La pantalla más grande, más brillante y con mayor resolución ha comenzado a quedar atrás con la expansión de dispositivos que buscan pasar desapercibidos.
Google presentó Fitbit Air, una pulsera que mide sueño, ritmo cardíaco y estrés sin mostrar un solo dato en la muñeca. Aunque novedosa, no es la única: desde anillos o bandas hasta anteojos smart o auriculares, cada vez más gadgets eligen “apagarse” para medir salud sin captar miradas.
La pantalla más grande, más brillante y con mayor resolución ha comenzado a quedar atrás con la expansión de dispositivos que buscan pasar desapercibidos.
El ejemplo más reciente es de Google con el lanzamiento de Fitbit Air, una pulsera inteligente sin pantalla que registra actividad física, sueño, frecuencia cardíaca y otros indicadores de salud.
No se trata de una idea original ni aislada. En los últimos años comenzaron a multiplicarse productos que eliminan la pantalla para reducir distracciones y ofrecer una experiencia más natural.
Fitbit Air es bastante simple en su concepto: un sensor de frecuencia cardíaca, oxímetro, giroscopio, acelerómetro y termómetro cutáneo metidos en una cápsula de apenas 5,2 gramos enlazado a una pulsera de tela. Mide sueño, detecta entrenamientos de forma automática, avisa si hay señales asociadas a fibrilación auricular y promete hasta siete días de batería. Pero todo eso se consulta en la nueva app Google Health en el teléfono.
¿Por qué Google decide sacar un wearable que deliberadamente no compite en pantallas con el Apple Watch o su propio Pixel Watch? Andy Abramson, responsable de Producto de Google Health y encargado de presentar el Fitbit Air, resumió la filosofía detrás del nuevo dispositivo: “Muchas personas consideran que los dispositivos actuales son demasiado voluminosos, complicados o caros. Fitbit Air fue diseñado para ser simple, accesible y lo suficientemente cómodo para usarlo las 24 horas.”
Aunque Fitbit Air es la novedad del momento, la idea de trackear salud sin pantalla no es nueva ni exclusiva de Google.
En Estados Unidos hace tiempo que Whoop explota el seguimiento de bienestar con un modelo de suscripción anual (entre 239 y 359 dólares) que a pesar de su alto precio no requiere pagar aparte el dispositivo.
Otra opción que se ha popularizado en los últimos años es la de los anillos inteligentes. Oura hizo lo propio con un anillo que se vende entre 299 y 549 dólares, según el modelo, más una suscripción mensual. A esa lista se suman Polar Loop, Amazfit Helio Strap, Hume Band y, quizá en breve, la versión sin pantalla de Garmin, que se llamaría "CIRQA”.
Samsung también se sumó a esta categoría con el Galaxy Ring, mientras que empresas como Ultrahuman desarrollan anillos inteligentes orientados al monitoreo permanente de la salud.
La tendencia incluso alcanza a los auriculares inteligentes. Los AirPods Pro 3 de Apple, por ejemplo, pueden registrar frecuencia cardiaca del usuario para mostrar los datos en su app de salud.
Incluso los anteojos entrar en esta moda ya que las Meta Ray-Ban, los anteojos smart más populares, prescinden de cualquier pantalla para integrar cámaras, asistentes de inteligencia artificial y funciones de traducción en tiempo real mediante comandos de voz.
La consultora IDC registra el fenómeno en sus informes de mercado: por primera vez las pulseras dejaron de ser sinónimo de "dispositivo de entrada barato" y empezaron a convertirse en “premium” gracias al éxito de los wearables sin pantalla.
Lo bueno es que incrementaron su oferta, pero lo malo es que ya son la alternativa barata a los relojes inteligentes, sino la opción cool para quienes se cansaron de ellos
Detrás del fenómeno hay algo más profundo que una moda de diseño. El diario The Wall Street Journal lo resumió en un análisis reciente: la gran promesa del smartwatch fue reducir el tiempo frente al celular, pero en la práctica terminó multiplicando las interrupciones, porque cada vibración en la muñeca funcionaba como una invitación más a mirar una pantalla.
La fatiga digital generalizada empujó a una parte de los usuarios a buscar un término medio: registrar sus datos de salud. pero sin el brillo constante que los acompaña.
El sitio TechRadar ya habla de un "regreso a lo analógico" en la muñeca. Cada vez más gente entrena con bandas sin pantalla o anillos inteligentes y deja el reloj inteligente para cuando de verdad necesita ver un mensaje o ver un ritmo en tiempo real.
La conclusión de los expertos es que la función se impuso por sobre la forma: si el dispositivo es una herramienta, no necesariamente tiene que estar todo el tiempo a la vista.
En nuestro país la adquisición de estos dispositivos incluye una ecuación de siempre pega fuerte: compra internacional, precio en dólares más impuestos y costo de envío.
Fitbit Air arranca en 99,99 dólares en Estados Unidos y por el momento no tiene fecha de llegada oficial al país. Así el que lo quiera pronto deberá recurrir a la importación directa o a algún revendedor, con el consabido recargo.
Como referencia, los anillos inteligentes genéricos ya se consiguen en el mercado local desde los 50.000 hasta los 60.000 pesos, más baratos que que un Oura Ring importado que puede cuadriplicar esa cifra sin contar la suscripción mensual, algo que no seduce al usuario local.
Un informe de Forbes Argentina sobre la industria de wearables plantea que la región todavía representa una porción menor del mercado global, pero combina alta penetración de smartphones con una demanda creciente de salud preventiva, lo que la vuelve un terreno fértil si el hardware logra abaratarse.
Lo más simple, por ahora, es conseguir bandas económicas con pantallas minimalistas o anillos smart de marcas poco conocidas para experimentar un poco la tendencia de cuidarse sin caer en la adicción a las pantallas ni reventar la economía personal con dispositivos caros que incluyen suscripciones por arriba de los 300 dólares anuales.
Hay dispositivos que tuvieron ambiciones más grandes en su afán de desterrar las pantallas táctiles.
El caso más emblemático es el de Humane AI Pin, un gadget de IA -presentado en la feria CES 2025- que buscó reemplazar al smartphone sin depender de una pantalla tradicional, pero su alto precio, su bajo rendimiento y sus pésimas reseñas lo hicieron fracasar. Mismo camino siguió el Rabbit R1 que prometía suprimir apps y pantallas por una IA pero que resultó inacabada con problemas de batería, funciones muy limitadas y una inmensa falta de fiabilidad en sus respuestas.
Durante años la industria tecnológica nos hizo pensar que innovación era agregar más megapíxeles, más aplicaciones y más tiempo frente a una pantalla y en varias partes del cuerpo. El resultado está a la vista: nunca estuvimos tan conectados y, al mismo tiempo, tan distraídos. Por eso es llamativo que las mismas empresas dejen de lado el maximimalismo para abrazar el minimalismo digital con la supresión de pantallas.
El nuevo Fitbit Air no inventa nada revolucionario en materia de sensores, lo que hace, en todo caso, es blanquear algo que muchos ya sentíamos: que la pantalla, más que informarnos, nos estaba mirando a nosotros.
Así, esta nueva pulsera de Google no es revolucionaria por la tecnología que incorpora, sino por la que suprime. No tener pantalla deja de ser una limitación para convertirse en una característica y todo indica que es una señal de madurez de un mercado que parece haber entendido que el verdadero lujo ya no consiste en recibir más información, sino en recibir únicamente la necesaria.