En la arquitectura, María Milagros Gutiérrez Silveira encontró un lenguaje universal. “La arquitectura es un lenguaje gráfico, entonces se entiende en todo el mundo. Eso me permitió trabajar de arquitecta en otros países, más allá del idioma”, explica desde Australia, donde vive desde hace 6 años.
Tiene 34 años y nació en Junín, en la Colonia. Hoy proyecta edificios en otro continente, pero sigue volviendo a esa casa mendocina que marcó su infancia y sus primeras decisiones. Esa casa sigue siendo hogar.
Creció en una familia atravesada por planos y maquetas. “Mis dos papás son arquitectos, mi hermana es profesora de arquitectura y diseñadora de interiores". Mientras que a consideración propia marca que con la arquitectura tiene una relación de amor y odio: "soy buena siendo arquitecta, pero no es una profesión que me apasione. Creo que la elección tuvo que ver con lo que mamé en mi casa, era lo conocido”. Pero fue ese oficio familiar lo que se convirtió en un pasaporte.
De Junín a Mendoza y el primer indicio de independencia económica
Es la del medio entre tres hermanos. Creció en un hogar donde el trabajo estuvo siempre a la vista. Y es ahí donde percibe el primer indicio de la independencia económica conllevaría a una independencia de movilidad.
A los 16 años quiso irse de vacaciones con amigas. Sus padres no podían costear el viaje y esa negativa la llevó a tomar una decisión. “Mi papá me dijo que no había plata, y yo entendí que si quería algo tenía que trabajar”, recuerda. Consiguió trabajo en un restaurante, ahorró y al año siguiente viajó con sus ahorros. “Esa fue la primera vez que sentí que no tenía que pedir permiso. Si podía generar mis cosas, podía decidir mis cosas”.
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Foto familiar: la del medio entre tres hermanos.
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En esa anécdota, una idea que después acompañaría cada etapa de su migración: la autonomía como forma de movimiento.
Terminó la escuela y se mudó a Mendoza para estudiar Arquitectura en la Universidad de Mendoza. Mientras cursaba cuarto año trabajó en un estudio, tenia 21. Esa experiencia le dejó una prueba empírica: “En Argentina veía que para vivir bien había que tener más de un empleo. Mis papás trabajaban en relación de dependencia y además tenían proyectos extras. En el estudio pasaba lo mismo. Sentía que la vida del arquitecto requería multiplicar trabajos, y no sabía si quería eso para mí”.
Al recibirse, indago otro camino, al estilo autodidacta coincide con una visa Work and Holiday para Francia. Emigró en abril de 2016, a los 23 años. “Me fui más que nada por un tema de explorar el mundo”, dice.
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Milagros vivió en Francia con una visa Work & Holiday. Allí consiguió su primer empleo como arquitecta en el exterior.
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Su primer empleo en Francia no vino de la mano de su profesión, sino de un sitio de comidas rápidas. “Había que sobrevivir. Soy muy responsable y organizada, en mi cabeza no existía la posibilidad de no trabajar en un país extranjero, así que apenas llegué me puse a buscar trabajo para no gastarme los pocos ahorros que llevaba”. Después de dos meses, consiguió un puesto en una empresa de arquitectura y trabajó allí alrededor de diez meses. Con lo ahorrado, viajó por distintos países de Europa.
Y esta celeridad porque el plan funcione marcaran sus años en el exterior. Confirma que “en mi cabeza no existía que las cosas no funcionaran. No podía llamar a mis papás para pedirles un pasaje de vuelta”.
Volver, pero siendo emigrante en su nación
En 2017 regresó a Argentina. Lo hizo sabiendo que no era un retorno definitivo: “Nunca pensé en quedarme a vivir en Mendoza, ya me había picado el bichito de vivir afuera y sabía que se podía”. Trabajó un año en el país, pero la sensación de poca independencia económica volvió a empujarla hacia otro destino.
El siguiente paso fue California. Consiguió trabajo en una bodega haciendo degustaciones. “Lo único que pedían era que hablaras inglés y supieras algo de vinos. Yo dije: mendocina, del vino sé; y si no, chamuyo”, se ríe. Estuvo un año en Estados Unidos, entre 2018 y 2019, con una visa de trabajo.
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En EEUU trabajó un año en una bodega en California antes de iniciar los trámites para su siguiente migración.
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Mientras tanto, había una limitación concreta: no tenía pasaporte europeo. Cada nuevo país implicaba una estrategia distinta de visas, contratos y papeles. Por eso, antes de volver a Mendoza ya estaba planificando el paso siguiente: Australia.
Spoiler: Australia, su próxima nacionalidad
En diciembre de 2019 llegó a Sydney con una Work and Holiday visa y un preacuerdo para trabajar en una vendimia. Pero el contexto la obligó a cambiar de plan. “Ese verano hubo incendios muy grandes en los bosques y la bodega a la que yo iba perdió muchas hectáreas de viñedo. El trabajo se cayó y me quedé en Sydney”, cuenta.
Consiguió trabajo como moza en un café, pero pocos meses después llegó la pandemia. “En marzo cerraron todo por Covid. Estuve sin trabajar unos cuatro meses. En plena pandemia, conseguir esos trabajos era casi imposible”. Ese contexto la obligó a cambiar de estrategia, empezó a enviar CV como arquitecta. “Tuve mucha suerte. Una empresa que diseñaba ventanas de alta calidad necesitaba a alguien que supiera usar AutoCAD y entendiera de arquitectura. Empecé a trabajar ahí y, a la semana, el dueño me dijo que me iban a hacer el sponsor por dos años. Gracias a eso pude quedarme trabajando durante el Covid”.
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La visa que le permitió iniciar su camino migratorio. Con ese trámite comenzó la etapa que la llevaría a vivir y trabajar en distintos países.
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Trabajó tres años en esa firma, se mudó y armó una vida propia: “Vida normal: trabajo, gimnasio, tenis los sábados. La diferencia es que acá, con un solo sueldo, podés pagar un departamento, vivir bien, ahorrar y viajar. Eso en Argentina es casi imposible”. En Melbourne, la ciudad donde consolidó su rutina, también encontró un entorno cercano. “Somos un grupo de once amigas, casi todas argentinas y una colombiana. Acá armamos nuestra familia: si a alguna le pasa algo, el grupo es el sostén”.
La estabilidad económica fue determinante. “Acá nadie está estresado. Esa tranquilidad, sumada a la seguridad, no está romantizada: es real”. Hoy está a la espera de la residencia permanente australiana, después de un largo proceso de homologar el título, rendir exámenes de inglés y reunir documentación. “Quería un segundo pasaporte, una opción concreta para no tener que vivir en Argentina. Esa fue la nafta que necesitaba. Saber que, si todo sale mal, Australia va a estar, me da la libertad de seguir siendo desapegada y aceptar oportunidades en otros países si aparecen”.
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Un estilo de vida: con lo ahorrado, pudo recorrer varios países de Europa.
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La convivencia en ese nuevo contexto convive con un contraste cultural fuerte. “Ellos son más fríos, más superficiales cuando hay que hablar de algo profundo. No conocen la cultura del esfuerzo como nosotros, ni esa cosa de la familia y la amistad que tenemos en Argentina”.
Dos vidas a la vez
Volver a Argentina sigue siendo parte de su calendario. “Todavía siento que cuando el avión baja de Santiago a Mendoza estoy volviendo a casa. Ese tramo no se olvida. Pero la última vez que fui ya empecé a sentir que también me tira mi casa de acá”.
Define la experiencia de emigrar con una metáfora clara: “Para mí emigrar es vivir en dos lugares al mismo tiempo. Es muy duro cuando querés ser parte de la vida de las personas en Argentina y también de la gente de acá. A veces no se puede”. En esa doble pertenencia entran también los mandatos que decide dejar de este lado de la cordillera.
“Mendoza es una ciudad muy tradicional, muy de la familia, donde se cumplen muchos mandatos. Yo conozco gente que sufre eso. Salir al mundo te muestra que no hay una sola forma de vivir la vida, hay muchas, y está en uno elegir”, sentencia.