16 de noviembre de 2025 - 09:35

Llanto en redes sociales: los riesgos de la vulnerabilidad como espectáculo emocional

Cada vez más jóvenes se graban exponiendo angustias propias en Instagram o TikTok. ¿Es una expresión auténtica o una estrategia para sobresalir en el algoritmo? Psicólogos advierten sobre los peligros de la “extimidad” y el llamado “porno de la vulnerabilidad”.

Durante la última década, las redes sociales fueron el reino de la vida perfecta: viajes soñados, logros profesionales, cuerpos hegemónicos, filtros, sonrisas y éxito constante. Pero el paisaje empezó a cambiar.

Actualmente, en TikTok e Instagram, conviven con igual fuerza publicaciones en las que adolescentes y jóvenes adultos se muestran llorando frente a cámara, contando crisis de ansiedad, narrando rupturas o relatando momentos de fragilidad emocional.

La intimidad, antes resguardada en la privacidad del hogar o de un círculo íntimo, pasó a ser un contenido más dentro del scroll diario.

Un “triste” fenómeno

Ese fenómeno tiene nombre: extimidad. El término, como opuesto a la “intimidad”, fue acuñado por el psiquiatra y psicoanalista francés Serge Tisseron para describir la tendencia a volver público aquello que tradicionalmente pertenecía a la esfera privada, especialmente en busca de conexión o validación social. En la versión actual, las emociones profundas -y especialmente el dolor- se transforman en material para ser filmado, editado y compartido.

Llorar en redes sociales: los riesgos de la vulnerabilidad como espectáculo emocional
Varios influencers se hicieron virales y consiguieron millones de visualizaciones al mostrarse vulnerables y llorando.

Varios influencers se hicieron virales y consiguieron millones de visualizaciones al mostrarse vulnerables y llorando.

¿Por qué sucede? En gran medida, surge como respuesta al mandato de perfección digital. Tras años de exposición a vidas que parecían irreales, muchos jóvenes sienten que mostrar la tristeza, el cansancio o la angustia es una manera de recuperar autenticidad.

La Generación Z, que creció en plena hiperconexión, entiende la vulnerabilidad como parte de su identidad digital y ya no suscribe a la idea de “no llorar en público” que marcó a generaciones anteriores. Las redes funcionan como un diario emocional abierto, donde grabarse llorando puede ser un acto de desahogo, valentía e incluso militancia emocional.

Del tabú a la sobreexposición

La conversación sobre salud mental también juega un rol clave. Hablar de ansiedad, depresión o terapias dejó de ser tabú, y la exposición en redes contribuyó a esa desestigmatización.

La investigadora y autora estadounidense Brené Brown, referente mundial en estudios sobre vulnerabilidad, sostiene en su libro Daring Greatly que “la vulnerabilidad no es debilidad; es nuestra medida más precisa de valentía”. No obstante, Brown advierte que no toda vulnerabilidad debe compartirse con la audiencia digital, sino “con quienes hayan ganado el derecho a escucharla”, y señala que exponer emociones en espacios inseguros puede tener consecuencias.

Embed - Influencer sufre ataque de ansiedad porque la batería del iPhone dura poco y lo comparte en TikTok.
@oocprogresismo

Influencer sufre ataque de ansiedad porque la batería del iPhone dura poco y lo comparte en TikTok.

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La otra cara de esta tendencia es más compleja. Cuando el llanto genera likes, visualizaciones y seguidores, aparece lo que algunos especialistas llaman “porno de la vulnerabilidad” -también conocido como “sadfishing” en inglés-, un estilo de contenido donde la angustia se convierte en estrategia emocional para llamar la atención o alimentar al algoritmo. El término sadfishing se popularizó luego de un artículo del Daily Mail en 2019, y desde entonces vienen proliferando estudios sobre el tema.

Una investigación publicada en BMC Psychology concluye que los adolescentes con altos niveles de ansiedad y depresión “muestran una mayor tendencia al sadfishing”, y advierte que la exposición emocional puede reforzar la búsqueda de validación externa y la dependencia del feedback digital.

La trampa de la tristeza

La psicóloga y profesora del MIT Sherry Turkle ya había anticipado esta paradoja hace más de una década. En su libro Alone Together plantea: “Compartimos más, pero nos sentimos más solos”. Turkle analiza cómo la cultura de la autoexposición en redes construyó una ilusión de cercanía permanente, que muchas veces reemplaza la conversación profunda por un consumo emocional superficial. “La soledad se enmascara con conexión digital constante”, concluye la investigadora, una frase que parece describir a la perfección el fenómeno actual.

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El riesgo principal es que el sufrimiento se convierta en contenido performático. La emoción deja de vivirse para comenzar a representarse.

Grabar el llanto, elegir el ángulo, editar el video, musicalizarlo y esperar reacciones puede instalar un circuito emocional peligroso: sentir, filmar, publicar y revisar el posteo en busca de aprobación. Cuando el dolor pasa por el filtro de las métricas -obtener “me gusta”, recibir comentarios, lograr compartidos- puede perder sentido íntimo y ganar un valor transaccional.

El problema es que si la vulnerabilidad expuesta “rinde”, se repite y si no obtiene interacción, algunos jóvenes experimentan frustración o sienten que su emoción “no vale”.

No toda la “culpa” recae en los usuarios. El entorno digital tampoco es un espacio neutro.

La American Psychological Association (APA) alertó en 2023 que el uso intensivo de redes sociales en adolescentes está asociado tanto a efectos positivos como a daños emocionales, y recomendó prestar especial atención a los contenidos que involucran exposición emocional. A su vez, una revisión académica publicada en Child and Adolescent Psychiatry and Mental Health encontró que la exposición reiterada a experiencias negativas en redes se correlaciona con aumento de síntomas depresivos y ansiosos.

Cómo secarse las lágrimas

Para los especialistas, el desafío no está en desalentar la expresión emocional, sino en cuidar los espacios donde se comparte. La vulnerabilidad es sana cuando genera sostén, no cuando expone o hiere.

Exponer intimidad emocional también puede tener consecuencias concretas: desde bullying digital hasta arrepentimiento futuro, especialmente en menores que aún están construyendo su identidad y su criterio de privacidad.

La psicoterapeuta estadounidense Amy Morin, autora de 13 Things Mentally Strong Teens Don’t Do (13 cosas que los adolescentes mentalmente fuertes no hacen), sugiere a padres y educadores “mantener conversaciones abiertas sobre redes sociales y publicaciones de vulnerabilidad”, y acompañar sin burla ni juicio.

Vivimos, en definitiva, un momento de transición cultural: las redes dejaron de ser vitrinas de perfección y abrieron espacio a emociones reales. Eso es, en muchos sentidos, saludable. Pero cuando la intimidad se vuelve espectáculo y el consuelo es reemplazado por un contador de likes, conviene frenar y preguntarse: ¿estamos compartiendo para sanar o para complacer al algoritmo? La valentía de mostrar lo que duele es valiosa, siempre que no se pierda la frontera entre ser auténtico y convertirse en una caricatura de uno mismo.

La extimidad llegó para quedarse. La cuestión es aprender a convivir con ella sin que la cámara nos dicte cómo sentir.

OPINIÓN

Si querés llorar, llorá

Así como existe una vieja pregunta filosofal que dice “si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace ruido?”, en las redes sociales parece existir una duda existencial casi similar en cada posteo que parece expresar: “Si no comparto mi llanto ante una situación angustiosa ¿realmente estoy sufriendo?”

Una mirada a las publicaciones de Instagram nos hace preguntarnos sobre las razones por las cuáles van creciendo las expresiones sentimentales o las vivencias privadas como una necesidad de ser mostradas sin filtros.

Llorar en redes sociales: los riesgos de la vulnerabilidad como espectáculo emocional
Algunos famosos como Miguel Herrán, Sam Smith, Millie Bobby Brown o Drew Barrymore también se han grabado llorando en sus cuentas de redes sociales.

Algunos famosos como Miguel Herrán, Sam Smith, Millie Bobby Brown o Drew Barrymore también se han grabado llorando en sus cuentas de redes sociales.

Propuestas de casamiento en lugares públicos, videos con saludos de cumpleaños a parejas, grabaciones de llantos por la muerte de una mascota a minutos del suceso y más.

Entiendo el punto de demostrar lo que pasa porque la necesidad de expresión es real y creo que, en más de una ocasión, es honesta.

Sin embargo, para muchos influcencers la vulnerabilidad se vuelve una fórmula rentable y “mostrar que sufro” se transforma en cuestión estética. Si les funciona, bien por ellos, pero ojalá que sus seguidores no crean esa es la única manera de expresar sentimientos o compartir intimidad y puedan distinguir entre llorar por alivio y llorar por el aplauso.

Aunque ya no veamos la estrategia de mostrar vidas perfectas -que bordeaban lo irreal- la advertencia máxima sigue vigente: no todo lo que vemos en redes es la realidad.

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