nacional.
Y los intentos seguirán. Es que el Coyote, a pesar de que todas sus trampas fracasan, jamás se rinde. Está en su naturaleza. Pero lo cierto es que de tanto querer ver en Macri lo que éste no es, así nunca podrán entender lo que Macri realmente es, incluso para vencerlo o superarlo. Y entonces continuarán permitiéndole al gobierno seguir ganando sin ni siquiera necesidad de mostrar lo mejor de sí mismo, bastará con que los otros sigan mostrándose como lo peor. El ciego odio opositor de un peronismo que celebra cual feliz “día peronista” al estallido de la violencia, le está impidiendo reconstruirse como opción alternativa de gobierno.