19 de abril de 2015 - 00:00

Surgen simpatías novedosas

Y, la nueva estrella en América Latina es... ¿Estados Unidos? Ya salieron las críticas y, mientras que Estados Unidos sigue encarando bastantes relaciones complicadas en una región diversa, de 35 países, el presidente Barack Obama salió con más saludos que bofetadas de la Cumbre de las Américas, donde, por lo general, el país recibe una azotaina.

La cuestión ahora es si Obama y sus sucesores pueden capitalizar la nueva credibilidad que se ha ganado Estados Unidos, principalmente por reconciliarse con Cuba.

Obama sostuvo una reunión de una hora de duración con Raúl Castro, el presidente de Cuba, a la que Estados Unidos le permitió asistir por primera vez desde el inicio de estas cumbres en 1994. Fue la primera reunión que haya habido alguna vez entre dirigentes de enemigos en la época de la Guerra Fría.

Obama también anunció que se acordará una visita de Estado a Washington en junio con la presidenta del Brasil, Dilma Rousseff, después de que ella canceló la del 2013, ofendida por las escuchas estadounidenses de sus comunicaciones.

Hasta platicó brevemente con el presidente Nicolás Maduro, de Venezuela, quien apenas unas horas antes había clamado en contra de la “interferencia imperialista” de Estados Unidos y había amenazado con presentar una petición -que, notablemente, no entregó a Obama- en la que exigiría que Estados Unidos levantara las sanciones en contra de diversos funcionarios venezolanos acusados de violaciones a los derechos humanos.

“El mundo de la política y la diplomacia es, en buena medida, uno de grandes símbolos”, proclamó el periódico mexicano El Universal, el domingo, en un editorial titulado: “Una nueva era en América”.

No todo fue dulzura y luz, no obstante. El propio Castro censuró a Estados Unidos, con bastante detalle, por lo que llamó su historia de oprimir a Cuba. Los presidentes de Venezuela, Bolivia y la Argentina lo siguieron de inmediato.

Obama desinfló las expectativas de que anunciaría que se quitaría a Cuba de la lista de países que patrocinan el terrorismo que tiene el gobierno estadounidense, una designación que muchos dirigentes regionales encuentran desconcertante y que evita que los países puedan reabrir sus embajadas.

Sin embargo, para una región cansada desde hace mucho de la animadversión mutua y perpleja por el embargo de la época de la Guerra Fría, pareció suficiente progreso que los presidentes hablaran sin hostilidades.

Quizá más importante fue el cambio de tono en la reunión de este año. Las calumnias de la izquierda, que habían tendido a dominar cumbres anteriores, pasaron a segundo plano cuando Castro lo llamó “honesto” y “humilde”, y hasta se disculpó por haberse dejado llevar por la retórica revolucionaria

Ahora, la cuestión es cómo usará Estados Unidos el considerable capital político que acumuló en la región para abordar problemas enojosos como la corrupción, la impunidad y la fragilidad de la democracia o, en el caso de Cuba, su ausencia flagrante.

Obama lo reconoció en su rueda de prensa antes de abandonar la cumbre el sábado, cuando dijo que Estados Unidos no se da por vencido en cuanto a sus esperanzas sobre la democracia en Cuba.

“Tenemos puntos de vista muy diferentes sobre cómo debería organizarse la sociedad y fui muy directo con él de que no vamos a dejar de hablar sobre problemas como la democracia y los derechos humanos y la libertad de reunión y la libertad de prensa”, dijo Obama.

Sin embargo, es posible que Estados Unidos todavía encuentre que sigue siendo un reto transmitir su punto en la región, directa o indirectamente, ya que los dirigentes regionales asumen un punto de vista más crítico, de “ponga en orden su propia casa”, sobre la polarización en Washington y los propios problemas de Estados Unidos con la Justicia.

“Se trata de sociedades que no son especialmente receptivas a lo que Washington hace o quiere, y no lo han sido desde ya mucho tiempo”, dijo Julia Sweig, una académica que analiza a Cuba y al Brasil en la Escuela de Relaciones Públicas Lyndon B. Johnson, en Austin, Texas.

Paradójicamente, la influencia estadounidense en la región disminuyó bastante por el movimiento de la democracia desde los ’70 y las economías cada vez más prósperas, en las que es típico que Estados Unidos esté entre los principales socios comerciales. Como resultado, habitualmente, los intereses internos ahora superan a los regionales, en especial cuando se percibe que Estados Unidos está siendo altanero o recurriendo a tácticas severas.

Hasta ahora, cualquier esfuerzo estadounidense por impulsar un consenso regional sobre una amplia agenda que incluye abordar al cambio climático, el narcotráfico y la prosperidad económica, se ha debilitado por su negativa a establecer relaciones con Cuba, así como que la haya aislado. Muchos países hablaron durante mucho tiempo de la exclusión de Cuba en cumbres anteriores.

“A pesar de que persisten diferencias significativas en la región, al hacer a un lado el problema cubano, creo que van a ver que más dirigentes intervienen sobre derechos humanos y democracia”, dijo Arturo Valenzuela, ex diplomático sénior del Departamento de Estado estadounidense para la región y profesor en la Universidad Georgetown.

Pronosticó que potencias regionales, como el Brasil, podrían recompensar la reconciliación de Estados Unidos con una posición más dura hacia Venezuela; unos cuantos países en la cumbre, fuera de los aliados más cercanos de Venezuela, se unieron a ella para despotricar en contra de las recientes sanciones estadounidenses.

Valenzuela dijo que temas que recibieron poca atención de los medios informativos en la cumbre, incluido que dirigentes regionales discutieran una expansión en las oportunidades económicas, fue que abordaran la desigualdad y promovieran el trabajo de las organizaciones no gubernamentales de “la sociedad civil” para presionar por libertades básicas.

“A medida que se tiene una sociedad civil más independiente, se puede presionar más para que haya cambios internos”, dijo. “De allí sale todo”.

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