Malvinas: qué pasó con las miles de encomiendas para los soldados que nunca llegaron

A 40 años, un grupo de exconscriptos contaron lo que hicieron con los regalos que mandaban las familias para los combatientes.

Helicópteros del Ejército.
Helicópteros del Ejército.

El 2 de abril se cumplen 40 años de la guerra de Malvinas, en las que miles de argentinos arriesgaron su vida para defender los territorios y sus historias continúan difundiéndose a lo largo de los años.

Una de ellas es la de un grupo de reclutas que se encontraban realizando el servicio militar y bajo ordenes de sus superiores debieron arrojar a un basural cientos de encomiendas destinadas a animar a los soldados en Malvinas.

Cartas, cadenitas, rosarios, chocolates y latas, formaban parte de los paquetes que las familias de combatientes habían entregado en el Regimiento 7 de Infantería de la ciudad de La Plata con la promesa de que serían llevadas a los soldados que luchaban en Malvinas.

Si embargo, todos ellos fueron abandonados aquel otoño de 1982 en un basural de la localidad de Ensenada.

Los ex conscriptos encomendados a ese operativo fueron amenazados de “pena de muerte” si alguna vez revelaban lo sucedido.

Sergio Regidor, Alfredo Marcelino, Daniel Laira, Ignacio Arauz, Darío Manzanares, Eduardo Piedrabuena, Jorge Cebrowski y Hugo Acuña, todos ellos clase ‘63, formaban parte de la banda de música del Ejército, la unidad que mayor cantidad de bajas sufrió durante la guerra, con 36 caídos y más de 150 heridos.

Puerto Argentino. Soldados argentinos durante un descanso. (La Voz/ archivo)
Puerto Argentino. Soldados argentinos durante un descanso. (La Voz/ archivo)

Luego de 40 años se decidieron a contar su historia a Télam. “Todos los soldados y la mayoría de los oficiales y suboficiales emprendieron en abril el viaje hacia las islas. El Regimiento, entonces, quedó con la clase ‘63 y los suboficiales de la banda se hicieron cargo de las compañías. En ese momento, la banda de música, como tal, quedó desarticulada”, contó Regidor.

A medida que transcurrían los días y, luego, las semanas del conflicto, crecía la procesión de familiares de combatientes que se acercaban al portón ubicado sobre la avenida 19, casi esquina 51, en busca de novedades y para entregar encomiendas que llegarían a las islas a manos de sus hijos.

“Lo recuerdo perfecto; era un día de sol y nos reunieron para decirnos que íbamos a salir a hacer una operación, que iba a ser secreta y que ni siquiera a nuestros familiares podríamos contarles lo que íbamos a hacer”, sostiene Regidor.

Eran tres Unimog cargados con las encomiendas. En otro nos hicieron subir a nosotros”, comentó Arauz.

Un oficial fue quien dio la orden de realizar ese operativo, bajo amenaza de muerte si rompían el silencio sobre lo sucedido. En tanto, el sargento primero Soria, suboficial a cargo en tiempos de la guerra en el Regimiento de Infantería Mecanizado 7 “Coronel Conde”, había estado al frente del operativo.

“Cuando con los Unimog encaramos para el lado de Ensenada, yo me puse contento porque pensé que iríamos al puerto a cargar las encomiendas para que fueran a Malvinas. Pero no, después de andar un rato, no mucho, llegamos a un basural donde nos hicieron romper todos los paquetes. Me acuerdo que se me caían las lágrimas, de bronca, de impotencia”, afirma Hugo Acuña en diálogo con Télam.

Ignacio Arauz aportó más detalles: “Todo lo que eran cadenitas, cruces y rosarios, teníamos que ponerlos en una bolsa grande, negra, como si fuesen hoy las de consorcio, mientras que las cartas nos las hacían poner en otra bolsa y el sargento nos decía que se las iban a dar a los soldados cuando volvieran. Todo lo demás (ropa, chocolates y pequeños objetos de recuerdo) se tiró en ese basural, igual que los envoltorios con los nombres. A las otras dos bolsas, la de las cadenitas y la de las cartas, todas mezcladas y sin identificar, nunca más las volvimos a ver”.

A medida que fueron pasando los años, estos acontecimientos se fueron fue hilvanando con muchos otros hechos ocurridos durante aquella oscura etapa de la historia lo que habían vivido ese otoño de 1982 en el Regimiento 7 de La Plata, un lugar que había funcionado también, según se probó después, como centro clandestino de detención y como comando de otros 18 centros del área 113.

“Este tipo de órdenes venían de arriba; eran un ‘modus operandi’. Si hasta descartaron cuerpos y los tiraron en medio del mar. Así que, para ellos, era algo habitual: hacer desaparecer personas y también cosas. Y a nosotros, con lo que nos llevaron a hacer, nos hicieron sentir que traicionábamos a nuestros compañeros que estaban allá peleando. Toda mi vida sentí eso”, concluye Hugo Acuña

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