Celebro ser parte de esta cruzada nostálgica —y necesaria— que nos invita a mirar atrás para entender qué somos hoy. Agradezco la convocatoria de Los Andes y me sumo a lo que ya han plasmado en este espacio mis entrañables colegas del diario Mendoza, ese semillero glorioso que cerró en 1990: Mercedes Fernández, Luis Gregorio, Roque Grillo. Y también las plumas sabias de Los Andes, como la del maestro Jorge Enrique Oviedo, entre otros.
Vengo de los días en que el periodismo olía a tinta y a calle. No se hablaba de “comunicadores sociales”: éramos periodistas. Y vivíamos en la calle. Ahí se cocinaban las noticias, se cruzaban las versiones, se palpaba el pulso del día. Las mesas de café eran nuestras redes sociales: allí se compartían las primicias, entre silencios, códigos y miradas. Hoy, en cambio, las verdades se buscan en Instagram. El periodista se sienta frente a una pantalla, y la calle —esa vieja escuela— se mira desde Google Maps. Vengo de los días en que el periodismo olía a tinta y a calle. No se hablaba de “comunicadores sociales”: éramos periodistas. Y vivíamos en la calle. Ahí se cocinaban las noticias, se cruzaban las versiones, se palpaba el pulso del día. Las mesas de café eran nuestras redes sociales: allí se compartían las primicias, entre silencios, códigos y miradas. Hoy, en cambio, las verdades se buscan en Instagram. El periodista se sienta frente a una pantalla, y la calle —esa vieja escuela— se mira desde Google Maps.
Las tildes azules sin responder han reemplazado las largas charlas telefónicas. Las redacciones ya no huelen a humo ni a apuro. Y aquella carrera extraña que estudiábamos —Comunicación Social, rara y poco comprendida— era el camino de quienes queríamos pintar nuestra aldea. Ahora la globalización exige que pintemos el mundo. Pero, ¿cuánto mundo puede cargar una sola pluma?
La tecnología nos dio inmediatez, precisión, alcance. Nos dio, también, una sobrecarga de estímulos, un vértigo constante. Las redes son compañía inevitable: un espejo de lo que somos y de lo que evitamos ver. Aprendemos —a veces— a elegir qué voces seguir, qué medios consumir. Y así vamos, reeducándonos, mientras cada uno protagoniza su propia historia desde el celular, rumbo a una inteligencia artificial que promete alfabetizarnos en este nuevo siglo… si aprendemos a usarla.
Recuerdo a Gustavo Solanes, gigante de la radio mendocina. Decía que quien nace periodista no puede vivir de otra cosa. Y tenía razón. Aunque los sueldos sean malos, aunque no estemos matriculados, aunque algunos bastardeen la profesión usándola como un simple comercio.
Aun así, queda algo en pie: la esperanza. Esa esperanza terca de que los jóvenes —en sus casas, en las universidades— sean formados con valores. Que no olviden que comunicar, con tecnología o no, en el fondo, es un acto de humanidad. Aun así, queda algo en pie: la esperanza. Esa esperanza terca de que los jóvenes —en sus casas, en las universidades— sean formados con valores. Que no olviden que comunicar, con tecnología o no, en el fondo, es un acto de humanidad.
Yo creo en eso. Tal vez porque después de más de 40 años de oficio, aprendí que lo último que se pierde no es la objetividad perfecta —eso es un mito—, sino la esperanza. Esa, sí, es nuestra mejor fuente.