11 de agosto de 2019 - 00:00

Un día muy especial - Por Jorge Sosa

Llega y se da cuenta de que el horario elegido, en el que pensó que habría pocos votantes, también ha sido elegido por otras 30 personas.

Uno sabe que tiene que ir, pero el cuerpo se le resiste, no quiere; reconoce que es un deber cívico, además de un derecho, y que si no va puede tener problemas con los trámites futuros.

Elige una hora. Seguramente lo hace pensando que a esa hora, la elegida, habrá muy pocos votantes en la mesa que le toque y el trámite será relativamente rápido.

Entonces se arma de coraje y encara. Va hacia la escuela que le ha sido asignada con algo de pesadez en los pasos, caminando y pensando, y más si no está decidido.

Porque puede que ya haya sido convencido por las campañas que han realizado los partidos políticos y tenga uno en su preferencia: un frente, un nombre, una cara.

El problema es cuando no está decidido, le faltan dos cuadras para llegar a la escuela y todavía no sabe qué va a hacer. Es un desconcertado que anda, una incógnita en sí mismo que discurre para adentro las posibilidades.

Muchos distraídos que no han tenido la precaución de consultar dónde votan, van hacia la escuela que le tocó en la última elección y pueden equivocarse, pueden que al llegar a la escuela que ellos creen es la que les corresponde, se den cuenta que lo han cambiado de escuela y tiene que patear otras diez cuadras que no estaban previstas en sus cálculos. Un garrón.

Pero llega, llega y se da cuenta de que el horario elegido, en el que él pensó que habría pocos votantes en la mesa asignada también ha sido elegido por otras treinta personas que marcan el lugar del sufragicidio como una hilachita de seres humanos que se desprenden de la urna.

Entonces espera, no le queda otra más que esperar. Sigue practicando un soliloquio político o se entretiene viendo güevadeces en su celular. Espera, espera y cuenta cómo va siendo su colocación en la fila humana que lo antecede.

Hasta que por fin le toca. Siente un ligero cosquilleo en la piel porque sabe que en ese momento él es el protagonista, y todo lo que haga será mirado por los treinta que esperan en la misma mesa.

Saluda colectivamente al presidente de mesa y los fiscales, recibe el sobre estipulado y se mete adentro del aula.

Entonces se encuentra con una escenografía algo contrastante. Porque las paredes están superpobladas por trabajos manuales que han hecho los alumnos que hablan de operaciones matemáticas, sucesos de la naturaleza, alegorías patrias y simples intenciones de embellecimiento del lugar; en cambio sobre los bancos están ellos, los que son el motivo de que él esté allí. Rostros imperturbables impresos en las boletas, generalmente sonrientes, que se encargan de la última gestión de convencimiento.

Está en el cuarto oscuro pero le parece una paradoja que el cuarto oscuro esté tan lleno de luces y de sombras.

Se apura, no sé por qué tiene la tendencia a apurarse. Tiene miedo que le golpeen la puerta por su demora y entonces debe actuar rápidamente.

Busca la boleta por la que se ha decidido y no le resulta fácil, porque hay decenas de boletas ofreciéndose y tiene que fijarse bien hasta encontrar la deseada.

La dobla rápidamente, siempre el apuro lo acompaña, la dobla convenientemente (a veces la dobla tan mal que no entra en el sobre) y sella la solapa del sobre con saliva de su propia cosecha.

Sale, recibe su documento y su constancia, y emprende el camino de regreso a casa. Pero ya es otra persona, ahora no tiene indecisión encima, ahora tiene arrepentimiento.

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