Ni una revolución ni un súbito capítulo turco de la Primavera republicana que conmueve al vecindario árabe desde hace más de dos años. Hay sí algo que tienen en común aquel proceso y esta convulsión en la patria de Ataturk y es la participación. Frente al asombro del poder, la gente toma la calle y ejerce su derecho a negarse. No es el “Sí” sino el “No”, el término mágico de estos tiempos.
El complicado proceso ciudadano que ha desafiado como nunca antes al gobierno del primer ministro Recep Tayyip Erdogan en Turquía estalla por el rechazo popular a la construcción de un centro comercial y una mezquita en la plaza Taksim de Estambul.
Ese parque es uno de los pocos espacios verdes que aún se preservan en esa ciudad turística y un sitio simbólico para las luchas obreras que ha sido testigo de sangrientas represiones durante las dictaduras militares que hasta hace muy poco asolaron a ese país.
Pero eso es apenas el detonador, la cáscara de lo que late por dentro. Y ese significado oculto es el que explicaría el impresionante saldo que ha tenido hasta ahora esta protesta con más de 3.300 detenidos, una cantidad parecida de heridos con 26 muy graves y al menos dos muertos.
El movimiento de Taksim se extendió en instantes a 67 ciudades del enorme territorio turco, con un centenar de tomas similares de paseos públicos y choques con la policía.
El esfuerzo del gobierno por sofocarlo fue directamente proporcional a su imposibilidad de oscurecerlo, pese al control que ejerce sobre la prensa obligada a una asfixiante autocensura, con 49 periodistas presos y una persecución feudal sobre las redes sociales.
Quienes desde nuestras orillas le quitan valor a ese suceso porque se trata de algo distante, ajeno y confuso, acertarían pero sólo con la geografía.
Erdogan llegó al poder en 2002 con el trasfondo de un país arrasado por la crisis económica y la inestabilidad política heredada de los regímenes militares.
Renuente a la autocrítica hasta la soberbia, este político avasallante que ignora de modo tajante a sus adversarios político, caracteriza sin tapujos como su “década ganada” la que acaba de concluir, en la que logró crecimientos constantes de la economía en torno al 8% con lo que pudo hasta triplicar el ingreso per cápita.
En ese camino convirtió a su partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), una formación islámica originalmente moderada, en una máquina de ganar elecciones con el 47 y 50% de los votos en 2007 y 2011 respectivamente. Esa aplanadora dejó en la banquina, desflecada, a la oposición sin alternativas para recortarle esa enorme autonomía.
Hasta la crisis mundial de 2008 que demolió a Europa, Turquía había intentado por mil formas ingresar al mercado común.
Pero Bruselas había alzado, en contradicción a los deseos de Washington, una enorme pared a ese deseo, demandando a Ankara peajes múltiples, entre ellos la modificación del primitivo código penal, el reconocimiento del genocidio que el imperio Otomano había causado al pueblo armenio, y el respeto a las separación de la religión del Estado. Erdogan hizo toda la letra posible en ese esfuerzo, pero después del 2008 el puerto europeo dejó de ser tentador.
El país asiático, por el contrario, se había convertido en una potencia en la región, con control absoluto sobre la petrolera Azerbaiján -de donde nace el oleoducto más grande del mundo que concluye justamente en un puerto turco- y una alianza carnal con Estados Unidos.
En la cresta de la ola de ese suceso, la economía turca comenzó a concentrarse y a caballo del impacto de la crisis global se fue recortando el costo laboral.
La desocupación hacia 2010 registraba ya un salto de 16% debido a esa picardía y ese nivel no ha mejorado sensiblemente. La decisión que el gobierno mantiene pese a las protestas, para construir el centro comercial (o el mayor aeropuerto del mundo en la capital), es parte de una entretela que se ve ahora más nítida, sobre el desarrollo de una burguesía voraz que se benefició de las privatizaciones y avanza tanto sobre el sistema estatal de salud como la obra pública.
Si bien Turquía tiene un rating envidiable en los mercados globales, el problema que late por debajo de la superficie es la burbuja de la deuda privada de las empresas y las familias.
No casualmente en los últimos años, Erdogan recordó que Turquía es musulmana y fue cerrando el cepo religioso sobre la población. La religión, y el Islam no ha sido una excepción, cuando se la ejerce desde el Estado es una herramienta de control social.
Fundamentalismo vecinal
En el vecindario, la teocracia iraní o las diferentes coronas medievales que aún quedan en el mundo árabe, hacen gala de esa receta de aumentar la dosis en proporción al incremento del descontento. Últimamente, el gobierno turco disciplinó el maquillaje de las azafatas de su línea comercial, autorizó el velo, limitó la venta de alcohol y hasta colocó anuncios callejeros prohibiendo el beso entre otros gestos de afecto en público. Es una irritante invasión a la intimidad que explica que en la plaza surgieran consignas enfurecidas que ligaban al Islam impuesto desde el Estado con una pura práctica fascista. No es una caracterización errónea de los manifestantes.
Erdogan improbablemente persiga sólo fines de fe con esas iniciativas. En las elecciones de 2011 arrasó pero quedó con una ligera diferencia abajo para imponer una reforma en la Constitución que tiene no más de tres décadas. Con el derecho que, asegura, le da un voto masivo en tres elecciones, el premier quiere cambiar el sistema parlamentario actual por otro más presidencialista.
Lo impulsa una urgencia. En 2015 vence su mandato y no puede renovarlo. Pero si reforma la Constitución tendría la oportunidad de postular para un periodo presidencial y otro subsiguiente. Se quedaría así otra década hasta más allá de 2023.
Para lograrlo necesita consolidar su masa de votantes, confesionales en su gran mayoría. De ahí todos estos gestos. La mezquita que propone construir junto con el centro comercial en la plaza de Estambul donde la gente protesta, es un virtual sello de un acuerdo no escrito con esos votantes y que tiene, ahí también, la resonancia conocida de la perpetuación.