16 de agosto de 2026 - 08:00

San Martín, el prócer sin grieta que revive con la pasión argentina

El Padre de la Patria es la prueba de lo que los argentinos podemos hacer cuando desaparecen las diferencias y surge una causa capaz de unirnos.

Durante años la bandera argentina pareció condenada a ciertos espacios: los mástiles escolares, los edificios públicos y las conmemoraciones del calendario. Estaba allí, desde luego, pero muchas veces como parte del paisaje. Algo cambió. Volvió a las calles, a los balcones, a los autos, a los comercios y hasta a la moda. La "Scaloneta" tuvo mucho que ver con ese resurgir, aunque el fenómeno la excede.

Durante más de un mes, millones de argentinos volvimos a sentirnos parte de lo mismo. Las diferencias parecieron aquietarse y el país encontró una inesperada sensación de paz. Podíamos emocionarnos juntos, sin importar cómo pensaba el otro o a quién había votado.

En un país acostumbrado a discutirlo todo, incluso desde su momento fundacional, esta sensación de hermandad no es un detalle menor. Argentina volvió a sentirse orgullosa de ser argentina. Y cuando una sociedad recupera el deseo de mirarse con afecto, inevitablemente vuelve sus ojos hacia aquellos hombres que hicieron posible su existencia. Entre todos ellos hay uno que siempre permanece de pie, como la cordillera que supo vencer. José de San Martín es la figura sobre la que nunca existieron verdaderas discrepancias.

Liberales, revisionistas e historiadores de distintas corrientes pudieron debatir sus decisiones o interpretar de manera diferente algunos aspectos de su vida, pero siempre coincidieron en reconocer su grandeza. San Martín pertenece a ese reducido grupo de hombres ante los cuales las diferencias ideológicas se aquietan. Y por eso en él también nos encontramos.

Esa coincidencia no se explica únicamente por sus victorias militares. Otros hombres ganaron batallas, ocuparon territorios y recibieron honores sin conseguir un lugar semejante en la memoria colectiva. San Martín fue un militar excepcional, pero también un hombre cuyo costado humano siempre estuvo latente, comenzando por las enfermedades que toleró. Su grandeza no nació de la perfección, surgió de lo que hizo a pesar de sus límites.

Allí aparece una de las razones de su vigencia. San Martín no esperó condiciones ideales. Después de organizar a los Granaderos y vencer en San Lorenzo, comprendió que debía cambiar el rumbo de la guerra: cruzar los Andes, atravesar Chile y avanzar por mar hacia Lima. Lo que hoy contemplamos como una epopeya podía terminar en desastre, especialmente cuando el país vecino volvió a caer en manos españolas.

Mendoza convirtió esa idea en una realidad. Designado gobernador de Cuyo en 1814, San Martín no se limitó a formar un ejército. Ordenó las cuentas públicas, impulsó la vacunación contra la viruela, extendió las tierras cultivables mediante obras de irrigación y redujo su propio sueldo a la mitad.

Transformó una provincia pobre y alejada del centro del poder en el corazón de una empresa continental. Aquí su figura adquiere para los mendocinos una cercanía especial: caminó nuestras calles, trabajó entre acequias y levantó su ejército al pie de la montaña.

Pero aquella obra no fue individual. Cuyo aceptó privaciones enormes porque compartió un propósito. Mucho antes de ponerse en marcha, el Ejército de los Andes ya demostraba que las grandes empresas nacionales sólo son posibles cuando una comunidad decide reconocerse en un destino común.

Quizás allí se encuentre el puente más profundo con nuestro presente. San Martín no es solamente el hombre que cruzó una cordillera. Es la prueba de lo que los argentinos podemos hacer cuando las diferencias dejan de ocupar todo el espacio y aparece una causa capaz de reunirnos. La gesta sanmartiniana no eliminó los conflictos de su tiempo, que fueron feroces, pero consiguió que miles de personas trabajaran juntas detrás de una bandera y de un ideal.

En Tucumán, la declaración de Independencia se materializó el 9 de julio de 1816. Fue una necesidad política, pero también una definición moral: había llegado el momento de decir quiénes éramos.

El Ejército de los Andes partió el 17 de enero de 1817. El 12 de febrero venció en Chacabuco y, al año siguiente, Maipú aseguró la libertad de Chile. Luego vino Perú. San Martín entró en Lima en julio de 1821 y proclamó su independencia. Nuestra bandera atravesó las montañas no para someter pueblos, sino para liberarlos.

Su renunciamiento terminó de construir el símbolo. Cuando comprendió que su permanencia en Perú podía provocar un enfrentamiento con Simón Bolívar y perjudicar la emancipación americana, se apartó. Pudo disputar el poder. Eligió retirarse.

En un continente donde tantos hombres confundieron la gloria de la patria con la propia, San Martín aceptó desaparecer de la escena para que su obra sobreviviera. Pocas decisiones políticas explican mejor por qué su figura logró quedar por encima de las facciones.

Cada 17 de agosto conmemoramos su Paso a la Inmortalidad. Ese día de 1850 en Boulogne-sur-Mer, Francia, dejó en la orfandad a toda una nación. Murió el hombre y comenzó una presencia que atravesó generaciones.

Sus restos regresaron al país en 1880 y fueron recibidos por una multitud, con discursos de hombres como Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre. La Argentina que estaba organizándose lo evocaba y necesitaba reconocerse en él, consagrándolo como el símbolo de unión nacional por excelencia.

Casi un siglo y medio después, aquella necesidad de reconocernos bajo insignias comunes no ha desaparecido. Cambiaron los escenarios: del muelle que recibió los restos del Libertador pasamos a las calles cubiertas de celeste y blanco. Sin embargo, permanece intacto el deseo de encontrarnos en algo compartido, capaz de recordarnos que, antes de cualquier diferencia, formamos parte de un todo.

Han pasado algunas semanas desde aquellas jornadas en las que la Selección convirtió las calles en una celebración celeste y blanca. Para los argentinos, el fútbol forma parte de nuestra identidad y tiene una capacidad excepcional para hacerla visible. Durante esos días, millones de personas que probablemente no coincidían en casi nada compartieron una misma alegría. No desaparecieron las diferencias pero, por un momento, simplemente dejaron de ser lo más importante.

No se trata, desde luego, de comparar un Mundial con las campañas de la Independencia. Sus dimensiones, riesgos y consecuencias pertenecen a órdenes completamente distintos. El vínculo se encuentra en otro sitio: en la necesidad de admirar una empresa colectiva y reconocernos en quienes representan algo que sentimos propio. Las naciones también se construyen alrededor de esos momentos capaces de reunirlas y recordarles que, por debajo de sus desacuerdos, existe mucho en común.

Detrás de cada bandera hay una historia. La nuestra no fue levantada para esclavizar pueblos ni para arrebatar territorios, sino para llevar la libertad más allá de sus propias fronteras. Por eso, cuando la celeste y blanca reaparece sobre la camiseta argentina, no vestimos únicamente los colores de un equipo.

Llevamos el encuentro de una empresa colectiva y la certeza de que existe una historia que nos pertenece a todos. La entrega de quienes lo dieron todo por esa camiseta, incluso cuando nadie apostaba por ellos y mientras atravesaban -como Messi- momentos profundamente dolorosos, nos permitió recuperar algo que creíamos olvidado: el orgullo de ser argentinos y la paz, tan infrecuente como valiosa, de volver a sentirnos hermanos.

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