Hay amistades que nacen en la escuela, otras en el trabajo y algunas en una cancha. Pero existen vínculos mucho más raros: los que nacen en una vereda y terminan durando toda una vida.
Crecieron en apenas dos cuadras de Ciudad, compartieron la pelota, el truco, los primeros bailes y las pérdidas. Seis décadas después, los sobrevivientes de aquella barra siguen reuniéndose en la misma esquina. En tiempos de vínculos fugaces, su historia demuestra que algunas amistades son capaces de atravesar toda una vida.
Hay amistades que nacen en la escuela, otras en el trabajo y algunas en una cancha. Pero existen vínculos mucho más raros: los que nacen en una vereda y terminan durando toda una vida.
En la esquina de Rioja y Alberdi, donde comienza la llamada "Cuarta de Fierro" de la Ciudad de Mendoza, un grupo de chicos empezó a escribir, sin saberlo, una historia que ya lleva más de sesenta años. Hoy tienen muchas canas o poco pelo, algunos viven todavía en la misma cuadra, otros regresaron después de haberse ido y varios ya no están. Sin embargo, cuando se juntan alrededor de una mesa para jugar al truco o compartir un asado, el tiempo parece detenerse.
Los protagonistas de esa historia son Ricardo "Riki" Haiek, Raúl "Piojo" Sendzyk, Mario "Marito" Cozzolino, Armando "Guri" López y Marcelo López. A ellos se suma, desde el recuerdo permanente, Rolando "Roli" López, compañero inseparable de la infancia y pieza fundamental de aquella barra que marcó a varias generaciones.
Para ellos, el Día del Amigo no representa una fecha especial. La amistad nunca necesitó una celebración en el calendario. "Para nosotros el 20 de julio es un día más", resume Armando López. "El culto a la amistad lo hacemos desde siempre."
La historia comienza a fines de los años sesenta y principios de los setenta, cuando las calles Rioja, Alberdi, Urquiza y Salta conservaban una dinámica muy distinta a la actual.
Aunque se trataba del pleno centro mendocino, el barrio funcionaba como un pequeño pueblo. "Éramos un barrio totalmente atípico", recuerda Mario Cozzolino. "No era un barrio cerrado ni alejado de la ciudad. Estábamos en pleno centro, pero en apenas dos cuadras había quince o dieciséis varones de la misma edad."
Los apellidos todavía resuenan en la memoria de todos: Balacco, Morales, Rodríguez, Dávila, Haiek, López, Sendzyk, Cozzolino, Pira, Gómez, Moya, Sapía, Ortiz.
Cada familia tenía dos o tres hijos varones. Eso significaba una sola cosa: siempre había gente para jugar. Cuando la familia López llegó desde Godoy Cruz, en febrero de 1970, Marcelo tenía apenas nueve años. Ese mismo día ya tenía amigos nuevos.
"Daniel Haiek y Raúl Sendzyk me recibieron como si nos conociéramos de toda la vida", recuerda. "Desde ese momento prácticamente hicimos toda la vida juntos." No hizo falta una presentación formal. Bastó con salir a la vereda.
La pelota fue el idioma que unió a todos. Los mayores habían creado un equipo llamado Dameral, un nombre formado con las iniciales de los fundadores.
Los más chicos, inevitablemente, hicieron lo mismo. Nació así el Dameral Chico, con camisetas amarillas teñidas artesanalmente y una agenda repleta de campeonatos barriales.
Pero el fútbol no terminaba cuando concluían los torneos. Todos los sábados la barra caminaba hasta la Plaza Pedro del Castillo, donde la vieja cancha de baldosa era escenario de verdaderas batallas deportivas.
"Se armaban partidos durísimos", recuerda Armando. "Venían grupos de otros barrios, de la Tercera, de Pedro Molina... eran encuentros de hacha y tiza." También jugaban en la Biblioteca General San Martín, en los terrenos donde hoy funciona la playa de estacionamiento del supermercado Coto o en espacios que con el paso de las décadas fueron ocupados por edificios y oficinas municipales.
No importaba el lugar. Mientras hubiera una pelota, había partido. Y cuando no había pelota... "la hacíamos con medias", recuerda Raúl entre risas.
Si el barrio tenía un corazón, ese era la casa de Mario Cozzolino. La vivienda de la esquina de Rioja y Alberdi era algo más que una casa. Era el club social de la barra. "Nunca se tocó el timbre", cuenta Mario. "Se gritaba '¡buenas!' y atrás entraba el amigo."
Las puertas permanecían abiertas. Su mamá, Chicha, recibía a todos como si fueran hijos propios. Allí se organizaban campeonatos de truco, asados improvisados, bailes, reuniones para ver fútbol o simplemente tardes enteras sin hacer nada extraordinario.
Lo extraordinario era estar juntos. Armando la define con una frase sencilla: "Era un culto a la amistad." En aquellos años nadie preguntaba quién iba a comer. Siempre alcanzaba para uno más.
Raúl todavía recuerda a las vecinas llamándolos desde las puertas. "Vení, hay un plato de kepi", ofrecía una. "Vengan que hay asado", invitaban los López. Las casas eran de todos. Los padres también.
Con el paso de los años llegaron los bailes, los cumpleaños de quince, las primeras salidas y los viajes. Después aparecieron los trabajos, los matrimonios y los hijos. Pero la barra nunca dejó de existir.
"Pasamos de ser amigos a ser hermanos", dice Raúl. "Y después pasamos a ser familia." No es una metáfora. Los hijos crecieron escuchando las mismas anécdotas.
Los padres de unos se preocuparon siempre por los otros. Los cumpleaños se celebraban juntos. Las pérdidas también. "Nos hemos reído y hemos llorado juntos", resume Armando.
Quizá la historia más conmovedora sea la de Mario Cozzolino. En 1990, cuando tenía 22 años, un violento robo cambió para siempre la vida de su familia. Mientras asistían a un casamiento, delincuentes desvalijaron la casa.
Sus padres decidieron mudarse. La vivienda quedó alquilada y Mario jamás volvió. Ni siquiera pasaba por esa esquina.
"Durante más de quince años evité pasar por la puerta de mi casa", recuerda. "No sé bien por qué. Creo que había sido tan feliz ahí que me producía una tristeza enorme verla desde afuera."
Mientras tanto, la casa envejecía. Los distintos inquilinos fueron dejando su marca y el inmueble se deterioró. Pero la idea de volver nunca desapareció. Hasta que un día decidió hacerlo. Regresó a la casa donde había nacido. La restauró. Volvió a vivir allí con su esposa y sus hijos. Y descubrió que, aunque muchas cosas habían cambiado, otras permanecían intactas.
La esquina seguía siendo la misma. Los vecinos también. Y los amigos seguían apareciendo sin necesidad de invitación.
Mario no fue el único. Armando también vivió en otros lugares, incluso fuera del país. Sin embargo, siempre terminaba regresando a la casa de su madre. "Era un imán", dice.
Cuando ella falleció, en 2019, decidió comprar un departamento en la misma cuadra. "No quería irme del barrio. Quería tirar un ancla acá.” Marcelo expresa el mismo sentimiento citando un tango. "Como dice Pichuco en Nocturno a mi barrio: '¿Cómo me voy a ir si siempre estoy llegando?'"
Para ellos el barrio no es una dirección. Es una parte de la identidad. "Forma parte de nuestro ADN", afirma Marcelo.
Naturalmente, la Cuarta de Fierro ya no es aquella de los años setenta. Las puertas abiertas dieron paso a las rejas. La inseguridad modificó costumbres que parecían eternas. Los chicos ya no juegan hasta las diez de la noche en la calle. Las familias son menos numerosas. Y la vida transcurre detrás de los celulares.
Mario reconoce esas transformaciones con cierta melancolía. "Antes todas las casas tenían la puerta entreabierta. Hoy eso es imposible." Sin embargo, también sostiene que hay algo que sobrevivió. "Caminar por esas veredas y saludar a la gente que te vio crecer no tiene precio."
Raúl coincide. Cuando sus hijos le preguntan por qué sigue viviendo en una casa tan grande, responde siempre lo mismo. "Porque acá se respira barrio." Se respira la pelota hecha con una media. Las escondidas. Las bicicletas. Los partidos interminables. La amistad.
Como ocurre en cualquier grupo que lleva seis décadas compartiendo la vida, hubo discusiones. Política. Ideologías. Distintas maneras de entender el mundo. Pero jamás alcanzaron para romper aquello que habían construido siendo niños.
"Discutimos mucho", admite Armando. "Pero nunca llegamos a una ruptura total. "Hay algo más fuerte. La memoria compartida. El barrio. Los padres. Las ausencias. Las mismas historias repetidas una y otra vez.
Porque las anécdotas, aunque todos las conozcan de memoria, siguen provocando las mismas carcajadas.
Hace algunos años organizaron un gran reencuentro. Convocaron a todos los que alguna vez habían formado parte de la barra y que ahora estaban dispersos por distintas provincias o incluso en otros países. Muchos volvieron únicamente para abrazarse. Fue una reunión cargada de emoción. Los sobrevivientes entendieron entonces que aquella amistad no pertenecía solamente a ellos. También era parte de la historia de sus familias y de un barrio entero. Hoy son menos. Algunos murieron. Otros emigraron. Otros simplemente envejecieron.
Pero los cinco que todavía permanecen cerca siguen encontrándose en la casa de Mario, la misma que hace medio siglo nunca necesitaba llave. Juegan al truco. Comen un asado. Hablan de fútbol. Repiten anécdotas. Y vuelven, por un rato, a tener diez años.
En una época en la que la palabra "amigo" suele reducirse a un contacto en una red social o a una lista de seguidores, la historia de la Cuarta de Fierro recuerda que la amistad verdadera necesita muy pocas cosas para sobrevivir: tiempo compartido, lealtad y ganas de seguir eligiéndose.
Sesenta años después, aquellos chicos que corrían detrás de una pelota por las calles del barrio siguen haciéndolo de otra manera. Ya no persiguen goles ni campeonatos. Persiguen algo mucho más difícil de conservar: el afecto construido durante toda una vida.
Y quizás allí resida el verdadero sentido del Día del Amigo: no en una cena anual ni en un saludo por WhatsApp, sino en saber que existe una puerta —aunque ahora tenga rejas— detrás de la cual siempre habrá alguien dispuesto a decir, como hace seis décadas, simplemente: "¡Buenas!", y entrar como si nunca se hubiera ido.