En semanas recientes, dos líderes -Xi Jinping en China y Mohammed bin Salman en Arabia Saudita- han consolidado su poder personal en niveles sin precedentes en la historia reciente de sus países. Y Donald Trump, el presunto líder del mundo libre, los ha halagado a ambos por hacerlo.
A finales de octubre, el Partido Comunista de China añadió lo que llamó "Xi Jinping Thought for the New Era of Socialism With Chinese Special Characteristics" a la constitución.
Una campaña de culto a la personalidad para Xi, que evoca los días de Mao Zedong, está en plena marcha, al igual que la eliminación de sus rivales políticos, disfrazada de ofensivas "anticorrupción".
Unos días después fue el turno de Arabia Saudita, cuando el príncipe heredero Mohammed lanzó una ola de despidos y arrestos de ministros sénior y compañeros de la familia real.
De nuevo, la meta era marginar a los rivales conforme se propone tomar el trono de su anciano padre y rehacer el reino… en el mejor de los casos, como una versión árabe del liberalismo autócrata que practicaba el difunto Sha de Irán (una mejora, para estar seguros, respecto de las condiciones actuales).
Xi y Mohammed no son los únicos. Estamos pasando por otra era de los dictadores: Recep Tayyip Erdogan en Turquía; Abdel-Fattah el-Sissi en Egipto; Rodrigo Duterte en las Filipinas; Viktor Orban en Hungría; Vladimir Putin en Rusia.
Trump no es uno de ellos -el sistema estadounidense no lo permite, como felizmente nos lo recuerdan las elecciones del martes-, aunque encaja con el perfil psicológico y anhela su nivel de control.
También estamos pasando por otra era de la inseguridad democrática. El bajo crecimiento se convirtió en la nueva norma durante gran parte de una década. Peleamos guerras que no sabemos cómo ganar y lamentamos las consecuencias de la acción (Irak) y la falta de ella (Siria) por igual.
Habitamos una cultura que despreciamos y no vemos manera de mejorar. El Congreso está paralizado. Los partidos están rotos. El presidente está vendido.
Momentos como este no son desconocidos históricamente: parecen recurrir aproximadamente cada 40 años. Las décadas de 1930 y 1970 también fueron periodos de resurgencia autocrática y degeneración democrática, cuando el agotamiento de políticas basadas en procesos originó el entusiasmo por la política del carisma, la eficiencia o ambos.
Xi Jinping de China y Mohammed bin Salman de Arabia Saudita no son los únicos. Estamos pasando por otra era de los dictadores: Recep Tayyip Erdogan en Turquía; Abdel-Fattah el-Sissi en Egipto; Rodrigo Duterte en las Filipinas; Viktor Orban en Hungría; Vladimir Putin en Rusia. Trump no es uno de ellos -el sistema estadounidense no lo permite, como felizmente nos lo recuerdan las elecciones del martes-, aunque encaja con el perfil psicológico y anhela su nivel de control.
"He visto el futuro, y funciona", fue el juicio que dio el periodista progresivo Lincoln Steffens acerca de la Unión Soviética. "La noción de libertad", agregó, "es falsa, una resaca de nuestra tiranía occidental".
Pero algo es distinto esta vez. En Franklin Roosevelt y más tarde en Ronald Reagan, Estados Unidos elevó a líderes que defendieron la superioridad de las sociedades abiertas por encima de las cerradas. Ennoblecieron la democracia al darle una noción de destino y propósito moral elevado.
"El optimismo es apropiado", le dijo Reagan al parlamento británico en junio de 1982, y agregó que la "marcha de la libertad y la democracia" dejaría al "marxismo-leninismo en las cenizas de la historia". Reagan habló en un momento en el que el desempleo en Estados Unidos estaba alcanzando el diez por ciento y el interés preferencial superó el 15 por ciento. Pero estaba en lo correcto, y fue profético; su seguridad fue contagiosa.
Comparemos eso con Trump, quien en su visita a Pekín dejó claro lo excitante que le parecen los enormes despliegues de esplendor militar. "Eres un hombre muy especial", le dijo el presidente a Xi, y lo felicitó por su "extraordinario ascenso" a dictador eterno.
Nadie mencionó que se trataba de un hombre cuyo régimen, en años recientes, ha secuestrado a los libreros de Hong Kong, encarcelado al único ganador del premio Nobel de la Paz del país, mantenido a su viuda bajo arresto domiciliario e incautado equipo naval estadounidense en aguas internacionales.
En cuanto a Arabia Saudita, Trump tuiteó su aprobación de la purga diciendo que el príncipe heredero y su padre "saben exactamente lo que están haciendo" y que los detenidos a quienes el régimen estaba "tratando cruelmente" habían estado "¡aprovechándose de su país durante años!"
Los presidentes estadounidenses de ambos partidos, incluyendo a Roosevelt y a Reagan, han sabido desde hace mucho cómo mantener relaciones productivas con regímenes cuyos estándares judiciales y políticos se quedan cortos con respecto de los nuestros. Las administraciones anteriores también han utilizado el silencio diplomático ante los levantamientos nacionales en el extranjero.
Sin embargo, las efusiones retóricas de Trump en nombre de un dictador comunista represor y la mano dura de un político saudí son algo más: una presidencia estadounidense al servicio de valores antiestadounidenses. Los conservadores alguna vez se sintieron enfurecidos cuando Jimmy Carter alabó abundantemente al déspota rumano Nicolae Ceausescu. ¿Qué tienen que decirle al presidente ahora?
La administración de Trump ha propuesto acabar con el financiamiento de la Fundación Nacional para la Democracia, cuyos orígenes se remontan al discurso de 1982 de Reagan. El Consejo de Seguridad Nacional dejó de enfocarse en la democracia y los derechos humanos. Y el Departamento de Estado está considerando eliminar el apoyo a la democracia de su declaración de principios.
Se supone que esto es un asesoramiento de realismo, la lección de la amarga experiencia de la exuberancia democrática del pasado. Pero también huele a la envidia que nuestro dictador paralizado siente por sus modelos a seguir. Y plantea la pregunta de quién defenderá la libertad mientras la Era del Dictador avanza, sin oposición.