¿Cuántas veces dijimos que sí cuando, en realidad, queríamos decir que no? Aun siendo conscientes de que no se quería acceder, se termina haciendo algo no deseado, incluso a costa de uno mismo.
Especialistas explican por qué poner límites no es egoísmo, sino la clave para salvar nuestras relaciones y la salud mental. Guía para elegirse.
¿Cuántas veces dijimos que sí cuando, en realidad, queríamos decir que no? Aun siendo conscientes de que no se quería acceder, se termina haciendo algo no deseado, incluso a costa de uno mismo.
La incomodidad, el temor al enojo o al rechazo, la subordinación frente a alguien con más poder, el deseo de evitar un conflicto o simplemente el afán de quedar bien son disparadores cotidianos. Sin embargo, los expertos en Psicología advierten que esta conducta termina por afectar el bienestar propio y la salud de los mismos vínculos que se busca proteger.
Advierten que detrás de esa incapacidad para dar una negativa se esconden motivos que van desde mandatos de la infancia hasta respuestas biológicas del cerebro.
La licenciada en Psicología Silvina Yáñez, especialista en vínculos, dependencias emocionales y terapeuta de pareja, analiza que la raíz suele ubicarse en el terreno de la dependencia emocional y un apego excesivo que puede llegar al límite de lo patológico.
En este sentido, explica que quienes enfrentan esta dificultad en un grado muy marcado suelen ser personas que de niñas estuvieron en un ámbito familiar donde, para ser queridas, tenían que estar al servicio de los demás. Crecieron con el sentimiento de que serían reconocidas solo en la medida en que ayudan o están hiperdisponibles, en lo que se conoce como hijos parentalizados.
“Estas personas, cuando crecen, sienten que para pertenecer a un lugar, para ser queridos, para ser reconocidos o ser vistos, tienen que estar al servicio. Entonces, no pueden decir que no, porque si dicen que no, es como si perdieran un lugar en el vínculo con el otro”, analizó en diálogo con Los Andes.
“Entonces naturalizan o se esfuerzan en estar hiperdisponibles para el otro -continúa- y sienten que decir que no los va a dejar como fuera de un contexto, de reconocimiento de la otra persona”.
Porque, según explicó, decir que no para una persona que es dependiente emocionalmente, implicaría correr el riesgo de no ser querido o de no ser reconocido por el otro.Dijo que esto pasa mucho en el vínculo de pareja, por ejemplo pero para el caso apuntó una frase que consideró valiosa: “Nunca seas demasiado disponible”.
Y luego la llenó de argumentos: “Cuando estás demasiado disponible, el otro deja de verte en algún punto. Siempre el deseo en el vínculo se enciende por una pequeña ausencia. Cuando uno dice que sí a todo, a veces las otras personas terminan por no valorarlo”.
Yáñez agregó otro factor que puede influir en la dificultad para decir que no: la trampa narcisista, la que definió como la necesidad de sentirse indispensable. Cuando en algún momento de la vida se busca ocupar ese rol porque hace sentir especial a la persona, empezar a decir que no abre en el otro la posibilidad de vincularse con más gente, dejando de lado ese lugar único.
Pero dijo que lo que ocurre en ese camino es que, al estar siempre para el otro, termina faltando el estar para uno mismo.
“Yo siempre he oído una frase que dice: qué bueno es que a veces uno sea la persona que uno tiene a cargo. Es decir, darse a sí mismo lo que tantas veces le damos a los demás”, comentó Yáñez.
Por eso remarcó la importancia de tenerlo en cuenta, porque hay una trampa narcisista en la posibilidad de decir que no: “Porque el otro, si se acostumbró a que uno siempre dijera que sí, puede decir, bueno, ya no sos lo que eras, o ya no sos tan gaucho o tan disponible como antes. Y de eso se trata, porque no es una conducta de egoísmo, no es en contra de otro”.
En este punto subrayó que hay que considerar que a veces es en favor de uno tener que decir que no, para tener la energía hacia adentro y no siempre estar dando hacia afuera. “Una farmacia de turno 24 horas abierta para todo el mundo, y son personas que terminan agotadas y que terminan, generalmente, con algún grado de sintomatología física o emocional”, advirtió.
Por su parte, la neuropsicóloga española Alba Cardalda, autora del libro Cómo mandar a la mierda de forma educada, enfoca la problemática en la educación y en los mandatos sociales.
“Cuesta decir que no porque no nos educan para decir que no y para poder decirlo de una forma amable o asertiva. Al contrario: nos educan para complacer a los demás sin tener en cuenta nuestras propias emociones”, explica Cardalda en entrevista con BBC Mundo. La especialista resalta que se enseña a priorizar las demandas ajenas por sobre la honestidad con lo que sentimos, en un contexto de búsqueda constante de aprobación.
La experta explica que está instalada la idea de que la negativa implica un acto egoísta y hasta se cree que de ese modo se es una mala persona, lo que genera miedo porque se vive como una amenaza contra el autoconcepto arraigado a la autoestima.
Cardalda hace hincapié particularmente en el mandato social de la cultura judeocristiana en América Latina y el sur de Europa, donde se asocia el sacrificio propio con la virtud moral.
“Se nos enseña a priorizar lo que otros quieren o demandan y no a valorar lo que uno siente o a ser honestos con lo que queremos o no queremos”, subraya. Y agrega que esto se da en un contexto en el que, en parte, “siempre estamos buscando la aprobación de quienes nos rodean”. Esto debido a que somos seres sociales y el entorno influye fuertemente.
“No darle importancia a lo que realmente queremos hacer nos lleva a acumular pequeños malestares que nos pueden afectar mucho en nuestra vida y en nuestra salud emocional. Porque es algo que ocurre todos los días, aunque no nos demos cuenta”, advierte Cardalda.
Señala que cargarse de cosas que no queremos hacer -o que no tenemos tiempo de hacer- nos genera agobio, estrés y ansiedad.
Además, “daña nuestra autoestima porque pasar por alto nuestras preferencias son pequeños autosabotajes que nos hacemos a nosotros mismos. Es ausencia de autocuidado y eso tiene un efecto importante”, remarca la experta.
Un compilado de investigaciones sobre el tema en Leader Summaries plantea el alto costo que tiene para las personas no poder dar una negativa y señala que las consecuencias son medibles.
Burnout. Un estudio de 2022 publicado en Psychological Health encontró que las personas que establecían límites regularmente tenían significativamente menos probabilidades de experimentar burnout. En cambio, las personas complacientes tienen especial riesgo, tal cual advierte la psicóloga clínica Debbie Sorensen (Harvard).
Resentimiento. Un artículo de Psychology Today de este año refiere que cada vez que se da un sí sin desearlo, se convierte en una cuenta pendiente invisible. “Sin límites claros, el resentimiento se infiltra. Y el resentimiento es mucho más dañino para las relaciones que un ‘no’ a tiempo”, señala.
Ansiedad y depresión. Un metaanálisis publicado en Clinical Psychology Review (2021) encontró que las personas que luchan por poner límites reportan más síntomas de ansiedad y depresión. Otro estudio en el Journal of Counseling Psychology (2019) confirmó que límites claros contribuyen a resultados positivos en salud mental y promueven la resiliencia.
Relaciones deterioradas. Al contrario de lo que puede suponerse, esos ‘sí no deseados' pueden ser negativos para las relaciones que se cree que se protegen con esta actitud. Las personas más genuinamente compasivas tienen límites más firmes, concluyó tras 8 años de trabajo la investigadora Brené Brown. En cambio, advirtió que sin límites, la amabilidad se convierte en resentimiento disfrazado.
En definitiva, hay coincidencia en que dar una negativa no es un acto de egoísmo ni un ataque hacia el otro, sino un paso hacia la honestidad. Para empezar a cambiar el hábito, las especialistas aconsejan:
Reencuadrar el concepto de límite: Yáñez sugiere comprender que “el límite del no no es un límite que se le pone al otro en función de abandonarlo o de rechazarlo, sino en función de proteger la propia esencia de uno mismo”. La meta es dar desde la elección y la libertad, y no desde la obligación de estar disponible 24/7.
Avanzar de forma progresiva: Cardalda sostiene que no se puede vencer el miedo o la culpa de la noche a la mañana. Recomienda empezar por identificar la causa por la que cuesta marcar el límite y fijarse pequeños objetivos diarios.
Practicar la asertividad: No es necesario recurrir a un “no quiero” tajante si resulta incómodo; se puede ofrecer un argumento asertivo, respetuoso y honesto con lo que se desea.
Diferenciar límites negociables de los no negociables: La española resalta que conocerse a uno mismo ayuda a saber en qué aspectos se puede ceder con flexibilidad y en cuáles es indispensable mantenerse firme para construir relaciones sanas y rodearse de personas que brinden un buen trato.