Tomás Balmaceda, sobre la Inteligencia Artificial y redes sociales: "Solo vemos lo que un algoritmo determina"

En el marco de las XXIX Jornadas de Investigación, el doctor en Filosofía disertó sobre el impacto de la Inteligencia Artificial en los individuos.

En un contexto atravesado por la digitalización y el avance de la inteligencia artificial, el doctor en Filosofía Tomás Balmaceda advirtió sobre el impacto de estas tecnologías en la vida cotidiana. Como parte de las XXIX Jornadas de Investigación de la UNCuyo, que se realizarán este 8, 9 y 10 de abril, el especialista brindó una conferencia titulada “La inteligencia artificial y el fin del mundo común”, en el Centro de Congresos y Exposiciones de Mendoza.

Balmaceda es además profesor de la Universidad de San Andrés, periodista y cofundador del Grupo GIFT (Inteligencia Artificial, Filosofía y Tecnología). Su trabajo se centra en temas vinculados con la tecnología, la inteligencia artificial, la filosofía de la mente y la psicología del sentido común.

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Desde una perspectiva filosófica y analítica, sostuvo que no se trata solo de herramientas técnicas, sino también de dispositivos que construyen subjetividades y moldean la forma en que las personas piensan, perciben y se relacionan con el mundo.

La erosión del “mundo común”

En diálogo con Los Andes, Balmaceda explicó que uno de los ejes centrales de su exposición es la idea del “fin del mundo común”, un concepto que retoma de la filósofa Hannah Arendt.

“Una de las preocupaciones que estoy teniendo es esta idea del fin del mundo común”, señaló. Y sostuvo: “Es la idea de una especie de mesa: una mesa en la que todos estamos sentados y que, al mismo tiempo, te une y te separa. Es un lugar para que todos puedan conversar, tener voz, hablar de distintas cosas y hacer referencia a las mismas cosas”.

De acuerdo con el doctor en Filosofía, la inteligencia artificial y las redes sociales están erosionando ese espacio compartido en el que las personas pueden debatir, intercambiar ideas y convivir con perspectivas diferentes.

“Creo que lo que sucede con el mundo en el que vivimos, donde estamos muy atravesados por la digitalidad y ahora también por la inteligencia artificial, es que ese mundo común se empezó a erosionar, se empezó a perder”, afirmó. “Creo que lo que sucede con el mundo en el que vivimos, donde estamos muy atravesados por la digitalidad y ahora también por la inteligencia artificial, es que ese mundo común se empezó a erosionar, se empezó a perder”, afirmó.

De las redes cronológicas a los mundos personalizados

Según explicó, uno de los cambios más profundos se produjo en el funcionamiento de las redes sociales. Antes, sostuvo, estas plataformas mostraban los contenidos en orden cronológico y permitían ver lo que publicaban las personas a las que cada usuario seguía. Hoy, en cambio, lo que aparece en pantalla responde cada vez más a la lógica algorítmica creando mundos personalizados.

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“Ahora dejaste de ver aquello que comparten quienes seguís y ves lo que un algoritmo determina por vos”, advirtió.

Esto implica que gran parte de lo que consumen los usuarios está condicionado por algoritmos que priorizan contenidos en función de gustos, intereses e ideologías. Para Balmaceda, ese proceso contribuye a que cada persona habite una especie de realidad digital distinta.

“Esa mesa común, ese mundo compartido, de alguna manera está desapareciendo”, resumió.

Burbujas, cámaras de eco y comunidades fragmentadas

El filósofo también alertó sobre el papel de las redes en la formación de burbujas ideológicas y cámaras de eco, espacios donde circulan sobre todo opiniones similares entre sí que debilitan la posibilidad de encontrarse con perspectivas diferentes.

“La idea tradicional de comunidad -personas que compartían valores comunes, que estaban en un mismo espacio, que tenían preocupaciones similares, aunque quizás soluciones distintas a esos problemas o visiones diferentes- ahora fue reemplazada más bien por células independientes”, explicó.

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En ese sentido, retomó una imagen del historiador Yuval Noah Harari para pensar internet: “Cuando uno habla de web, habla también de una telaraña, de una red. Pero esa red ahora se transformó más bien en un capullo. En lugar de conectarnos como una telaraña, ahora es algo que nos envuelve. Y nos envuelve con aquellos que piensan como yo”.

Una democracia en riesgo

Para Balmaceda, esta fragmentación no representa solo un problema tecnológico o cultural, sino también político. En particular, advirtió sobre sus efectos en la democracia.

“La base de la democracia es que todas las personas puedan tener una opinión, que cada una de esas opiniones cuente”, sostuvo. Sin embargo, remarcó que esa igualdad se ve amenazada cuando los algoritmos median la visibilidad de lo que circula.

“Creo que todo eso está amenazado. Porque finalmente no todas las personas pueden estar hablando de la misma manera. Los mismos algoritmos de recomendación que nos muestran un feed completamente sesgado son también los algoritmos que deciden quién puede hablar y quién no”, señaló.

Si los algoritmos deciden qué vemos, qué circula y qué se vuelve visible, entonces también intervienen en la discusión pública.

La censura algorítmica

Otro de los conceptos que Balmaceda pone en discusión es el de censura algorítmica. Según explicó, hoy no hace falta prohibir de forma explícita un contenido para silenciarlo: basta con que el algoritmo lo vuelva invisible o le quite alcance.

Así, una persona puede publicar un mensaje sin que nadie se lo impida, pero que aun así la plataforma puede hacer que casi nadie lo vea.

A esto se suma, un problema de contexto: muchas plataformas moderan contenidos con criterios globales que no siempre comprenden los usos locales del lenguaje.

Palabras o expresiones que en Argentina pueden ser coloquiales, afectivas o propias de cierta idiosincrasia, en otros contextos pueden ser interpretadas como ofensivas o violentas. Eso puede derivar en errores de moderación y problemas de visibilidad.

“No está garantizada la igualdad de condiciones para que nuestra voz sea escuchada por todas las personas. Esa es una de las consecuencias de este mundo fragmentado”, afirmó. “No está garantizada la igualdad de condiciones para que nuestra voz sea escuchada por todas las personas. Esa es una de las consecuencias de este mundo fragmentado”, afirmó.

Desigualdad digital y exclusión

Balmaceda también remarcó que el acceso a la tecnología no es igual para todos y que, en países como Argentina y en América Latina en general, la discusión sobre innovación y digitalización está atravesada por desigualdades estructurales.

Esto se refleja en problemas como el acceso desigual a internet, la falta de dispositivos, las dificultades para desenvolverse en entornos digitales y la virtualización obligatoria de trámites y servicios.

En esa línea, cuestionó especialmente los procesos en los que la tecnología reemplaza instancias presenciales sin contemplar a quienes quedan afuera.

“Esa digitalización forzada nunca es una buena idea”, advirtió, al señalar que no toda digitalización implica necesariamente un avance, sobre todo cuando excluye a determinados sectores.

La pérdida de ciertas habilidades humanas

Otro de los puntos que atraviesan su mirada es la posibilidad de que el desarrollo tecnológico haga que algunas capacidades humanas se ejerciten menos como la atención sostenida, la lectura profunda, la capacidad de discutir ideas complejas y el pensamiento atento y crítico.

No se trata de pensar que las nuevas generaciones son “peores”, sino de advertir que crecieron en entornos tecnológicos que moldean de otra manera sus formas de atención, lectura y vínculo con el conocimiento.

Usar la tecnología de forma crítica

Lejos de una postura anti-tecnológica, Balmaceda aclaró que no propone rechazar las herramientas digitales, sino aprender a usarlas de manera crítica y consciente.

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“Me parece que lo que se necesita es, primero, una pedagogía clara para todas las personas acerca de qué significa realmente la tecnología y cómo la estamos utilizando”, sostuvo.

En ese sentido, uno de sus planteos más concretos es la necesidad de desarrollar una pedagogía de la tecnología: enseñar cómo operan los algoritmos, cómo condicionan lo que vemos, cómo distribuyen visibilidad y poder, y cómo evitar usarlos de forma ingenua.

“Y, junto con esa pedagogía, hace falta una visión crítica acerca de algo tan sencillo como: en qué instancias necesito usar esta tecnología y en qué instancias no”, concluyó.

De este modo, su propuesta apunta a asumir un rol más activo frente al uso de estas tecnologías: comprenderlas para poder habitarlas de forma más consciente.

Sobre las XXIX Jornadas de Investigación de la UNCuyo

Las XXIX Jornadas de Investigación de la UNCUYO reunirán del 8 al 10 de abril a investigadores, estudiantes y especialistas en el Centro de Congresos y Exposiciones de Mendoza. Con entrada libre y gratuita, el encuentro ofrecerá exposiciones, conferencias y mesas de discusión para visibilizar la producción científica, fortalecer redes de trabajo y promover vocaciones en torno al lema “Conocimiento sin fronteras que crea futuro”.

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La secretaria de Investigación, Relaciones Internacionales y Posgrado, María Teresa Damiani, destacó la magnitud del encuentro y su valor para visibilizar el trabajo científico que se desarrolla en la universidad. “Estas jornadas se hacen cada dos años y en ellas se exponen los resultados de las investigaciones que se realizan en la universidad”, señaló. Además, remarcó que durante los tres días “se van a presentar alrededor de 700 trabajos científicos” en formatos como exposiciones orales y pósteres.

Damiani advirtió sobre el contexto adverso que atraviesa hoy el sistema científico argentino. “La situación es absolutamente difícil, muy desalentadora para la gente más joven. Realmente están repensando seguir dentro de la actividad o cambiar a otra”, en referencia al impacto que tiene la crisis sobre becarios, investigadores jóvenes y equipos de trabajo.

Frente a ese panorama, Damiani remarcó la necesidad de defender y comunicar mejor el valor de la ciencia. “La investigación que se hace en Argentina es de primer nivel”, aseguró, y consideró que uno de los desafíos actuales es “contrarrestar esa visión errónea de que la ciencia no sirve”, mostrando de manera más clara cómo impacta en la vida cotidiana, en el desarrollo productivo y en el bienestar social.

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