1 de junio de 2013 - 00:12

El tablero donde todas las fuerzas pugnan

Remedo del célebre “es la economía, estúpido”, hoy debería repetirse, cada vez que se alude a la crisis en Siria, es Irán. La escalada de las últimas semanas en el conflicto que desangra a ese país árabe reconoce aquel origen por la alianza estratégica que une a los dos países.

La idea en algunos areneros es que si se derrumba el régimen que desde hace 42 años sostiene la dinastía Assad, eso debilitaría a la potencia persa a extremos del eventual derrumbe de la peculiar Revolución Islámica iniciada en 1979.

Un ex jefe del Mossad, Efraim Halevy, describió el año pasado en The New York Times ese diseño: “La caída del régimen de Assad implicaría una debacle estratégica para el gobierno iraní porque le cortaría sus vínculos con Hezbolá en Líbano y Hamas en Gaza y reduciría su prestigio internacional forzando posiblemente a suspender sus políticas nucleares”.

Hace pocos días, el senador John McCain, ex candidato presidencial republicano y militante tenaz de la propuesta de una intervención armada occidental en Siria, estuvo por Turquía y cruzó la frontera para encontrarse con uno de los más importantes jefes militares rebeldes, el general Salem Idris.

McCain llegó al lugar en medio de la controversia sobre si el régimen está usando armamento químico, lo que implicaría, según el presidente Barack Obama, un cambio en las reglas del juego que justificaría una acción directa. No es claro si esas armas se han disparado pero eso no parece ser el punto crucial en estas acrobacias.

El año pasado ese legislador presentó un proyecto reclamando que se arme a las fuerzas que enfrentan a la dictadura con el argumento, en el mismo sentido que Halevy, de que “la caída del régimen de Bashar al Assad representaría el mayor golpe estratégico para Irán en un cuarto de siglo”.

El espectro de la teocracia persa se corporizó otra vez esta semana cuando la Unión Europea anunció su disposición a levantar el embargo de armas que rige contra la atomizada fuerza rebelde.

De inmediato Rusia -junto con China, el mayor aliado estratégico de Damasco- equilibró la mesa afirmando que entregaría a Assad sus sofisticadas bases misilísticas S-300, consideradas como los más modernos equipos de defensa y ataque tierra-aire existentes en el mundo. Israel se apuró, entonces, a anticipar que bombardearía esas instalaciones donde las descubriera.

La escalada verbal no pasó de los amagues. Europa había aclarado ya antes de que hablara Moscú que la mayor disposición hacia los rebeldes no sería con armas sino con equipamientos no letales. Rusia tampoco avanzó y los temibles misiles no estarán al menos en el corto plazo en territorio sirio.

Pero en el medio de esos cruces se supo que el partido y milicia libanesa Hezbolá, aliado de Damasco y de Teherán, tiene una fuerza consistente desplegada en el frente sirio.

Ese movimiento guerrillero chiíta derrotó en 2006 a Israel en la breve guerra que libraron en la frontera. Ese enfrentamiento no se ha cerrado. Una chispa lo encendería todo y el aire no deja de recargarse.

Dentro de unas pocas semanas llegará a Jordania el grueso de una multitudinaria tropa norteamericana para tomar parte de los ejercicios anuales “Eager Lion 2013” que incluyen a 15.000 soldados de 18 países diferentes. Pésimo timing se diría, teniendo en cuenta el contexto. No por nada las Fuerzas Armadas jordanas han debido aclarar ya en distintos tonos que esos soldados de EE UU no estarán ahí para entrar en la vecina Siria.

Este juego de tensiones tiene una consecuencia inmediata y una explicación. Lo primero es la montaña de muertos, cercana ya a los 80 mil, y que puede ser sólo una parte del saldo terrible si se extiende el conflicto sirio.

Es el costo más dramático que está pagando mayoritariamente la población civil del país árabe, un daño colateral que no aparece en el mapa de los estrategas de cualquiera de los bandos. La explicación para este largo drama es que está en duda el efecto sobre Irán tan lineal que presumen el hombre del Mossad o el dinámico legislador republicano en caso del derrumbe de la dinastía siria.

Puede presumirse que la presión dentro de EEUU para una acción en el terreno obedezca a la suposición de la Casa Blanca de que se repetiría en Siria el proceso en Egipto o en Túnez, donde la cofradía pro occidental de los Hermanos Musulmanes logró el poder total o parcialmente y mantuvo la alianza con Washington que defendían los tiranos depuestos. Ese partido sunnita, que también existe en Libia, es el que orienta la Coalición Nacional Siria, el frente político rebelde con mejores vínculos con Washington.

Pero Obama duda de estos pasos por un puñado de motivos. El salafismo ultraislámico jihadista es sumamente fuerte en el norte de Líbano y su presencia podría ser incontenible de la mano de grupos como la Jabhat al-Nusra que se describe ligada a la espectral Al Qaeda. Cualquier escenario de invasión abriría un litigio interminable con esos bandos que complicaría a EEUU cuando está saliendo con aires de derrota de Afganistán e Irak.

Otra suposición es que una sublevación exitosa en Siria encendería protestas en Irán, donde la crisis económica está aumentando la irritación social contra el régimen de los ayatolá. Pero la misma consecuencia se produciría en Qatar o Arabia Saudita, las dos monarquías aliadas de Washington que más han sostenido la rebelión y que mantienen una histórica guerra fría con el régimen de Teherán.

Es un juego de ajedrez donde todo indica tablas, por ahora.

Se suele perder de vista que esta rebelión ha durado ya más de dos años, no sólo porque la impulsen facciones terroristas o las potencias occidentales como denuncian Damasco y Teherán. Hay ahí, es cierto, predominio de mercenarios y salafistas, como ha sostenido una investigación de The New York Times.

Pero la extensión temporal de la guerra se debe también a que gran parte de la población se involucró en esta guerra detrás de una legítima demanda de un cambio republicano. Son esos sectores y no los fanáticos el mayor desafío para el régimen y los restantes jugadores internacionales que intentan apropiarse de este conflicto porque improbablemente cederán, no importa las circunstancias ni el castigo que reciban. CC

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